agosto 30, 2014

Semblanza de Chalino Sánchez

 

Chalino Sánchez es el último gran acontecimiento de la música popular mexicana. Tuvo la virtud de sacar de las cajas de la añoranza las canciones “viejitas” y las devolvió con un aire fresco, auténtico y personal que no pocos incautos le suelen achacar su autoría.



Nació en el rancho El Guayabo en una familia pobre. A los seis años murió su padre y su familia quedó en el desamparo. Poco después un hombre violó a su única hermana y él se prometió vengar tal deshonra. Cuando tenía diecisiete años se encontró a aquel hombre en un baile y sin decirle palabra le descargó su pistola. Como Pancho Villa, personaje por el cual tuvo mucha simpatía, se tiró a perder para huir de la justicia.

     Era el segundo lustro de la década de los setenta y Rosalino Sánchez Félix se encontraba en los campos agrícolas de Coachella, California. De niño le había gustado escuchar las historias que le contaban sus mayores, historias de rancheros y serranos que como él habían matado por defender la honra y el honor, por vengar alguna injuria o por defender “su razón”. Acaso de ahí se sembró la semilla que años después habría de brotar viva e incontenible en forma de corrido.

     Él ya tenía dos hermanos en los Estados Unidos: Armando y Espiridión. El primero, coyote; el segundo, metido de algún modo en actividades ilícitas. Rosalino no desconocía de los negocios turbios de sus hermanos, antes bien se involucró en ellos. Cayó en la cárcel donde estuvo preso varios meses y donde conoció la vida oscura y recia de muchos delincuentes, un reflejo de su propia vida. Ahí compuso sus primeros corridos. Cuando salió de la cárcel ya no solo la empatía lo unía con coyotes y traficantes de drogas, sino ahora estaba ahí para llevar sus vivencias y sentires a un corrido. Contaba sus ambiciones y delirios, sus hazañas de armas y de valentía, pero también sus desgracias y muertes trágicas por venganzas de la mafia.

     Un corrido en letra es como si no existiera y aquellos hombres le pidieron a Chalino, como le llamaban, que los grabara. Este contrató a unos músicos para que grabaran quince corridos. En el estudio de grabación, después de titubeos del vocalista del grupo y de una espera agobiante, Chalino tomó el mando y él mismo los grabó. Ante los ojos pasmados de los asistentes, él les dijo que no se preocuparan, que él no era cantante y que nada más quería que aquellos hombres los escucharan. Sacó quince copias de casetes que repartió entre los personajes de sus corridos. De esta forma grabó otros quince corridos y volvió a sacar quince copias que iban sin portadas y sin títulos. Chalino, que era de pocas palabras, solía decir: “Yo no canto, yo ladro”. Pero le empezaron a pedir más copias de sus casetes, y en la tercera ocasión que grabó, alguien le recomendó que sacara un tiraje de trescientos, ya un tanto profesional, y así lo hizo.

     Chalino era un hombre que había estudiado hasta tercer grado de primaria, sobra decir que no tuvo estudios musicales. No utilizó vestuario porque siempre se presentó con su traje norteño sobrio, sin aditamentos; y con sus botas de piel de víbora. Trató de hacer las cosas lo mejor que pudo: cantar “con sentimiento”, sin imitar a nadie. Al cantante que nunca dejó de escuchar fue al trovador del campo: Luis Pérez Meza, cantante que Pedro Infante tanto admiró y que en un principio fue su faro.

     Chalino Sánchez es el último gran acontecimiento de la música popular mexicana. Tuvo la virtud de sacar de las cajas de la añoranza las canciones “viejitas” y las devolvió con un aire fresco, auténtico y personal que no pocos incautos le suelen achacar su autoría. Por mencionar una: “Las nieves de enero”. Con calma, podemos saber que esta canción la había grabado nada más y nada menos que Miguel Aceves Mejía en 1953. El memorioso de la música mexicana también sabe de la interpretación afectada que hizo Manolo Muñoz. Y varios cantantes la grabaron pero ¿cuántas generaciones no la conocen, no la han escuchado con Chalino Sánchez? Él nos rescató muchas canciones que vagaban a punto de olvidarse en los tarareos de los abuelos.

     Como el artista que logra conectar con las multitudes porque toca las fibras sensibles del alma mexicana, Chalino fue un buen administrador del rencor popular. La rencilla, el pleito y la venganza son trama en sus corridos que nos informan del destino trágico del hombre.

     Cuando los aficionados y fanáticos de Chalino buscan una explicación de su exaltación póstuma suelen señalar que fue por su ascenso del mundo de la delincuencia, por su vestuario más bien su ropa de uso que era el traje norteño, su perfil bravío y su gusto por las armas; y sobre todo por su trágica y súbita muerte. Sin embargo, el punto clave de su glorificación está en sus corridos.

     Si quisiéramos ser atrevidos diríamos que a fines de los ochentas el corrido estaba muerto o por lo menos había cedido su lugar a otros géneros. Es cierto escuchábamos, como siempre escucharemos corridos: Benito Canales, Arnulfo González. Es cierto también escuchábamos los corridos del compositor Paulino Vargas Jiménez (1941, Promontorio, Durango- 2010, Saltillo, Coahuila) como: Ramiro Sierra, Lamberto Quintero y los que ya hablaban del narcotráfico y que habían sido llevados al cine: La banda del carro rojo y Camelia la Texana. Pero Chalino nos volvió al origen del corrido. Nos recordó que el corrido versa sobre un hecho en concreto, de personajes no representativos, sino con nombre, con lugar de origen, con sus modos peculiares de morir. Nada de alusiones y alegorías. Chalino llevó a personajes del mundo bajo de la ilegalidad a hazañas propias del corrido mexicano.

     Suelen decir sus más férreos seguidores que Chalino vivió sus últimos cinco meses aclamado por las multitudes, y por lo tanto infieren, que él sabía que se iba a convertir en “el rey del corrido”. Achacan que alcanzó notoriedad a partir del 20 de enero de 1992 cuando en Coachella, donde se presentaba en una fiesta particular, un individuo trató de matarlo. Chalino, que siempre andaba armado, respondió y se hizo la balacera. El resultado fue un muerto del público, muchas personas heridas, el hombre que disparó fue detenido por la policía y Chalino fue hospitalizado gravemente herido. Los medios locales dieron a conocer la noticia y el nombre de Chalino Sánchez empezó a difundirse.

     Dicen que ya cuando se recuperó llenó un salón de baile de los Ángeles donde hubieron de cerrar las puertas horas antes de su presentación.

     Sin embargo, hay otras informaciones, otros hechos que demuestran que Chalino durante su vida fue un cantante marginal, local, que apenas una estación de radio le programó “Las nieves de enero”. Chalino sabía de los detractores que tuvo desde un principio que mostraban aversión por su estilo tosco y su voz nasal. Pero también sabía, como lo supo dentro de la cárcel, que a muchos les gustaba y pronto tuvo sus seguidores que lo fueron difundiendo, y esto le permitió saber que no andaba tan perdido.

     Dos hechos nos sugieren que Chalino nunca se imaginó el éxito que tendría su música. La firma del contrato que hizo con la compañía Muzart. Ahí cedió todos los derechos de todos sus álbumes por ciento quince mil dólares (trescientos cincuenta mil pesos de aquel tiempo). Era un trato razonable. La compañía le debió haber apostado porque Chalino ya tenía un público que llevaba años comprando sus casetes. Y a este no le debió haber parecido mal la oferta porque nadie como él sabía lo difícil que era que una compañía le apostara a los corridos. Y con ese dinero le compró una casa a su familia en Paramount, California.

     Después de muerto, cuando Muzart se vio con ganancias millonarias por la gran popularidad que había alcanzado Chalino y explotaba mercenariamente su imagen con dúos y grabaciones que nunca hizo, muchos salieron a decir del grave error que había hecho Chalino al firmar aquel contrato. Como si él hubiera podido anticipar su muerte y de antemano supiera de la gran identificación que las multitudes habrían de sentir con sus álbumes.

