No me quedaré a hablar de un
solo libro. No abusaré de la autopromoción. Yo daba por cosa del pasado mi
libro El muerto que nos llegó de Estados
Unidos. Hice lo que tenía que hacer: lo auto publiqué en la Internet, lo
difundí apenas a mi alcance. Tuvo sus lectores, pocos, como es de esperarse;
pero eso no importa porque el escritor tiene mucho que leer y poco tiempo para
escribir lo que tiene que decir. Este libro, electrónico y todo, representa
algo especial para mí porque fue mi primera publicación formal. A parte de mis
textos que empecé a publicar en mi blog desde enero de 2014. Antes de eso yo
era un escritor con cuatro manuscritos a cuestas. Y cualquiera que ha cargado
con un manuscrito varios años sabe de la carga, de las vueltas, de la esperanza
y la duda , de la inquietud, de ese ir y venir de la vanidad, de ese ¿qué hago
con este mamotreto? Dos sucesos coincidieron para que yo eliminará engargolados
y archivos de mis cuatro manuscritos que aún recuerdo sus títulos con cierta
ternura: Las flores de San Nicolás; El amigo, el diablo; Los herederos y Recuerdos del alma. Los dos sucesos fueron la creciente del río
Balsas en 2013 y mi lectura de Dinero
para la Cultura de Gabriel Zaid ese mismo año. Los manuscritos se fueron en
la serpiente devoradora de la corriente y los textos de Zaid fueron muy
inspiradores y motivantes para empezar a publicar mis textos en mi blog.
Mostrando las entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
marzo 29, 2018
octubre 01, 2016
Premios y estímulos para escritores
Hoy como nunca la gente necesita fingir que lee… porque lamentablemente hay profesiones donde se necesita aparentar ser lector.
“Hoy la literatura tiene
pocos defensores”, dijo recientemente la poeta Ida Vitale (Montevideo, 1923).
No es novedad decir que la literatura es de una minoría, y, tal vez como nunca,
de una raquítica minoría. Grupos que secularmente eran lectores, y que
cualquiera pensaba que con la facilidad de edición y circulación de libros, más
aún con la llegada de la Internet, crecerían y se extenderían, han disminuido
su fuerza e influencia para dar paso a la incultura y al desprecio a la
lectura. Estos grupos se han replegado a la academia y la especialización. Y
los entes de la cultura libre andan por ahí, desperdigados, a merced de la marginación
y el resentimiento.
junio 27, 2016
Recuento
No
recuerdo bien a qué edad pero la idea vaga de ser escritor la tuve durante mi
infancia. Oía las pláticas de mis mayores e intuía que eso algún día y de algún
modo yo lo platicaría. Durante la primaria fui un alumno reprobadísimo, hasta
una mala maestra me retrasó un grado porque le caí mal. Mala porque fue un
capricho y lo hizo de modo arbitrario. No hubo tutor que respondiera por mí.
Cuando terminé la primaria, mi madre, preocupada de que yo me echara a perder,
me advirtió que nomás reprobaba una materia y me sacaba para ponerme a trabajar
en los trabajos más penosos y pesados. Durante la adolescencia, he dicho que a
los doce pero en realidad debió haber sido a los quince, leí El llano en llamas. Libro por el que
empecé a leer y que me ayudó a aterrizar la idea vaga de contar: yo también
escribiría un libro de lo que había oído de los campesinos. Pero no estoy
seguro si fue esta lectura o un milagro del Niño Dios, a quien le pedí ‒orientado
por la hermana Blanca, una vecina devota y amiga de mi abuela‒
inteligencia para mis estudios, lo que me volvió un estudiante aplicado.
