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marzo 29, 2018

De electrónico a libro de papel





No me quedaré a hablar de un solo libro. No abusaré de la autopromoción. Yo daba por cosa del pasado mi libro El muerto que nos llegó de Estados Unidos. Hice lo que tenía que hacer: lo auto publiqué en la Internet, lo difundí apenas a mi alcance. Tuvo sus lectores, pocos, como es de esperarse; pero eso no importa porque el escritor tiene mucho que leer y poco tiempo para escribir lo que tiene que decir. Este libro, electrónico y todo, representa algo especial para mí porque fue mi primera publicación formal. A parte de mis textos que empecé a publicar en mi blog desde enero de 2014. Antes de eso yo era un escritor con cuatro manuscritos a cuestas. Y cualquiera que ha cargado con un manuscrito varios años sabe de la carga, de las vueltas, de la esperanza y la duda , de la inquietud, de ese ir y venir de la vanidad, de ese ¿qué hago con este mamotreto? Dos sucesos coincidieron para que yo eliminará engargolados y archivos de mis cuatro manuscritos que aún recuerdo sus títulos con cierta ternura: Las flores de San Nicolás; El amigo, el diablo; Los herederos y Recuerdos del alma. Los dos sucesos fueron la creciente del río Balsas en 2013 y mi lectura de Dinero para la Cultura de Gabriel Zaid ese mismo año. Los manuscritos se fueron en la serpiente devoradora de la corriente y los textos de Zaid fueron muy inspiradores y motivantes para empezar a publicar mis textos en mi blog.

octubre 01, 2016

Premios y estímulos para escritores



Hoy como nunca la gente necesita fingir que lee… porque lamentablemente hay profesiones donde se necesita aparentar ser lector.




“Hoy la literatura tiene pocos defensores”, dijo recientemente la poeta Ida Vitale (Montevideo, 1923). No es novedad decir que la literatura es de una minoría, y, tal vez como nunca, de una raquítica minoría. Grupos que secularmente eran lectores, y que cualquiera pensaba que con la facilidad de edición y circulación de libros, más aún con la llegada de la Internet, crecerían y se extenderían, han disminuido su fuerza e influencia para dar paso a la incultura y al desprecio a la lectura. Estos grupos se han replegado a la academia y la especialización. Y los entes de la cultura libre andan por ahí, desperdigados, a merced de la marginación y el resentimiento.

junio 27, 2016

Recuento


No recuerdo bien a qué edad pero la idea vaga de ser escritor la tuve durante mi infancia. Oía las pláticas de mis mayores e intuía que eso algún día y de algún modo yo lo platicaría. Durante la primaria fui un alumno reprobadísimo, hasta una mala maestra me retrasó un grado porque le caí mal. Mala porque fue un capricho y lo hizo de modo arbitrario. No hubo tutor que respondiera por mí. Cuando terminé la primaria, mi madre, preocupada de que yo me echara a perder, me advirtió que nomás reprobaba una materia y me sacaba para ponerme a trabajar en los trabajos más penosos y pesados. Durante la adolescencia, he dicho que a los doce pero en realidad debió haber sido a los quince, leí El llano en llamas. Libro por el que empecé a leer y que me ayudó a aterrizar la idea vaga de contar: yo también escribiría un libro de lo que había oído de los campesinos. Pero no estoy seguro si fue esta lectura o un milagro del Niño Dios, a quien le pedí orientado por la hermana Blanca, una vecina devota y amiga de mi abuela inteligencia para mis estudios, lo que me volvió un estudiante aplicado. Terminé mi secundaria con 9.7 y la preparatoria con 9.9.

junio 02, 2016

El Vecino y el literato


El Vecino tiene una pasión: los gallos de pelea; el literato, la suya: leer y, cuando las intuiciones llegan, cuando los trazos de los relatos se definen, cuando las palabras lo acorralan, escribir. El Vecino, que el día lo reparte en ocupaciones apremiantes, guarda sus mejores horas para sus gallos. Tiene su gallera en el patio: una larga alambrada pegada a la barda de su patio dividida en cubiles donde cada gallo, pura sangre, de prosapia valiente, cantan en la madrugada y lucen su estampa durante el día. Con prurito el Vecino les da alimento vitaminado, les cambia el agua, recubre el suelo de las jaulas de tierra blanda, tierra de bajial. Vigila que los gallos no se acongojen y ni se sobresalten. El Vecino, al pasar cerca de la alambrada, se siente orgulloso de sus animalitos.