     El otro hecho es que el único diario local que informó sobre su muerte, en la nota de píe de foto se escribió Marcelino, en vez de su nombre Rosalino. Tal vez fue un descuido de redacción. Pero debemos tomar con cautela cuando se nos dice que Chalino era famosísimo en el sur de California y que empezaba a ser aclamado en Culiacán.    

     Chalino encarnó al mejor personaje de sus corridos. Si de algo estaba seguro era de que su vida pendía de un hilo delgado. Repartió su colección de armas entre sus amigos. Pero la sombra de su pasado, su relación con grupos de traficantes ahí estaba. Chalino estaba a punto de cantar su último corrido.

     Pese a las advertencias para que no fuera a Culiacán a cumplir con un contrato de tres presentaciones, él se presentó. Aquello parecía una celada, y en efecto, así sucedió. En el salón de baile “Buganvilias”, Chalino cantaba ante dos mil personas. Gracias a un video que filmó un aficionado se conservan las últimas imágenes de la vida de Chalino. Alguien le hizo llegar un recado en un papelito y al leerlo se le descompuso la cara. Y desde ahí se le notó desconcertado. Durante la madrugada del 16 de mayo de 1992, cuando había salido del salón de baile, se transportaba en un carro con otras personas de confianza, entre ellos su hermano Espiridión. Unos hombres que viajaban en vehículos y portaban uniformes de la policía federal, interceptaron a aquel carro y bajaron a Chalino y a Espiridión. Pensando que aquellos policías querían mordida, Chalino les ofreció dinero. Pero ellos le dijeron que el comandante quería hablar con él. Chalino aceptó acompañarlos pero antes aseguró que dejaran libre a su hermano diciéndoles que él no tenía nada qué ver, que lo acababa de conocer en el concierto. Aquellos hombres se lo llevaron y al otro día por la mañana lo encontraron muerto, atado de las manos y vendado de los ojos en un camino de canal de riego a las afueras de Culiacán. Apenas iba a cumplir 32 años.

     Casi a un cuarto de siglo de su muerte, Chalino es un símbolo en la comunidad México-americana. No por nada han surgido catervas de imitadores que simulan un perfil bravío y se hacen retratar con armas y en trocas de lujo, de emuladores que insisten en copiar lo más trivial de Chalino, de compositores que escriben octosílabos y supuestos versos vulgares y desprovistos de gracia y que dan corridos que necesitan otras denominaciones porque se alejan de su propia esencia. Todos tratan de acercarse a la gloria de Chalino, pero en vez de aproximarse se alejan de quien nos volvió a los orígenes del corrido mexicano. ̴


30 de agosto de 2013



julio 31, 2014

Los borrachos o el triunfo de Baco

 Entre el abstemio y el borracho se encuentra el punto de equilibrio: el hombre que puede agregarse al grupo de bebedores, tomar tres, cinco tragos y retirarse sin caer en la tentación, ni tampoco en presiones y trampas verbales. Sabe que después de esos tragos no hay ninguna tierra prometida que en el momento culminante del éxtasis el borracho cree que la habrá. Iluminado por un resplandor del dios Dioniso, sabe y puede mil modos para apartarse.
Ese es el bebedor loable, el hombre de buen juicio, el que evita la borrachera porque intuye o tal vez sabe por experiencia que de ahí se resbala a la barranca del anochecer de la memoria y del sueño, donde no hay nada de dónde agarrarse hasta caer en el precipicio del sueño tranquilizador. La paga del borracho: la euforia, el éxtasis y la noche inocente de dulce sueño. Tal vez esto sea lo deleitable de la borrachera que hace volver a cual más. Aunque se reniegue de ella, aunque las haya espantosas, de amargos recuerdos o de recuerdos en blanco de las lagunas mentales.
Al abstemio, aunque La Caponera de Roberto Gavaldón diga que no se puede fiar de un hombre sin vicios, dejémosle tranquilo. ¡Ya tendrá su propio drama!. El hombre de buen juicio que puede tomar sin resbalarse al barranco pardo de la inconciencia y del sueño, merece de todas las mejores palabras para admirar su templanza. Pero también dejémosle, que ¡también tendrá su propio drama!. Y nos quedamos con el borracho. El que bebe hasta el desfiguro y la vergüenza. Nada bueno le espera, pierde tiempo y dinero; y, sin embargo, en el momento del éxtasis, vuelve a caer en el error de creer en una tierra ilusoria que vanamente piensa que sustituirá el aburrimiento cotidiano, cuando no, ya metido en el círculo vicioso, la agobiante y cruel realidad. Lo que hallará acaso es un extenso desierto para revivir sus remordimientos y sentir los reveses del infortunio. ¿Por qué el hombre, sabiendo de los problemas que le trae el beber en demasía, sigue bebiendo, cae en la trampa?
El sabor rico de las bebidas alcohólicas. En sus distintas modalidades y variedades. Desde bebidas rústicas como Los Calientes (infusiones y tés con un piquete de alcohol) hasta los vinos más reputados, pasando por la popularísima cerveza (“líquido de oro en paredes de cristal”, como la presentaron a los habitantes de Tierra Caliente cuando la trajeron). Para amar y beber solo basta la primera vez. Ya con el calor del primer trago, empieza la conversación. La lengua se destraba y los pensamientos fluyen y de pronto aparece la buena charla. En esas charlas he escuchado historias que en ningún otro modo se platicarían con simpatía y naturalidad, como la del hombre que en sueños vio y platicó con Dios. El gusto y la sabrosa conversación preparan el escenario para pensar que con unas cuantas copas más se alcanzará el sosiego, la tierra ilusoria, otra realidad que olvide la realidad que se vive. Ahí está tendida la trampa, y por consecuente, la caída. Después de otras tantas copas más está el desastre y la tragedia.
Se cuenta que cuando Dioniso, hijo natural de Zeus, descubrió la forma de hacer el vino, Hera, mujer legítima de Zeus, resentida, hizo que Dioniso se volviera loco y vagara por diversas partes de la tierra. Pero, Cibeles, diosa de Frigia, lo curó y Dioniso empezó a enseñar a la gente el cultivo de la vid.
No hay mejor alegoría del borracho que este pasaje del mismo dios del vino. Los hombres descubren el placer del vino. Llegan al exceso y de ahí parten a la vagancia y el frenesí. Unos se curan, se retiran o llegan al equilibrio (he visto pequeñas pero pacientes Cibeles que han despertado a sus borrachos de la locura a la mitad de la parranda); y otros siguen su camino de errantes hasta que el halo divino de Dioniso los abandona.
En la pintura “Los borrachos o el triunfo de Baco” de Diego Velázquez de 1629, Baco, así llamaron los romanos a Dioniso, aparece en una juerga de siete borrachines, acompañado de otro personaje divino, coronando a uno de ellos que para tal ritual está de rodillas, una figura casi nada que se pierde ante el dios Baco que resalta por su piel clara, luminoso como debe ser una aparición. Son siete bebedores, y todos ellos, en contraste con el porte y la luz de Baco, visten ropas desgastadas, lucen desaliñados y avejentados. A parte del personaje que no da el rostro porque está de rodillas, hay otros dos de aspecto pardo, borrosos ¿estarían cayendo al precipicio de la inconciencia, olvidados de su triste realidad? Los otros cuatro hombres, en cambio, están jubilosos, dispuestos a invitar al espectador para que se agregue al grupo. Ellos rodean la ceremonia de la coronación, y sus rostros se ven iluminados con el resplandor que se desprende del cuerpo de Baco ¿estarían en la euforia, en el momento en que se siente que el dios está con uno, cuando se cree que al traspasar el muro con unos tragos más se encontrará la tierra feliz, la tierra ilusoria?. Así parece por sus rostros refulgentes, alegres, de éxtasis del borracho que se siente feliz y seguro de todo pero que nada más le hace falta dar un paso para caer al precipicio, para que su rostro se torne pardo y borroso.
Por último quiero citar dos ideas que fueron en parte las motivantes para este artículo. La primera es de Vicente Riva Palacio que en su libro “calvario y Tabor” (1868) dice el siguiente axioma: “Nadie tiene más gana de trabajar que el flojo”. Y luego explica: “Cuando digo gana, se entiende deseo ardiente algunas veces, deseo que atormenta, que punza, pero nada más deseo: nada más. ¿Pues por qué no trabaja? La contestación es natural, pero nos encierra en un círculo vicioso; no trabaja, porque le sobra el deseo y le falta resolución, la fuerza de voluntad, la acción; en fin, porque es perezoso”.
Así podemos decir del borracho: Nadie tiene más gana de dejar de beber que el borracho ¿pues por qué no lo hace? Porque le sobra el deseo y le falta la resolución, la fuerza de voluntad, la acción; en fin, porque es un borracho.
La otra idea es de Giovanni Papini que leí en su libro “El Diablo” (1953). La humanidad triunfará sobre el enemigo redimiéndolo por medio del amor. Sobra decir que el mundo del borracho, su desdicha, su tragedia parece estar inspirado por el diablo. Aún suena la macabra historia de que el diablo concurre a las reuniones de borrachos y que mete en sus copas de vino las cerdas de su cola para instigarlos a la discordia y desgracia. Pero también hay que apuntar lo que se corre entre borrachos: hay un aura que los protege ¿acaso será el aura de Dioniso que los asiste y que se contrapone a la fatalidad cuando el borracho se encuentra sin sentido y vulnerable.
Con el temor de que esta breve disertación termine en sacrilegio, parafraseo a la madre Teresa de Calcuta cuando se refirió a los pobres; yo, aquí digo: No se trata de hacernos borrachos. Aprender de ellos y comprometerse con ellos es el camino para solucionar los problemas…~