Terminé mi secundaria con 9.7 y la preparatoria con 9.9.
junio 02, 2016
El Vecino y el literato
El Vecino tiene una pasión: los gallos
de pelea; el literato, la suya: leer y, cuando las intuiciones llegan, cuando
los trazos de los relatos se definen, cuando las palabras lo acorralan,
escribir. El Vecino, que el día lo reparte en ocupaciones apremiantes, guarda
sus mejores horas para sus gallos. Tiene su gallera en el patio: una larga
alambrada pegada a la barda de su patio dividida en cubiles donde cada gallo,
pura sangre, de prosapia valiente, cantan en la madrugada y lucen su estampa
durante el día. Con prurito el Vecino les da alimento vitaminado, les cambia el
agua, recubre el suelo de las jaulas de tierra blanda, tierra de bajial. Vigila
que los gallos no se acongojen y ni se sobresalten. El Vecino, al pasar cerca
de la alambrada, se siente orgulloso de sus animalitos.
noviembre 13, 2015
Dos anécdotas de desprecio a la lectura y una lamentación
Hace
algún tiempo, en la avenida principal de mi ciudad, mientras caminaba o
esperaba a alguien, me interceptaron tres jóvenes: el mayor de ellos no pasaba
los 23, y el menor era un muchachillo de 13; bien vestiditos, con portafolios
cada uno, y uno de ellos bien entrenado para hablar de sus cosas. Eran Testigos
de Jehová. Yo, que en otras ocasiones les recibo sus revistas y folletos, y
aunque leyendo de soslayo, me doy cuenta de sus afanes contradictorios, sus
trampas verbales, sus enmarañadas buenas intenciones, en esa ocasión no dejé ni
siquiera que el mediano de los muchachos me abordara con sus preguntas
recurrentes del cataclismo final. “A unas cuadras de aquí –les dije, ya algo
iracundo- está la biblioteca municipal. ¡Vayan a leer ahí la Biblia, pero
también a los Clásicos; vayan a liberarse y a conocerse a ustedes mismo! (que
es el punto de libertad más estimado a donde puede llevar la literatura, esto
no se los dije)”. El mayor de ellos, tranquilo, hábil, queriendo dominar la
situación con una sonrisa de oreja a oreja (quien sabe si fingida, pero sí algo
burlona), me dijo: “Lo hacemos, caballero; dígame ¿de qué tema quiere que
hablemos?” El diablo también nos hace hablar educadamente y con buenas
intenciones. Si el diablo está en contra de algo después de Dios es contra el
arte.
octubre 31, 2014
Retrato del Diablo
A Miguel Mani,
que ya es maestro.
El Diablo al
mostrarnos el camino del mal nos indica cuál es el camino del bien de que nos
hemos separado.
Manuel Payno. El
fistol del Diablo, v, iv.
Aunque puede
presentarse como una mujer que con la boca borneada entrega a un hombre una
olla de monedas de oro o como un niño que en nítido sueño susurra qué camino
tomar (como profundo conocedor de las pasiones humanas se las juega audazmente
con sus artimañas para que el hombre encuentre a su paso intrigas, sinsabores y
desgracias), su apariencia más recurrente es la del hombre de media vida,
de cuarenta y pico años.
En
los magníficos salones viste elegante pero con sobriedad; entre el populacho,
siempre se le encuentra de aspecto distinguido.
Su
rostro afable, luego agudo; su mirada perspicaz, luego siniestra; su sonrisa
ladina, luego maliciosa; su tez pálida, luego encendida al tramar asechanzas; su compostura fuerte, sus brazos nervudos y vellosos; hacen
pasar inadvertido el destino legendario de sus pies. Viéndole su calzado
que termina casi en punta da la impresión que está a punto de hundirse en un
remolineo de tornillo al abismo último de la tierra.
No
pasa de la sonrisa maliciosa. La carcajada acentúa mal en un caído. Es uno de
los infundios que le han hecho. No hay en él regodeo por la desgracia. Después
de tender la trampa con sus hilos acechantes, acaso al principio de la caída,
desaparece al instante. De por sí caído, no puede regodearse en el lodo del
abismo del cual quisiera desprenderse.
Una
arma del diablo es la noche y más precisamente el sueño de los mortales. La
primera arma es su libertad para andar por la tierra y merodear a los hombres.
La noche le recuerda el abismo de donde viene. De ahí que la media noche esté teñida de historias de la malahora. Aunque una vecina mía me contó de niño que el diablo se le apareció en un mediodía pobre, y que se ofrecía, sin compromiso, a ayudarle para que le diera de comer a sus cinco hijas hambrientas. La mujer rechazó el ofrecimiento, y el diablo, que por ese tiempo montaba a caballo, desapareció dejando una nube de polvo.