31 de julio de 2014

junio 30, 2014

Una vida sencilla

En este punto de mi vida, me detengo, agarro la punta del ovillo, y pido:

una vida sencilla;

ver  a la mujer y al niño, tranquilos, bajo la sombra de un árbol;

trabajo para que fluyan las horas y no falte el pan en mi mesa (aunque sea poco, aunque gastemos poco, 

vivamos con poco, apretándonos el cinturón);

tiempo que siempre puede capturarse y robarse para leer y pensar;

madrugadas indulgentes para escribir.

Sé que la vida es corta.

Ya no confiaré tanto del bullicio,

y cuidaré que el tumulto no barra mi juicio.

Tengo planes y sueños que a nadie importa,

pero los cumpliré humildemente, como una nota imperceptible en la música del destino;

a menos que falte tiempo.

Por eso agarro la punta del ovillo, y pido:


una vida sencilla.῀

junio 10, 2014

Lamo, un hombre bondadoso

Hay personas que se les da el don de la amistad, una suerte de animarla y conservarla. Erasmo ‒nombre de por sí con resonancias dulces y sencillas, de tal sencillez como su apodo derivativo: Lamo‒, cultivaba amistades que trascendían más allá de las parrandas. Era un hombre de temperamento tranquilo, que aún después del ruido y la soledad de las borracheras, le quedaba entero el sentimiento de la amistad.
Quien bebe se rodea de un gran grupo de personas que juran, entre otras cosas, amistad. Pero cuando se deja de beber, ese círculo que parecía tan infalible, se esfuma. En Lamo, por su afabilidad y fiabilidad, no podía esfumarse fácilmente.
Sin tener mucho (tuvo poco pero ¿a cuántos no nos sacó de grandes apuros?), siempre compartía lo poco que traía. A veces me tocó ver, y lo digo con culpa que nunca expiaré, cómo se gastaba el último tostón con sus amigos. Su imagen de borracho, sacada, es cierto por su estilo de vida; pero también por los prejuicios que suelen acompañar a los humanos, impedía ver lo esencial de aquel hombrón de voz suave para escuchar y de timbre macizo para las juergas: era un ser desdichadamente bondadoso.
 La víspera de su tragedia platiqué con él por última vez. Transpiraba desánimo y una desesperación resignada. Le tuve que decir ‒¡qué bueno que se lo dije!‒, que él era un ser humano bondadoso (dudé en decirle esto porque él no era de estas ni de muchas palabras, pero se lo dije), muchos de tus amigos están más allá de la copa y la ocasión. Por eso ‒le dije‒ hay buenas razones para vivir. Me contestó con un rotundo meneo negativo de cabeza. La tristeza y la pesadumbre, de las cuales pocos se salvan en esta vida, ya lo llevaban a su fin, tan drástico como pesaroso.
Lamo, como hombre, tuvo errores: su obsesión por la mujer que ya no le pertenecía ‒todo acercamiento a ella, en su inminente destrucción, lo perdía y lo hundía más‒; y, su refugio en el alcohol. Estas dos cosas lo perturbaron tanto que no pudo continuar pagando sus deudas. Nada del otro mundo, por cierto. Sus deudas que tanto le debieron mortificar, después se supo, no rebasaban los treinta mil pesos.
Errores pero no pecados en un hombre que vivió con sencillez: no necesitaba de mucho para vivir, y si se endeudó, fue por el robo inmisericorde que sufrió en su propia casa. Un hombre de buen carisma que atraía a sus amigos, que aumentaron con los años, porque en él encontraban descanso y comprensión. Un hombre que sabía administrar el silencio, silencio que a veces parecía escarbar bajo sus pies y hacía pesar más con sus ojos grandes, como de moro. Pero esos silencios lo hicieron ser un hombre prudente y tolerante.
Ya después, la tristeza llenó su silencio. Después de su muerte, se comprende, antes podíamos tener atisbos, pero todo se presentaba por partes, confusamente, como para burlar toda clarividencia humana. Su cara larga, su mirada perdida, su ilusión burlada y rota, todo cupo en su silencio.
Yo, que viví muchos días con él, me quedaré con aquel niño que de muy chico le llevaba la comida a su padre campesino al bajial, con el infante que confuso desertó de la primaria porque nunca aprendió a escribir su nombre, con aquel niño que apenas pintó a muchachillo se retiró de los trabajos del campo para irse de aprendiz de eléctrico, con aquel adolescente que probó el mundo de la rebeldía y la calle con la banda juvenil “los batos locos” ‒banda, que es justo decirlo, no se le recuerda ningún suceso infausto, y en la cual, me han informado, Lamo siempre fue mesurado y tranquilo‒. También con aquel joven aprendiz de orfebre, que cuando empezó a ganar centavos, procuró arreglar su cuarto porque quería hacer la mayor apuesta que puede hacer un hombre, y válido es decirlo, perdió esa apuesta.
Me quedaré también con el hombre que estuvo al lado de su madre hasta que esta murió. Sus problemas personales nunca fueron cosa grave para ver y atender a su madre. Una vez, a horas de la madrugada, llevando a su madre en sus brazos, porque iba inconsciente por las altas y bajas de la presión, dijo, como para darse fuerzas: “No es animal para dejarla morir”. Me impresionaron esas palabras dichas por un hombre en apariencia rudimentario y tirado al vicio.
Una muerte como la de Lamo es un “camino de Damasco” que ofusca y hace detenerse para replantearse el sentido de la vida. Él fue criado en una familia de creencias católicas pero por apuros cotidianos no fue bautizado. Ya adulto se negó ir a la pila bautismal, y en este punto había un silencio infranqueable. Sin embargo, la muerte de Lamo tuvo esa gracia del cristiano (porque la forma en que murió nunca dejará de ser un misterio y porque murió purificándose con su sufrimiento) de morir por los demás. Morir para repensar la vida, recapacitar y prepararse para la muerte.†


mayo 31, 2014

Enseñanza y suerte de García Márquez

Gabriel García Márquez (1927- 2014), con Cien años de soledad, nos ha dejado un temblor de tierra, una sacudida que hace acordarnos de los veneros que insuflaron nuestras venas, nos hace ver marchar el incontenible torrente sanguíneo y sus pasiones, nos hace ver los personajes y la tragedia de nuestra historia: la vida de los pueblos latinoamericanos.
La obra que lo dio a conocer y que le dio el éxito (palabra que se usa poco, y aun se rehúye, y cuando se utiliza en las páginas de la literatura inspirada en la tradición de los clásicos no deja de causar suspicacias), se publicó en 1967. No bien empezó a circular la primera edición cuando en el mundo de las letras se sintió una tempestad proveniente del caribe colombiano, tempestad que culminó quince años después cuando le entregaron el premio nobel de literatura. La tempestad arrojó un García Márquez rico y famoso, y, aunque trataba de despistar y aparentar lo contrario, con desplante altivo de poeta que se sabe consagrado e insuperable. También muy cercano y amigo de los poderosos, como si por haber tratado en su obra la soledad y destino de los hombres del poder, los hubiese invocado y estos no se resistieran a recurrir a él como a un oráculo para poder conducir las riendas de sus dominios.
Como un gran escritor ‒Jorge Volpi dice que Cien años de soledad y Borges es lo que perdurará de la literatura del español en América; yo digo que también otros titanes, ahorita mismo digo que Juan Rulfo‒, nos ha dejado una enseñanza fundamental: lealtad a la vocación.
Se sabe que García Márquez tenía la edad de diecisiete años cuando le llegó la intuición de escribir una obra a partir del mundo que le tocó descubrir en su infancia que vivió al lado de sus abuelos maternos: pensamiento y vida cotidiana del caribe. Gran lector, se hizo escritor. Publicó sus primeros libros pero no podía escribir la obra que traía entre sueños. Se sentía en un callejón sin salida. Tendría que leer a Rulfo para que sus intuiciones alcanzaran el aliento vital, la fuerza creadora que lo puso a escribir de modo impostergable.
Hubieron de pasar veintidós años para que se le revelara el tono y la obra se le presentara completa, tocara su puerta y le dijera: “Aquí estoy, escríbeme”.
¿Qué pasaron en esos veintidós años? Muchas cosas en la vida bullanguera y jacarandosa del escritor, pero en esencia puede decirse: leer y escribir (recomendaba a los aspirantes a escritor escribir mínimo una página diario), sin perder las intuiciones del mundo que quería escribir, reacomodando a fuerza de la lectura de los clásicos los personajes sísmicos que darían vida a Cien años de soledad.
Hasta aquí la enseñanza de García Márquez. Ahora hablaré de la suerte que tuvo: encontrarse una esposa que creyó en él, y para esto no concibo otra fuente que el amor y la fe en el hombre. García Márquez fue un hombre dichoso porque contó con el amor de la mujer que estuvo a su lado. Así lo dejó ver él mismo en muchas líneas de su obra. Se cuenta ‒ahora parece una fabulación que se confunde con algún pasaje de su obra‒, que Mercedes Barcha se las ingenió para no desanimar a su esposo. Cuando este se encerró para escribir el libro que les cambiaría la vida (¿habrán pensado que les cambiaría la vida? ¡Tan indiferente que le es el dinero a la literatura! Cuantos grandes poetas y prosistas han muerto en la pobreza), ella soportó con estoicismo los días flacos. Sufrió el designio de que su esposo sería un escritor de los grandes.
Emmanuel Carballo (1929-2014) en su libro: Protagonistas de la literatura mexicana (2005), en el capítulo dedicado a Alfonso Reyes (1889-1959) cita los atributos indispensables que, según el mismo Reyes, debe tener la esposa del poeta: cancelar “las preocupaciones extrañas, a acallar los ruidos parásitos, a evitar las materialidades enojosas, a respetar y hacer respetar su sueño de ojos abiertos y a llevarle el genio sin que se note demasiado”. Si la mujer los cumple, dice Alfonso Reyes, “merecerá el agradecimiento de la posteridad”. Mercedes Barcha cumplió esos atributos, por lo tanto, merece nuestro agradecimiento.ᴥ

abril 30, 2014

Un patrón invicto

No comete el error de tomarse en serio. Es capaz de reírse de sí mismo y, por lo tanto, son pocas las personas que pueden decir que lo han visto de mal humor. Ante cualquier adversidad, su rostro predispuesto a la afabilidad está cerca de la sonrisa auténtica, esa que brota de la vena del corazón. Es una persona leal, y esto puede sonar trivial, pero no lo es en una persona con dinero y capacidad para echar andar una empresa. Un empresario, un patrón que es leal antes de buscar lealtad.

Es pródigo y espontáneo pero nada más lejos de alguien que gasta con desparpajo. Siempre trae un papelito para anotar los gastos mínimos e inesperados, desde una propina hasta alguna “ayuda” de las que acostumbra dar. Le gusta tener todo en orden. Es de los que para trabajar necesita tener su escritorio despejado. Sin perder el hilo sonriente del buen humor, ahí se vuelve serio, escucha con atención, es analítico. Todas sus decisiones, así la menos relevante que parezca, pasa por el análisis y sus reflexiones.

Un patrón con la bonhomía de Fausto Araujo parece venir de un país extraño. Primero porque hay una tendencia natural (a veces muy pervertida) en los patrones por quedarse con la totalidad de la ganancia sin tomar en cuenta al trabajador; es una tendencia de la naturaleza de los hombres, y muchos hacen fortuna y acrecientan sus cuentas no libres de tristes hazañas de estas pobrezas de espíritu. Y, segundo, porque los empresarios que quieren hacer las cosas a las derechas, se encuentran con el fardo de las cargas fiscales y, en los últimos años, con las cuotas que piden los capos que andan libres. Esto último ya va siendo menos. El año pasado los comerciantes que pagaron “el derecho de piso” tuvieron considerables descuentos con respecto a los años anteriores. Dígase lo que se diga, el desgaste de los capos es notorio; ya por la presión de arriba, ya porque ellos mismos deben de estar cansados de tanto ir y venir. No hay mal que dure…

A pesar de los anteriores puntos, Fausto no cayó en la desesperación y se mantuvo invicto como buen patrón. No hay en él ese sentimiento infame de desencarnar al trabajador en un salario mínimo. Guarda serenidad y sobrelleva sus responsabilidades fiscales. No es partidario de componendas, muy comunes en los despachos contables, para evadir Hacienda y agraviar a los trabajadores. Y respecto a la inseguridad, enfrentó el problema con sensatez y precaución. Después del secuestro de su suegro decidió emigrar a otra ciudad junto con su familia. Dejó la finca que tantos sueños y dedicación le había dedicado. Con desfachatez de paisano despistado, un mediodía radiante, se fue echando frases de buen humor.

Hace diez años entró en el mundo empresarial como franquicitario de una marca de préstamos por prendas de oro. Los Bancos siempre vieron con menosprecio, o por lo menos nunca le entraron, a los créditos chiquitos. Préstamos de 500, de 1000 pesos; tan necesarios para que la cotidianidad siga su marcha, para microempresarios y trabajadores independientes que requieren de liquidez sin tardanza ni trámites. En nuestra región, digamos hasta la década de los noventa, se conseguían alhajas con relativa facilidad. De casas de adobe, humildes, salían lindas muchachas luciendo sus prendas de oro. Ciudad Altamirano tenía fama de lugar por excelencia para mercar oro, y esa fama, al igual que en otras ciudades de Tierra Caliente, no era tan infundada. Camilo Peñaloza me ha hecho ver que hasta en los ochenta, ser oficial de orfebrería, al igual que de huarachería, era uno de los oficios mejor pagados y aun reputados. Así es que como no había un servicio formal en préstamos por oro, los resultados para el nuevo empresario fueron en todo caso insospechados.

No faltó quien pusiera el grito en el cielo y murmurara que se estaba robando a la gente. A esas personas se les escapa o ignoran que los pobres también producen. Y que si consiguen un capital para echar andar la rueda, el motor de sus micronegocios es porque saben que pueden producir para pagar el capital más interés. A diferencia de tantas asociaciones que son incapaces de pagar ya no digamos tasas de interés alto sino créditos blandos. ¿Quién produce más, un microempresario que paga interés más capital, o una institución que requiere de subsidios del gobierno y créditos blandos o de fondo perdido?

En el apogeo, Fausto abrió otras sucursales, y como todo ha de estar en un constante movimiento y nada es eterno, ya empezó el repliegue. Las causas mucho se han platicado: la violencia que desterró a mucha gente, y que acabó con el emporio comercial de esta ciudad; el agotamiento del oro, ya no hay orfebres y se acabó la relativa facilidad con que se conseguía oro; y la competencia, la entrada en el mercado de los préstamos del gigante Elektra. Es idea que los gigantes comerciales llegan a los mercados locales a reventar la competencia local, para después quedarse solos y dominantes, y ya sin competencia, hacen y deshacen. No creo que pase esto al pie de la letra pero Elektra está haciendo todo lo posible para lograrlo.