Durante
el sueño los hombres se encuentran inermes. Ahí se encuentra el reposo y la
inspiración. Pero ahí suele llegar el diablo a sus cabeceras y como un
excelente malabarista de los sentimientos humanos, como un rifero que se sienta
a la mesa para leer el futuro, hace mil sugestiones: son las pesadillas y los
sueños siniestros. La serpiente que perdió a Eva antes fue víctima porque el
demonio se le introdujo en forma de negro vapor mientras dormitaba (Milton. El Paraíso perdido, ix).
Viajante
todos los siglos no debe sorprender que decida pasar largas temporadas en un
solo lugar. Ya establecido entre los hombres, toma café hirviente, fuma porque
el humo le va bien a su personalidad sombría. No desprecia los licores y
cerveza de nuestros tiempos, pero son suyas las cavas originarias del vino puro
y espumoso: chorro de sangre de toro prieto que calma la sed y atempera los
humores. Es un excelente conversador que destantea con sus planteamientos
falaces, escandaliza con personajes egoístas e irracionales, y, finalmente, sus historias
descarnadas marchitan la flor, ahuyentan despavorido al colibrí y atribulan al
espíritu más templado.
Orgulloso
de que sabe muchos secretos del mundo, no lee, y cuando lo hace, es de modo
conciso, como quien busca un dato, como quien busca el cabo suelto en un manual
de técnica.
No
lee literatura culta y ve con desprecio al amor. Mentiras y desvaríos diría de
lo uno y de lo otro. Para él mientras menos se hable de estos temas es mejor.
El poco interés por el arte y el descalabro cotidiano del amor, lo hacen
fuerte, se siente amo de los hombres. Pero he aquí su punto débil. Quien
explora en la poesía (por mencionar una veta del arte) sin otro propósito que
encontrar los veneros de las pasiones humanas terminará por saber y comprender
al ser humano. El Diablo, que siente que este conocimiento nada más a él le
pertenece, se pone celoso y no le hace mucha gracia. Un filósofo de nuestro
tiempo ha dicho que Luzbel es el santo patrono de los artistas. No es que sea
un protector, sino que el hombre es libre, como el ángel caído, y el hombre en
su corta existencia puede aventurarse a la no fácil empresa de comprender un
poco el indescifrable corazón humano, y a partir de ahí compartir esa
experiencia íntima por medio del arte.
En
cuanto al amor, es el sentimiento sublime por excelencia, el tiempo y el
espacio donde el hombre rompe las cadenas que lo atan, vuela los candados de
las puertas que lo encierran y sale a reconocerse libre. Hay en el hombre que
concreta el amor algo celestial y ahí el Diablo no puede estar, no tiene nada
qué hacer. Aprovechará la mengua para volver y renovarse en sus fuerzas.
Hay
tiempos en que el Diablo aparece radiante repartiendo su oro como si se tratara
de granos de maíz, granos de ilusorio brillo y valor; sin embargo, los hombres,
jubilosos, como primer día de feria, discretos pero ávidos extienden la palma
de su mano para recibir su parte. El diablo reparte su oro cuando el gobernante
esquilma a su pueblo, cuando un líder religioso se extravía de su discurso
teológico por la riqueza y su dominio, cuando la guerra brota, cuando el hombre
desvela su inteligencia para destruirse a sí mismo y a la naturaleza, cuando el
hombre deja de seguir su estrella y se anquilosa, cuando prende el celo y la
desconfianza, cuando se enciende la ira y la venganza, cuando arde la saña y
los excesos de la carne, cuando humea la ingratitud y el orgullo.
Hábil
bailarín, consumado músico: sobre todo de música tocada en violín y piano. Toca
las notas más dulces, las más melancólicas y las más terribles. Quien ha
tratado de tocar como él se ha fatigado en balde. Para el registro de las notas
escritas en la pauta, los dedos se acalambran, la vista se cansa y la memoria se
retarda. Ufano diría que quien quiera tocar aun alguna de sus cancioncillas,
así el ejecutante más diestro, tendría que practicar de cuatro a cinco años. Como
bailarín, cuando estuvo de visita en Tierra Caliente varias mujeres de la vida
alegre, que quedaron muy contentas por las monedas que les dejó, quedaron con
el cuerpo ahuatado y la picazón les tardó semanas.
No
está tan ocupado como puede suponerse, porque en realidad no necesita de mucho
para que los hombres se desenvuelvan bajo su dominio. No puede variar el curso
de la vida. No sabe el destino de los hombres pero la carga de tantas
generaciones lo hace un fatídico especulador de almas que pareciera que
difícilmente escaparán de sus garras.
Para
ocupar su tiempo libre se dedica al comercio. Los productos y los lugares son
tan diversos como el mundo. Hace 168 años llegaba a Orleáns en un buque para
recoger un cargamento de algodón que le daría una ganancia de 80 mil pesos.
Hace 94 años fletaba un hatajo de mulas en la costa de Guerrero para
transportar cargas de café a la Ciudad de México. Tal vez en este recorrido
pasó por Tierra Caliente y aquí se quedó un buen rato con nosotros entretenido
por el material humano (acababa de pasar el grito siniestro de guerra “¿Quién
vive?”, pero todavía los hombres se mataban por honor y pleitos rancios, por lo
demás gente rústica pero hospitalaria), pero también se quedó por los sones y
gustos tocados en violín, uno de sus instrumentos favoritos.
Al
diablo le gusta aparentar ser amigo de los hombres, y aun, que le digan con
toda franqueza “amigo”, no tanto porque se envanezca de que se le busque para
tratos y favores, sino, como criatura del mismo numen que hizo al hombre,
guarda una íntima esperanza de salvarse junto con este. ̴
Octubre 31 2014
mayo 31, 2014
Enseñanza y suerte de García Márquez
Gabriel García Márquez (1927-
2014), con Cien años de soledad, nos
ha dejado un temblor de tierra, una sacudida que hace acordarnos de los veneros
que insuflaron nuestras venas, nos hace ver marchar el incontenible torrente sanguíneo
y sus pasiones, nos hace ver los personajes y la tragedia de nuestra historia:
la vida de los pueblos latinoamericanos.
La
obra que lo dio a conocer y que le dio el éxito (palabra que se usa poco, y aun
se rehúye, y cuando se utiliza en las páginas de la literatura inspirada en la
tradición de los clásicos no deja de causar suspicacias), se publicó en 1967.
No bien empezó a circular la primera edición cuando en el mundo de las letras
se sintió una tempestad proveniente del caribe colombiano, tempestad que
culminó quince años después cuando le entregaron el premio nobel de literatura.
La tempestad arrojó un García Márquez rico y famoso, y, aunque trataba de
despistar y aparentar lo contrario, con desplante altivo de poeta que
se sabe consagrado e insuperable. También muy cercano y amigo de los poderosos,
como si por haber tratado en su obra la soledad y destino de los hombres del
poder, los hubiese invocado y estos no se resistieran a recurrir a él como a un
oráculo para poder conducir las riendas de sus dominios.
Como
un gran escritor ‒Jorge Volpi dice que Cien
años de soledad y Borges es lo que perdurará de la literatura del español
en América; yo digo que también otros titanes, ahorita mismo digo que Juan
Rulfo‒, nos ha dejado una enseñanza fundamental: lealtad a la vocación.
Se
sabe que García Márquez tenía la edad de diecisiete años cuando le llegó la
intuición de escribir una obra a partir del mundo que le tocó descubrir en su
infancia que vivió al lado de sus abuelos maternos: pensamiento y vida
cotidiana del caribe. Gran lector, se hizo escritor. Publicó sus primeros
libros pero no podía escribir la obra que traía entre sueños. Se sentía en un callejón
sin salida. Tendría que leer a Rulfo para que sus intuiciones alcanzaran el
aliento vital, la fuerza creadora que lo puso a escribir de modo impostergable.
Hubieron
de pasar veintidós años para que se le revelara el tono y la obra se le
presentara completa, tocara su puerta y le dijera: “Aquí estoy, escríbeme”.