Tuve el privilegio de trabajar para Fausto Araujo. No hace mucho, por cierto, desde fines de 2010. Por esos días yo era independiente y especulaba en la avenida comercial. Desde que lo conocí me impresionó lo buena gente que destila y la buena fama que tenía entre sus trabajadores, y aun, entre otra gente.

Una mañana, mientras caminaba por la avenida, me salió al paso Edgardo Martínez, su entrañable trabajador, y me preguntó que si no me interesaba un puesto de valuador, que habían pensado en mí y que en caso de aceptar me tendría que ir un tiempo para Huetamo. Por esos días, en la avenida, no se hablaba de otra cosa más que de las “cuotas por derecho a piso”. Los capos explotaban la veta de la extorsión. Personas que como yo, ocupaban un lugar en la avenida, tenían que pagar diez mil pesos. Dinero que para mí era imposible pagar. Así es que no tardé mucho en aceptar la propuesta de Edgardo Martínez.

Hoy he quedado sin trabajo, libre, y al decir esta última palabra, siento una extraña felicidad.


Adenda

Al otro día que dejé de trabajar, caminando por una calle desierta, pardeando la tarde, vi sentado en una banqueta al Cuervo, un vagabundo en andrajos, de piel negra por humo de llantas y mugre. Al verme, se levantó y con ademanes fraternales y voz quejumbrosa, se dirigió a mí:

−¡Hijo mío!, ahora ¿a qué te dedicarás?

Me detuve para contestarle, observé que la calle, poco antes vacía, empezaba a llenarse de gente. Miré al Cuervo que esperaba una respuesta mía con los brazos abiertos y sus ojos de luna de noche triste. “Tranquilo, Cuervo, me encerraré en mi covacha a leer”. Esto pensé en contestarle, pero de pronto me vi a dos pasos del Cuervo, rodeados los dos de una multitud de personas listas para el escarnio. Con creciente incertidumbre apenas pude murmurar:

−A caminar… a caminar… ¡carajo!, Cuervo, ¡parece que no sabes!

Y a empellones salí de aquella rueda de gente que empezaba a lanzar sus risas insolentes. Cuando me vi libre, apreté carrera.̴


30 de abril de 2014

abril 03, 2014

Un viaje a la Ciudad de México




El lunes de la tercera semana de enero, buscando novedades en mi cuenta de Twitter, me encontré con un artículo que Enrique Krauze había escrito por los ochenta años de Gabriel Zaid. El artículo se había publicado un día antes en el diario Reforma, y al final del texto, se reproducía la invitación al público en general a una mesa redonda en el Colegio Nacional, el 24 de enero, “Lectores de Gabriel Zaid”.

Meses antes, en el mismo Twitter, Krauze me descubría una veta de inspiración y fortaleza, que me encauzaba a la alegría por la lectura y los libros, que me situaba y me hacía asirme con resolución en el campo de la cultura libre. Esa veta fue Gabriel Zaid. Nunca olvidaré la mañana en que leí la reseña que Krauze hizo para el libro Dinero para la cultura. Deleitado, muy animado por el artículo “Instituciones de la cultura libre”, me puse a leer todos los artículos y ensayos de Zaid que la revista Letras Libres recoge en su archivo digital. Fue un encuentro feliz. “El sacrificio personal”, “apretarse el cinturón”, fueron ideas providenciales, que por mis aspiraciones de escritor, recobraron pleno sentido en mi ser. Fue un encuentro feliz, nada más comparable de cuando por primera vez leí El llano en llamas, libro que me cambió la vida, que me sustrajo del vacío y de una vida de mataperros.

Con Zaid empecé a leer con nuevos ojos. Alerta de lo que pasa entre líneas y con los sentidos muy aguzados para leer la realidad. Es para mí un maestro original del que he aprendido que la literatura no acaba en la página, sino que nos hace conscientes de nuestro ser y se extiende a la lectura y crítica de nuestro entorno. Para llegar a los 80 años, entre otras cosas, debe haber alegría por la vida. Esto destilan los textos de Gabriel Zaid: un regocijo por vivir la vida de los libros.

Por todo esto, aquel lunes de la tercera semana de enero, no dudé en viajar a la Ciudad de México para estar presente en aquella mesa redonda. A Gabriel Zaid se le hace inconcebible que se pierda tiempo y se gaste dinero en traslados, para que luego, no se compre el libro y ni se lea el autor en cuestión; como si asistir a una presentación de libro o del autor, sustituyera el acto de leer. Yo perdería un día de trabajo, gastaría en pasajes y compraría unos libros que por ahí tenía pendientes. Uno de ellos, claro está, Dinero para la cultura. Lo platiqué con mi mujer, y a pesar de ciertos remilgos de ella por el dinero, dinero que nunca dejaría de faltar, aceptó mi viaje con un atisbo de ternura. Entonces sentí en mí algo del personaje del cuento “Un pacto con el diablo”, de Juan José Arreola, que duda en ir al cine, aun en el día que las entradas costaban menos, para no gastar un dinero que si lo había, era muy poco. A pesar de ello, el viernes 24 arribé al zócalo de la Ciudad de México.

 

Hay tantos libros que leer que el tiempo resulta poco, hay muchos libros que llevar a casa que no hay dinero suficiente. Pero no hay que desesperarse: hay que capturar ese tiempo; hay que llevar los libros paso a paso, a tenacidad de caminito de hormiga.

Yo he tenido una biblioteca personal de pocos libros, menos de los que debería tener. Tal vez por el descuido que tuve con mis libros, tal vez porque he sido un lector de bibliotecas públicas. Guardo gran gratitud a la biblioteca de mi ciudad. Muchachillo, a los 14 años, una tarde me vi con un billete de cincuenta pesos, y agarré mi bicicleta para ir a comprar El llano en llamas en un puesto de periódicos; quien sabe por qué, en mi casa no había ningún lector, y sí, lugares difíciles para guardar un libro. Mi primer antecedente literario fue escuchar a muchos campesinos que guardaban una excelente memoria oral. Pero tal vez fue algún cuento, fragmento probablemente, en algún libro de texto gratuito. El asunto es que cuando terminé de leer esos relatos, tuve la necesidad de ir a la biblioteca pública. Para mi alivio, ahí encontré “Obras” de Juan Rulfo editado por el Fondo de Cultura Económica.

Del tiempo que duró mi paso por la ciudad de México, ahí viví de octubre del 2001 a agosto de 2006, reverdece el jardín de la amistad y el de la biblioteca central. En esta me entrené como lector de tiempo completo. Ahí aprendí, en tan solo un espacio corto, solitario; en un redil de libros, a florecer un jardín. Y a apasionarme. Una biblioteca, que si bien no tiene todos los libros, pero sí tiene muchos que despiertan la curiosidad y mantienen el interés del lector, debe ser poco menos que el paraíso. Un paraíso para el que lee por curiosidad y motivado por los mismos libros, por su sed de aprender.

Tal vez por contar con ese semi paraíso, donde había que alzar la mano para leer los frutos predilectos, no le di importancia a mi biblioteca personal. No digo que incrementara el número de volúmenes, sino que cuidara los que tenía. Me abochorna recordar libros muy valiosos para mí que perdí por mi vesania. El llano en llamas, el primer libro que compré; Bestiario de Arreola con postfacio de José Emilio Pacheco, y dedicado por este para mí; El son del corazón de López Velarde; El laberinto de la soledad de Octavio Paz; El Aleph de Borges; Cien años de soledad, que nunca se lo podría pagar a mi amigo Óscar Cortez, quien lo sustrajo del librero de una tía suya; La presidencia imperial de Enrique Krauze, que fue un texto de clase y que me cautivó su prosa. Todos esos libros y otros más los perdí por ser un incauto promotor de mis lecturas. A final de cuentas, si vivía en el paraíso, en la edad dorada, diría don Quijote, no existían las palabras tuyo y mío.