¿Qué
pasaron en esos veintidós años? Muchas cosas en la vida bullanguera y
jacarandosa del escritor, pero en esencia puede decirse: leer y escribir
(recomendaba a los aspirantes a escritor escribir mínimo una página diario),
sin perder las intuiciones del mundo que quería escribir, reacomodando a fuerza
de la lectura de los clásicos los personajes sísmicos que darían vida a Cien años de soledad.
Hasta
aquí la enseñanza de García Márquez. Ahora hablaré de la suerte que tuvo:
encontrarse una esposa que creyó en él, y para esto no concibo otra fuente que
el amor y la fe en el hombre. García Márquez fue un hombre dichoso porque
contó con el amor de la mujer que estuvo a su lado. Así lo dejó ver él mismo en
muchas líneas de su obra. Se cuenta ‒ahora parece una fabulación que se
confunde con algún pasaje de su obra‒, que Mercedes Barcha se las ingenió para
no desanimar a su esposo. Cuando este se encerró para escribir el libro que les
cambiaría la vida (¿habrán pensado que les cambiaría la vida? ¡Tan indiferente
que le es el dinero a la literatura! Cuantos grandes poetas y prosistas han
muerto en la pobreza), ella soportó con estoicismo los días flacos. Sufrió el
designio de que su esposo sería un escritor de los grandes.
Emmanuel
Carballo (1929-2014) en su libro: Protagonistas
de la literatura mexicana (2005), en el capítulo dedicado a Alfonso Reyes
(1889-1959) cita los atributos indispensables que, según el mismo Reyes, debe
tener la esposa del poeta: cancelar “las preocupaciones extrañas, a acallar los
ruidos parásitos, a evitar las materialidades enojosas, a respetar y hacer
respetar su sueño de ojos abiertos y a llevarle el genio sin que se note
demasiado”. Si la mujer los cumple, dice Alfonso Reyes, “merecerá el
agradecimiento de la posteridad”. Mercedes Barcha cumplió esos atributos, por
lo tanto, merece nuestro agradecimiento.ᴥ
marzo 01, 2014
Gente que no lee
Un profesor habla de la importancia de la lectura frente a un grupo de alumnos. Es un profesor que lee de verdad, por gusto, y no lo dice por mera repetición de la propaganda educativa. La lectura es el medio por excelencia —les dice—, para llegar al conocimiento y apropiarse del saber. La observación y la experimentación llegan al punto que necesitan de la lectura crítica. Aclarando que la palabra escrita y la imagen pueden desembocar en lenguajes distintos, arremete contra la segunda y dice que esta no subyuga a la primera. Que es un sofisma aquello de que una imagen dice más que mil palabras. Anima a los despistados. La lectura requiere un poco de esfuerzo mental para descifrar las frases, los párrafos, el texto. En modo alguno la imagen ha sustituido a la palabra, aunque en estos tiempos de facilísimas imágenes así lo parezca. Hay una conexión instantánea con la imagen, lo que no ocurre con un conjunto de palabras, que requieren atención para captar lo que nos quieren comunicar. Por eso es más fácil ver una película complicada que leer un texto sencillo. La imagen que no está cifrada en un discurso artístico desmerece de nuestra atención. Lo que vemos en la pantalla en media hora, lo podemos leer en solo cinco minutos.
El grupo de alumnos es afortunado porque les tocó un
profesor que lee, que les transmite su entusiasmo, que no sigue una línea
rígida y hace refrescantes interrupciones para hablarles de sus libros
preferidos, de las lecturas que lo cautivan cada día. Afortunados porque no les
tocó un maestro que para desviar la atención de su desfachatez y carencia,
achaca el desinterés en la lectura a muchos otros motivos, sobre todo porque
los muchachos no aprendieron el hábito de sus padres. Están lejos de los
mentores que eran la esperanza para los hijos de campesinos pobres y
analfabetas. Hay en los grandes lectores mucho de inasible e inesperado. Se
hacen en condiciones adversas y muchos provienen de padres no lectores. Hay
como un influjo celestial. Como si fueran predestinados para vivir en un jardín.