Me quedé con tan pocos libros, que cuando me regresé a mi ciudad natal, de no haber sido por mi amigo Miguel García Mani, quien me hizo traerme Las mil y una noches en dos tomos, una antología de López Velarde y Crimen y castigo de Dostoievski hubiera regresado a mi tierra a un desolador destierro. Desde hace año y medio mi puñado de libros, como yo, dejó de ser trashumante. Y ahora que tienen su espacio, todos los días que ando por ahí, resiento los vacíos de los libros perdidos. Libros que ya viviendo en lo árido de mi tierra, he lamentado como el borracho que pierde su dinero en la parranda inconsciente o como el enamorado mal correspondido que extravía la fotografía de su amada.

Aquella mañana me puse a caminar las calles del Centro Histórico, me compré unos lentes para el astigmatismo de mi ojo derecho y el desgaste del otro, y me puse a buscar los libros que quería, andaba de suerte, todos los encontré. Conforme me los iban pasando me daban precio, entonces apareció de nuevo el personaje de “Un pacto con el diablo”. A cada precio que escuchaba me ponía meditabundo y dubitativo. Sentía vértigo al ver cómo la cuenta ascendía. Pero no me eché para atrás. Resuelto, casi bruscamente; como si yo también estuviera haciendo un pacto con el diablo, me decidí: “Trato hecho. Me los llevo”.

De aquella mesa redonda me gustó la idea de Adolfo Castañón: “y es que este Gabriel tan nuestro, tan regio, parece a veces como un huésped de otro mundo que hubiese condescendido a visitar nuestra modesta región”. Un rodeo para detenerse a admirar la obra de Zaid. Un descanso para empezar a reflexionar su lúcido pensamiento.

Una vertiente de su pensamiento que me ha llamado la atención, y que me conectó de inmediato con mi pasado (fui criado por unos abuelos campesinos, que producían casi para el autoconsumo), es la valoración —por lo menos no la demerita—, de la vida rural. Esa vida que prescindía de tantos aires modernos. El hombre no andaba tan errado cuando producía lo que necesitaba y hacía con sus propias manos e ingenio lo que ocupaba. Para Zaid es muy importante el saber hacer las cosas uno mismo, manualmente, probando, aprendiendo. Sus ideas para mejorar la economía de los campesinos es de una praxis que nada más al saberlas se puede decir, ¡qué fácil, el camino está despejado! Valorar al campesino, apoyar su independencia, no desvirtuarlo de su condición de microempresario, facilitarle medios de producción baratos y eficientes. De haberse aplicado sus ideas en el campo mexicano (El Progreso improductivo, el libro donde desarrolla propuestas económicas para el sector marginado, lo publicó en 1979); se hubiera evitado en mucho la emigración y el abandono del campo.

Cuando salí del recinto donde había sido la mesa redonda, me encontré a unos pasos de Cristopher Domínguez Michael, otro de los ponentes. Quise acercarme para agradecerle sus entrevistas a Vicente Leñero y a Hugo Hiriart. Pero me ganó la pena. Excelentes entrevistas que releo con entusiasmo. Y si me obligan a decir para qué sirve leer una entrevista, diría que para conocer momentos ejemplares. Ya dependerá de cada quien si pasan a ser inspiradores para las decisiones cotidianas. Yo tenía una novela malograda que escribí en 2009. Era mala pero la idea no me parecía despreciable. No la desechaba, pero no sabía qué hacer con ella. Domínguez Michael asistió el milagro de la conversación. Leñero contó las peripecias de la escritura de su novela Los albañiles, y sentí un reflejo, el norte para reescribir mi novela, repensarla. E Hiriart le confesó un aprendizaje, casi un consejo, que yo he asimilado como un convertido asimila las primeras palabras del evangelio: trabajar sin apuros, escribir dos o tres horas diarias por la madrugada y dejar que las ideas fluyan durante el día.

Y ya con pena, tampoco busqué la manera de acercarme a Enrique Krauze. Un amigo me ha hecho ver que todo hubiera terminado en un buen saludo. Nada más. Lo mejor es seguir el diálogo con sus libros y los cientos de sus artículos. Esa noche conocí al amigo de Zaid, y uno de sus más perspicaces lectores. Lo escuché moderar, con su tono reposado, a los otros “Lectores de Gabriel Zaid”. Atento al diálogo (diálogo y respeto son las primeras palabras de su credo), pero sin perder de vista su entorno, como para no perderse de nadie. Esa noche vi en Enrique Krauze lo afable y caballeroso que debe ser un hombre de letras.

Dos palabras quise mencionar en el párrafo anterior: elegancia y sencillez (sencillez que aprendió de sus maestros y la pasión al oficio), dos palabras que están en todos sus textos. Celebro de Enrique Krauze su afán por difundir el saber que cultiva: la historia y la biografía —y, no menos, la literatura y la política—. No desprecia ningún medio para llegar al público interesado. El germen de este artículo, como lo dije al principio, fue por un enlace que hizo desde su cuenta de Twitter.

Yo también fui un rebelde que deseaba el secular estallido de la Revolución en 2010. Vilipendiaba la democracia. Mi deseo era tan disparatado como mi ignorancia. Las circunstancias sociales eran muy diferentes, y para bien de todos, no hubo tal. (En cambio, no puedo dejar de decirlo, hemos chapoteado en una pesadilla de sangre. Igual de horripilante que la guerra. Aparecieron capos avasallantes, sedientos de dinero, que también aquí, en Tierra Caliente, abrieron sucursales de los peores instintos criminales. Y su guerra, sus ambiciones inconscientes se han llevado a muchos de encuentro y la tranquilidad de los otros). Con la lectura, sobre todo de Krauze, me he convencido que la democracia no nos va a caer del aire etéreo, sino debemos germinarla en nosotros todos los días en el diálogo atento y respetuoso.

Salí a la calle Donceles. Me eché a andar sin rumbo fijo. Me tomé un café a pie. Esa misma noche me regresaría a mi ciudad. Pero tenía un tiempo para caminar, otro tiempo para disfrutar un viaje a la ciudad de México.

 

1 de abril de 2014

 

marzo 01, 2014

Gente que no lee



Un profesor habla de la importancia de la lectura frente a un grupo de alumnos. Es un profesor que lee de verdad, por gusto, y no lo dice por mera repetición de la propaganda educativa. La lectura es el medio por excelencia —les dice—, para llegar al conocimiento y apropiarse del saber. La observación y la experimentación llegan al punto que necesitan de la lectura crítica. Aclarando que la palabra escrita y la imagen pueden desembocar en lenguajes distintos, arremete contra la segunda y dice que esta no subyuga a la primera. Que es un sofisma aquello de que una imagen dice más que mil palabras. Anima a los despistados. La lectura requiere un poco de esfuerzo mental para descifrar las frases, los párrafos, el texto. En modo alguno la imagen ha sustituido a la palabra, aunque en estos tiempos de facilísimas imágenes así lo parezca. Hay una conexión instantánea con la imagen, lo que no ocurre con un conjunto de palabras, que requieren atención para captar lo que nos quieren comunicar. Por eso es más fácil ver una película complicada que leer un texto sencillo. La imagen que no está cifrada en un discurso artístico desmerece de nuestra atención. Lo que vemos en la pantalla en media hora, lo podemos leer en solo cinco minutos.

El grupo de alumnos es afortunado porque les tocó un profesor que lee, que les transmite su entusiasmo, que no sigue una línea rígida y hace refrescantes interrupciones para hablarles de sus libros preferidos, de las lecturas que lo cautivan cada día. Afortunados porque no les tocó un maestro que para desviar la atención de su desfachatez y carencia, achaca el desinterés en la lectura a muchos otros motivos, sobre todo porque los muchachos no aprendieron el hábito de sus padres. Están lejos de los mentores que eran la esperanza para los hijos de campesinos pobres y analfabetas. Hay en los grandes lectores mucho de inasible e inesperado. Se hacen en condiciones adversas y muchos provienen de padres no lectores. Hay como un influjo celestial. Como si fueran predestinados para vivir en un jardín. Ya dependerá de cada quien qué frutos coman, qué siembren y qué cultiven. Pero aparte de la inquietud personal; sí, también los padres, los amigos y la gente que los rodea; pero los profesores no deben desviar la atención, y deben ser ellos los principales focos de infección de la lectura, los propagadores del vicio de leer. Hasta el nivel de preparatoria yo no tuve la fortuna de conocer a un profesor que leyera, acaso el maestro de historia Gabriel López Sarabio, que impartía su clase con pasión inusitada, y le llegué a ver en su escritorio los tomos de Historia General de México del Colegio de México. De ahí para el real no tuve noticia de otro que leyera de modo desinteresado. Mi gusto por la lectura llegó de otros rumbos.