Ya dependerá de cada quien qué frutos coman, qué siembren y qué cultiven. Pero
aparte de la inquietud personal; sí, también los padres, los amigos y la gente
que los rodea; pero los profesores no deben desviar la atención, y deben ser
ellos los principales focos de infección de la lectura, los propagadores del
vicio de leer. Hasta el nivel de preparatoria yo no tuve la fortuna de conocer
a un profesor que leyera, acaso el maestro de historia Gabriel López Sarabio,
que impartía su clase con pasión inusitada, y le llegué a ver en su escritorio
los tomos de Historia General de México
del Colegio de México. De ahí para el real no tuve noticia de otro que leyera
de modo desinteresado. Mi gusto por la lectura llegó de otros rumbos.
Es difícil que todos se dediquen a leer pero más de uno
recordará al profesor que habla de sus libros como un gran motivador, como la
persona que les señaló el camino. El mundo de oficios y actividades es tan
amplio como la porción de mundo que nos toca recorrer. El alumno sale a la
calle y se encuentra con gente que no lee. Gente que tiene a la lectura muy
lejos de sus afanes o simplemente no existe esa noción en su cabeza. Y de
verdad que no deja de ser gente muy inteligente, muy activa y trabajadora,
gente que produce, aunque sea para la subsistencia, gente que vive la vida sin
necesitar de un libro. Trabajar y producir le dan un brillo especial al hombre.
Los poetas de todos los tiempos han festejado la capacidad del hombre para
sobreponerse a cualquier adversidad. Mientras no aparece la muerte en su
horizonte encuentra soluciones para sus grandes problemas cotidianos, da con
salidas en los laberintos que lo detienen en su marcha, la luz que lo ofusca,
luego la domestica para alumbrar lo que antes era confuso e inaccesible. La
inteligencia, su capacidad, el mismo hombre son un misterio.
A diario vemos cómo las personas ejercitan su
inteligencia: hacen cuentas, reflexionan sobre una pérdida de un mal negocio,
profieren palabras y frases que desahogan y aclaran la mente, se concentran en
algo que se niega a salir, esfuerzan la memoria para capturar un dato, un
nombre que parece olvidado; escuchan con suma atención, refulgen en el momento
revelador… El alumno que escuchó con simpatía al profesor, y que nada más al salir
a la calle se ve en medio de la vorágine de la inteligencia de hombres que
nunca han leído un libro, y que hasta pueden ufanarse de no hacerlo nunca,
diciendo, muy orondos, que lo poco o mucho que saben lo han aprendido en la
universidad de la vida, puede caer en el desánimo y preguntarse: “¿Para qué
diantres sirve leer?”.
Cuando nos acercamos a una persona enfrascada a su
actividad cotidiana, de la cual produce y se mantiene, refulge el brillo del
sudor de su frente, que no parece una maldición, sino lo que lo distingue como
ser dominador de las especies. Habla, saca palabras vivas y frases hasta
memorables, todo en relación a su trabajo. No deja de sorprender, y si el
alumno despistado anda por ahí, no tiene otra que meter sus manos en los
bolsillos de su pantalón, erguirse, bajar la cabeza, echar la vista al suelo y
marcharse, apenas mascullando: “¿Para qué diantres sirve leer?”.
Los buscadores del asombro y lo maravilloso pueden detenerse
frente a un puesto de quesadillas en la calle, mirar de cerca, platicar con la
señora que las hace y las vende y embarcarse al puerto de la admiración. La
señora les platicará, y no es para menos, que se levanta a las cuatro de la
mañana, las pizcas secretas y el punto que debe alcanzar el amasado, lo
indiscutible de los ajos y cebolla para dar con el buen sazón, el espesor ideal
que deben alcanzar los guisados, la preparación de salsas que animen al frugal
y el comilón no deje de alabar, las que hubo de pasar para establecerse en esa
banqueta, de cómo se granjea a los inspectores de la autoridad y las dádivas
que les da… Durante la plática soltará frases esplendorosas dignas de
trasladarse a una crónica. Y después de su sabrosa charla, no debe admirar qué
grado de estudios tuvo, sino que en su vida ha abierto un libro. El alumno que
anda en busca de libros, esta vez se impacientará: “¡Para qué diantres sirve
leer!”.