Es difícil que todos se dediquen a leer pero más de uno recordará al profesor que habla de sus libros como un gran motivador, como la persona que les señaló el camino. El mundo de oficios y actividades es tan amplio como la porción de mundo que nos toca recorrer. El alumno sale a la calle y se encuentra con gente que no lee. Gente que tiene a la lectura muy lejos de sus afanes o simplemente no existe esa noción en su cabeza. Y de verdad que no deja de ser gente muy inteligente, muy activa y trabajadora, gente que produce, aunque sea para la subsistencia, gente que vive la vida sin necesitar de un libro. Trabajar y producir le dan un brillo especial al hombre. Los poetas de todos los tiempos han festejado la capacidad del hombre para sobreponerse a cualquier adversidad. Mientras no aparece la muerte en su horizonte encuentra soluciones para sus grandes problemas cotidianos, da con salidas en los laberintos que lo detienen en su marcha, la luz que lo ofusca, luego la domestica para alumbrar lo que antes era confuso e inaccesible. La inteligencia, su capacidad, el mismo hombre son un misterio.

A diario vemos cómo las personas ejercitan su inteligencia: hacen cuentas, reflexionan sobre una pérdida de un mal negocio, profieren palabras y frases que desahogan y aclaran la mente, se concentran en algo que se niega a salir, esfuerzan la memoria para capturar un dato, un nombre que parece olvidado; escuchan con suma atención, refulgen en el momento revelador… El alumno que escuchó con simpatía al profesor, y que nada más al salir a la calle se ve en medio de la vorágine de la inteligencia de hombres que nunca han leído un libro, y que hasta pueden ufanarse de no hacerlo nunca, diciendo, muy orondos, que lo poco o mucho que saben lo han aprendido en la universidad de la vida, puede caer en el desánimo y preguntarse: “¿Para qué diantres sirve leer?”.

Cuando nos acercamos a una persona enfrascada a su actividad cotidiana, de la cual produce y se mantiene, refulge el brillo del sudor de su frente, que no parece una maldición, sino lo que lo distingue como ser dominador de las especies. Habla, saca palabras vivas y frases hasta memorables, todo en relación a su trabajo. No deja de sorprender, y si el alumno despistado anda por ahí, no tiene otra que meter sus manos en los bolsillos de su pantalón, erguirse, bajar la cabeza, echar la vista al suelo y marcharse, apenas mascullando: “¿Para qué diantres sirve leer?”.

Los buscadores del asombro y lo maravilloso pueden detenerse frente a un puesto de quesadillas en la calle, mirar de cerca, platicar con la señora que las hace y las vende y embarcarse al puerto de la admiración. La señora les platicará, y no es para menos, que se levanta a las cuatro de la mañana, las pizcas secretas y el punto que debe alcanzar el amasado, lo indiscutible de los ajos y cebolla para dar con el buen sazón, el espesor ideal que deben alcanzar los guisados, la preparación de salsas que animen al frugal y el comilón no deje de alabar, las que hubo de pasar para establecerse en esa banqueta, de cómo se granjea a los inspectores de la autoridad y las dádivas que les da… Durante la plática soltará frases esplendorosas dignas de trasladarse a una crónica. Y después de su sabrosa charla, no debe admirar qué grado de estudios tuvo, sino que en su vida ha abierto un libro. El alumno que anda en busca de libros, esta vez se impacientará: “¡Para qué diantres sirve leer!”.

Y así pasa con todos los trabajos y oficios: desde un vendedor ambulante hasta un alto ejecutivo, pasando por comerciantes, empleados, oficinistas, burócratas, obreros, campesinos, tablajeros, artesanos, profesionales, especialistas y maestros de oficio. Pero si se hace una segunda visita a la señora de las quesadillas ya no tendrá mucho de dónde echar mano, ya el buscador de lo asombroso no se maravillará tanto, a menos que le platique el caso de su vida. Toda vida puesta en palabras es cautivante. Con sus triunfos, sus desgracias y vicisitudes. Y ya contado su testimonio existencial, puede decaer en el chismorreo y el chiste. Ya no hay interés en ejercitar la inteligencia, comprender la vida, vivir la vida de un modo más cabal. Yo he conocido personas que cuando trabajaron y fueron productivas, refulgían de inteligencia práctica para resolver sus problemas y sobreponerse a todo, luego, por cuestiones biológicas o por la tristeza que trae la vida en las postrimerías, se les apagó el brillo de sus frentes. Como los alcohólicos abjurados, que mientras fueron partícipes de la parranda, sobre todo en la euforia, motivaron conversaciones lubricadas; pero ya retirados, merodean coléricos una soledad silenciosa. La lectura mantiene un fuego chisporroteante que va más allá del brillo de la frente. La lectura es origen de una conversación incesante que puede prolongar la vida o por lo menos vivirla más real, crítica y felizmente; nos ayuda a despejar, agarrar vuelo y no como la señora de las quesadillas que después de su sabrosa plática de la masa y el testimonio de su vida, se quedó aleteando, incapaz de emprender el vuelo hacia el cielo azul. Si el alumno da con estas razones, tal vez vuelva a reanimarse y encontrarle sentido, volver a nacer con las palabras motivadoras de su profesor. ¿Cuántas personas no se quedan a la mitad de lo que pretendía ser una buena conversación? Personas que se les dio el don de la palabra como un jardín pero que nunca lo cultivaron, tal vez nunca se dieron cuenta de lo que se les entregó. Frases como “Algún día escribiré un libro”, “Si escribieras tu vida sería un gran libro”, “Si hubieses querido serías un gran escritor”… esconden entre líneas la falta de un encuentro feliz con los libros y la lectura.

El alumno, a pesar de todo, para salir de la confusión, visita la biblioteca más cercana. Muchas de las bibliotecas de las ciudades de nuestro país son tristes escenarios del desinterés y la incuria, sin embargo, una que contenga unas decenas de libros clásicos, de autores antiguos y contemporáneos, de literatura mexicana, (y como terracalenteño, también unos libros de mi región); no deja de ser una opción esperanzadora. Sin presión de nadie, sin intermediarios, el alumno se da cuenta que el comercio con los libros no es tan difícil como se suele pensar. Entabla un diálogo duradero, un diálogo que irá subiendo de nivel, por su mera iniciativa y curiosidad. Será un continuador de la conversación de los autores que le interesen y, como su preceptor, llegará a contagiar y animar a leer, si es que tiene valor de hablar de cosas que casi nadie habla y que casi a nadie le interesa. Pero que no están muy alejadas de la realidad. Esos libros fueron escritos por inquietudes sobre la vida, como por una urgencia para subir el nivel de la conversación y prolongarla hasta el fin de los tiempos.   

El libro más recomendado y que se tiene a la mano es La Biblia, aunque luego no se lee por satisfacción porque los guías religiosos coartan la libertad creativa del lector. “Hay que saberla interpretar”, les dicen. Y de ahí surgen supersticiones temibles, “si no entiendes, todas las palabras se te volverán”, como si fuera una andanada que confunde el pensamiento. El mismo acto de leer (estudiar, estar pegado a los libros), representa para mucha gente el peligro de quedar loco, de que “se sequen los sesos”. Podríamos decir que esto es inspirado en el personaje más glorioso de la literatura: el Quijote. En mi barrio y círculo familiar se señalaban a dos personas que supuestamente quedaron locas de tanto estudiar. Una mujer que por ahí anda seguida de perros callejeros, y un hombre que no paraba de caminar en todo día, habían sido jóvenes, a decir de la anécdota, “buenos para el estudio” pero que por esto quedaron locos. La moraleja es simple: hay que leer pero no tanto.