Y así pasa con todos los trabajos y oficios: desde un
vendedor ambulante hasta un alto ejecutivo, pasando por comerciantes,
empleados, oficinistas, burócratas, obreros, campesinos, tablajeros, artesanos,
profesionales, especialistas y maestros de oficio. Pero si se hace una segunda
visita a la señora de las quesadillas ya no tendrá mucho de dónde echar mano,
ya el buscador de lo asombroso no se maravillará tanto, a menos que le platique
el caso de su vida. Toda vida puesta en palabras es cautivante. Con sus
triunfos, sus desgracias y vicisitudes. Y ya contado su testimonio existencial,
puede decaer en el chismorreo y el chiste. Ya no hay interés en ejercitar la
inteligencia, comprender la vida, vivir la vida de un modo más cabal. Yo he
conocido personas que cuando trabajaron y fueron productivas, refulgían de
inteligencia práctica para resolver sus problemas y sobreponerse a todo, luego,
por cuestiones biológicas o por la tristeza que trae la vida en las
postrimerías, se les apagó el brillo de sus frentes. Como los alcohólicos
abjurados, que mientras fueron partícipes de la parranda, sobre todo en la
euforia, motivaron conversaciones lubricadas; pero ya retirados, merodean coléricos
una soledad silenciosa. La lectura mantiene un fuego chisporroteante que va más
allá del brillo de la frente. La lectura es origen de una conversación incesante
que puede prolongar la vida o por lo menos vivirla más real, crítica y
felizmente; nos ayuda a despejar, agarrar vuelo y no como la señora de las
quesadillas que después de su sabrosa plática de la masa y el testimonio de su
vida, se quedó aleteando, incapaz de emprender el vuelo hacia el cielo azul. Si
el alumno da con estas razones, tal vez vuelva a reanimarse y encontrarle
sentido, volver a nacer con las palabras motivadoras de su profesor. ¿Cuántas
personas no se quedan a la mitad de lo que pretendía ser una buena
conversación? Personas que se les dio el don de la palabra como un jardín pero
que nunca lo cultivaron, tal vez nunca se dieron cuenta de lo que se les
entregó. Frases como “Algún día escribiré un libro”, “Si escribieras tu vida
sería un gran libro”, “Si hubieses querido serías un gran escritor”… esconden
entre líneas la falta de un encuentro feliz con los libros y la lectura.
El alumno, a pesar de todo, para salir de la confusión,
visita la biblioteca más cercana. Muchas de las bibliotecas de las ciudades de
nuestro país son tristes escenarios del desinterés y la incuria, sin embargo,
una que contenga unas decenas de libros clásicos, de autores antiguos y
contemporáneos, de literatura mexicana, (y como terracalenteño, también unos
libros de mi región); no deja de ser una opción esperanzadora. Sin presión de
nadie, sin intermediarios, el alumno se da cuenta que el comercio con los
libros no es tan difícil como se suele pensar. Entabla un diálogo duradero, un
diálogo que irá subiendo de nivel, por su mera iniciativa y curiosidad. Será un
continuador de la conversación de los autores que le interesen y, como su
preceptor, llegará a contagiar y animar a leer, si es que tiene valor de hablar
de cosas que casi nadie habla y que casi a nadie le interesa. Pero que no están
muy alejadas de la realidad. Esos libros fueron escritos por inquietudes sobre
la vida, como por una urgencia para subir el nivel de la conversación y
prolongarla hasta el fin de los tiempos.
El libro más recomendado y que se tiene a la mano es La Biblia, aunque luego no se lee por
satisfacción porque los guías religiosos coartan la libertad creativa del lector.
“Hay que saberla interpretar”, les dicen. Y de ahí surgen supersticiones
temibles, “si no entiendes, todas las palabras se te volverán”, como si fuera
una andanada que confunde el pensamiento. El mismo acto de leer (estudiar,
estar pegado a los libros), representa para mucha gente el peligro de quedar
loco, de que “se sequen los sesos”. Podríamos decir que esto es inspirado en el
personaje más glorioso de la literatura: el Quijote. En mi barrio y círculo
familiar se señalaban a dos personas que supuestamente quedaron locas de tanto
estudiar. Una mujer que por ahí anda seguida de perros callejeros, y un hombre
que no paraba de caminar en todo día, habían sido jóvenes, a decir de la
anécdota, “buenos para el estudio” pero que por esto quedaron locos. La
moraleja es simple: hay que leer pero no tanto.