Si por un lado, las personas muestran desinterés por la lectura, por el otro tienen una especie de respeto hacia los libros, sienten que están frente a un misterio, la sabiduría, la verdad. De aquí mismo se podría explicar las supersticiones que rodean el acto de leer. Yo, como lector, encontré a mi antepasado consanguíneo más remoto: el ventero analfabeta de El Quijote (I, xxxii), que guardaba algunos libros de caballerías, los que le secaron los sesos a Alonso Quijano, y que cuando alguien los leía escuchaba las historias maravillado “me han dado la vida” decía seguro de que todo aquello había sido verdad. Cuando le dijeron que aquello era pura fantasía, “disparates y devaneos”, se movió a enojo, como el Quijote. En una nota de la edición de la Asociación de Academias de la Lengua Española (2004), explican la actitud del ventero: “En las culturas con alfabetización insuficiente (…) la escritura conlleva un plus de veracidad”. Como fuere, los libros tienen prestigio en cuanto objetos manuales, por eso luego escuchamos a padres que en ratos de enojo, para reconvenir a sus hijos; o enfadados de que estén pegados a una pantalla, luego dicen: “Ponte a estudiar (leer) un libro”.

Las estadísticas sobre la lectura en nuestro país son apabullantes: los mexicanos casi no leen. José Emilio Pacheco, recientemente fallecido, desconfiaba de estos números y no desaprovechaba oportunidad para referirse a hechos que las encuestas dejan de lado: los lectores poco visibles, la actividad y préstamos de las bibliotecas públicas, los libros que se prestan y pasan de mano en mano, los juegos de copias que se sacan a diario y que llegan a más de una persona. La idea de Pacheco destila a la vez una apuesta de todo y una íntima alegría por el mundo de los libros. Otro escritor, Gabriel Zaid, va más allá de la generalidad de que los mexicanos casi no leen, y apunta algo que corroe: los universitarios casi no leen. Ocupados en obtener credenciales y acreditar sus currículos (indispensables para quien sueñe en entrar y trepar en las burocracias gubernamental y universitaria), no tienen tiempo de leer. La crítica de Zaid se afila más con los que se aferran en publicar sin siquiera releerse y cuyos títulos solo se leerán en sus currículos. La crítica de Zaid no deriva de la amargura de un humanista misántropo, sino de la esperanza, y junto con Pacheco, confluyen en la idea de que si todavía se producen y circulan libros de calidad, inspirados en la tradición clásica, es porque todavía hay lectores de verdad.

Por eso tenemos un presidente de la República que en la presentación de su libro se desplomó cuando le preguntaron qué libros había leído y dejó claro que no lee, o que lo hace como ejecutivo, no personalmente. ¿Y cuántos presidentes municipales, diputados de las cámaras locales, gobernadores, diputados federales, senadores están en las mismas? La lectura nos hace más conscientes de la realidad, nos hace verla con otros ojos, nos hace más humanos; si nuestra clase gobernante no lee, tal vez en parte de ahí venga la ignorancia, la ignominia y la indecencia con que nos gobiernan.

Desde este punto de vista descreo en un estado conspiratorio en contra de la lectura. Nadie puede conspirar contra algo que ignora. Zaid nos dice que antes de la llegada de los tecnócratas al poder, había gobernantes, con no muy altos grados académicos, pero que leían y por lo tanto creían en un mundo mejor a partir de los libros. Los de ahora cuentan con doctorados, pero no leen y sueñan con el ascenso, con trepar en los escalones de las burocracias. El enemigo principal de la lectura es el desinterés. El cambio no nos llegará de arriba, hay que retomar la lectura, el diálogo con nuestros clásicos. Hay que aprovechar que somos enanos —como decía Bernardo de Chartres en la edad media, y que Zaid lo cita casi religiosamente—, sobre hombros de gigantes, y por lo tanto podemos ver más y más lejos.~



1 de marzo de 2014 

febrero 10, 2014

Don Adán

Para Carola


El primer recuerdo que tengo de Adán Avelino es verlo platicar muy serio en el corredor de la casa de mi abuelo. Estaba jodido por la reuma y caminaba balanceándose. Era robusto y colorado. Usaba un sombrero  vaquero. Frente a frente, don Adán sentado en una silla de palos tejida con mecate, y mi abuelo en la hamaca, este deshojaba y rebanaba mazorcas de toqueres, platicaban de la vida del campo, de sus experiencias de agricultores. De sus creencias y tradiciones. De esa tarde guardo la historia del hombre que terminó por huir de la molicie de la casa de sus suegros para irse a vivir bajo la sombra de un árbol.

Recuerdo a los dos viejos, que por esos días no estaban tanto (cincuentones los dos), muy interesados en la conversación que desarrollaban. Ya era de tarde y la luz del sol entraba directamente al corredor. Al poco rato los dos se quedaron callados. Se estuvieron sentados ahí un rato, descansando de su agotadora conversación.

Ahí quedó sellada una amistad. Más allá de que habían contraído deudo (eran compadres), el pasado y la vida de agricultores los unía. Fue la única vez que los vi platicando. Ya después la vida los llevó por caminos distintos. Mi abuelo abandonó su bajial y se ocupó en atender las enfermedades que lo achacaban. Ningún hijo sacó el gusto por el campo, y el bajial terminaría abandonado y rematado. Reducido por la insuficiencia renal, murió a fines del noventa y nueve. Se había negado a la diálisis.

Por esos días yo andaba metido en mis estudios de preparatoria. Aún no sabía el peso que mi abuelo tendría en mi vida. Fue el hombre que me crio. Tengo muy presente su afición a la conversación. Conversar una hora de camino mientras llegaba a su bajial. De él escuché las primeras historias que me asombraron. De él y de las personas que se rodeaba. A veces pienso que mi hábito de lector se explica porque es imposible revivir aquellas conversaciones. Soy un campesino que a falta de tierra busca sacar frutos y entretener el tiempo en los libros.

Cuando me fui a México a estudiar, empecé a visitar más seguido a mi madre, aun llegaba directamente a su casa. Ahí me reencontré con don Adán. Seguía con la reuma, pero todavía trabajando su tierra. Y seguía siendo un gran conversador. Yo, sin darme cuenta, andaba en busca de lo que tuve en el paraíso de mi infancia: el campo y la conversación. Adán fue la extensión de esa ilusión. Me invitó a trabajar a su sembradío de camote y sudé cual peón más experimentado. Por las tardes, como pretexto para empezar a platicar, nos poníamos a jugar baraja. La estima y la admiración por él, pese a vilezas y chismes, estuvieron a salvo. Más aún aumentaron.


Pasaron los años. Adán sembró menos. Murió su mujer. Y vendió su tierra donde sembraba camote, y otras cuatro hectáreas que tenía.

De cuando lo conocí ya pasaron veinticinco años. Me dicen que ahora trota tras una salacidad postrimera. Me dicen que se emborracha muy continuo. Yo lo llegué a ver contadas veces borracho. No negaba que en su juventud tomó, pero cuando yo lo empecé a tratar estaba en la madurez sensata, esa que vilipendia los vicios y avisa de la experiencia.

De lo que me cuentan yo tomo mis reservas. La última vez que nos vimos y cruzamos palabra lo sentí envejecido. Y no me refiero a su cuerpo porque para mí eso es lo de menos, sino a su ser; me habló con un corazón envejecido. Me dijo que la venta de cerveza, su actual negocio y de lo que se mantiene, va mal. Lo oí y lo sentí desarraigado, como debe hablar un hombre de campo que es despojado de su tierra, como debe ser la voz de quien de pronto se le viene una avalancha de vilezas. Un corazón marchito y envejecido. Yo me sentí triste, una tristeza que me puso largo rato pensativo. El sueño del campo desde hace mucho que se fue. Y el último reducto de la conversación viva que escuché en la infancia, y que es don Adán Avelino, sentí que se apagaba.



1 de noviembre de 2013