Si por un lado, las personas muestran desinterés por la
lectura, por el otro tienen una especie de respeto hacia los libros, sienten
que están frente a un misterio, la sabiduría, la verdad. De aquí mismo se
podría explicar las supersticiones que rodean el acto de leer. Yo, como lector,
encontré a mi antepasado consanguíneo más remoto: el ventero analfabeta de El Quijote (I, xxxii), que guardaba
algunos libros de caballerías, los que le secaron los sesos a Alonso Quijano, y
que cuando alguien los leía escuchaba las historias maravillado “me han dado la
vida” decía seguro de que todo aquello había sido verdad. Cuando le dijeron que
aquello era pura fantasía, “disparates y devaneos”, se movió a enojo, como el
Quijote. En una nota de la edición de la Asociación de Academias de la Lengua Española
(2004), explican la actitud del ventero: “En las culturas con alfabetización
insuficiente (…) la escritura conlleva un plus de veracidad”. Como fuere, los
libros tienen prestigio en cuanto objetos manuales, por eso luego escuchamos a
padres que en ratos de enojo, para reconvenir a sus hijos; o enfadados de que
estén pegados a una pantalla, luego dicen: “Ponte a estudiar (leer) un libro”.
Las estadísticas sobre la lectura en nuestro país son
apabullantes: los mexicanos casi no leen. José Emilio Pacheco, recientemente
fallecido, desconfiaba de estos números y no desaprovechaba oportunidad para referirse
a hechos que las encuestas dejan de lado: los lectores poco visibles, la
actividad y préstamos de las bibliotecas públicas, los libros que se prestan y
pasan de mano en mano, los juegos de copias que se sacan a diario y que llegan
a más de una persona. La idea de Pacheco destila a la vez una apuesta de todo
y una íntima alegría por el mundo de los libros. Otro escritor, Gabriel Zaid,
va más allá de la generalidad de que los mexicanos casi no leen, y apunta algo
que corroe: los universitarios casi no leen. Ocupados en obtener credenciales y
acreditar sus currículos (indispensables para quien sueñe en entrar y trepar en
las burocracias gubernamental y universitaria), no tienen tiempo de leer. La
crítica de Zaid se afila más con los que se aferran en publicar sin siquiera
releerse y cuyos títulos solo se leerán en sus currículos. La crítica de Zaid
no deriva de la amargura de un humanista misántropo, sino de la esperanza, y junto con Pacheco, confluyen en la idea de que si todavía se producen y circulan libros de
calidad, inspirados en la tradición clásica, es porque todavía hay lectores de
verdad.
Por eso tenemos un presidente de la República que en la
presentación de su libro se desplomó cuando le preguntaron qué libros había
leído y dejó claro que no lee, o que lo hace como ejecutivo, no personalmente.
¿Y cuántos presidentes municipales, diputados de las cámaras locales,
gobernadores, diputados federales, senadores están en las mismas? La lectura
nos hace más conscientes de la realidad, nos hace verla con otros ojos, nos
hace más humanos; si nuestra clase gobernante no lee, tal vez en parte de ahí
venga la ignorancia, la ignominia y la indecencia con que nos gobiernan.
Desde este punto de vista descreo en un estado conspiratorio
en contra de la lectura. Nadie puede conspirar contra algo que ignora. Zaid nos
dice que antes de la llegada de los tecnócratas al poder, había gobernantes,
con no muy altos grados académicos, pero que leían y por lo tanto creían en un
mundo mejor a partir de los libros. Los de ahora cuentan con doctorados, pero
no leen y sueñan con el ascenso, con trepar en los escalones de las
burocracias. El enemigo principal de la lectura es el desinterés. El cambio no
nos llegará de arriba, hay que retomar la lectura, el diálogo con nuestros
clásicos. Hay que aprovechar que somos enanos —como decía Bernardo de Chartres
en la edad media, y que Zaid lo cita casi religiosamente—, sobre hombros de
gigantes, y por lo tanto podemos ver más y más lejos.~
1 de marzo de 2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