noviembre 13, 2015

Dos anécdotas de desprecio a la lectura y una lamentación



Hace algún tiempo, en la avenida principal de mi ciudad, mientras caminaba o esperaba a alguien, me interceptaron tres jóvenes: el mayor de ellos no pasaba los 23, y el menor era un muchachillo de 13; bien vestiditos, con portafolios cada uno, y uno de ellos bien entrenado para hablar de sus cosas. Eran Testigos de Jehová. Yo, que en otras ocasiones les recibo sus revistas y folletos, y aunque leyendo de soslayo, me doy cuenta de sus afanes contradictorios, sus trampas verbales, sus enmarañadas buenas intenciones, en esa ocasión no dejé ni siquiera que el mediano de los muchachos me abordara con sus preguntas recurrentes del cataclismo final. “A unas cuadras de aquí –les dije, ya algo iracundo- está la biblioteca municipal. ¡Vayan a leer ahí la Biblia, pero también a los Clásicos; vayan a liberarse y a conocerse a ustedes mismo! (que es el punto de libertad más estimado a donde puede llevar la literatura, esto no se los dije)”. El mayor de ellos, tranquilo, hábil, queriendo dominar la situación con una sonrisa de oreja a oreja (quien sabe si fingida, pero sí algo burlona), me dijo: “Lo hacemos, caballero; dígame ¿de qué tema quiere que hablemos?” El diablo también nos hace hablar educadamente y con buenas intenciones. Si el diablo está en contra de algo después de Dios es contra el arte.

octubre 31, 2014

Retrato del Diablo




A Miguel Mani, que ya es maestro.

El Diablo al mostrarnos el camino del mal nos indica cuál es el camino del bien de que nos hemos separado.
Manuel Payno. El fistol del Diablo, v, iv.

Aunque puede presentarse como una mujer que con la boca borneada entrega a un hombre una olla de monedas de oro o como un niño que en nítido sueño susurra qué camino tomar (como profundo conocedor de las pasiones humanas se las juega audazmente con sus artimañas para que el hombre encuentre a su paso intrigas, sinsabores y desgracias), su apariencia más recurrente es la del hombre de media vida, de cuarenta y pico años.

En los magníficos salones viste elegante pero con sobriedad; entre el populacho, siempre se le encuentra de aspecto distinguido.

Su rostro afable, luego agudo; su mirada perspicaz, luego siniestra; su sonrisa ladina, luego maliciosa; su tez pálida, luego encendida al tramar asechanzas; su compostura fuerte, sus brazos nervudos y vellosos; hacen pasar inadvertido el destino legendario de sus pies. Viéndole su calzado que termina casi en punta da la impresión que está a punto de hundirse en un remolineo de tornillo al abismo último de la tierra.

No pasa de la sonrisa maliciosa. La carcajada acentúa mal en un caído. Es uno de los infundios que le han hecho. No hay en él regodeo por la desgracia. Después de tender la trampa con sus hilos acechantes, acaso al principio de la caída, desaparece al instante. De por sí caído, no puede regodearse en el lodo del abismo del cual quisiera desprenderse.

Una arma del diablo es la noche y más precisamente el sueño de los mortales. La primera arma es su libertad para andar por la tierra y merodear a los hombres. La noche le recuerda el abismo de donde viene. De ahí que la media noche esté teñida de historias de la malahora. Aunque una vecina mía me contó de niño que el diablo se le apareció en un mediodía pobre, y que se ofrecía, sin compromiso, a ayudarle para que le diera de comer a sus cinco hijas hambrientas. La mujer rechazó el ofrecimiento, y el diablo, que por ese tiempo montaba a caballo, desapareció dejando una nube de polvo.

Durante el sueño los hombres se encuentran inermes. Ahí se encuentra el reposo y la inspiración. Pero ahí suele llegar el diablo a sus cabeceras y como un excelente malabarista de los sentimientos humanos, como un rifero que se sienta a la mesa para leer el futuro, hace mil sugestiones: son las pesadillas y los sueños siniestros. La serpiente que perdió a Eva antes fue víctima porque el demonio se le introdujo en forma de negro vapor mientras dormitaba (Milton. El Paraíso perdido, ix).

Viajante todos los siglos no debe sorprender que decida pasar largas temporadas en un solo lugar. Ya establecido entre los hombres, toma café hirviente, fuma porque el humo le va bien a su personalidad sombría. No desprecia los licores y cerveza de nuestros tiempos, pero son suyas las cavas originarias del vino puro y espumoso: chorro de sangre de toro prieto que calma la sed y atempera los humores. Es un excelente conversador que destantea con sus planteamientos falaces, escandaliza con personajes egoístas e irracionales, y, finalmente, sus historias descarnadas marchitan la flor, ahuyentan despavorido al colibrí y atribulan al espíritu más templado.

Orgulloso de que sabe muchos secretos del mundo, no lee, y cuando lo hace, es de modo conciso, como quien busca un dato, como quien busca el cabo suelto en un manual de técnica.

No lee literatura culta y ve con desprecio al amor. Mentiras y desvaríos diría de lo uno y de lo otro. Para él mientras menos se hable de estos temas es mejor. El poco interés por el arte y el descalabro cotidiano del amor, lo hacen fuerte, se siente amo de los hombres. Pero he aquí su punto débil. Quien explora en la poesía (por mencionar una veta del arte) sin otro propósito que encontrar los veneros de las pasiones humanas terminará por saber y comprender al ser humano. El Diablo, que siente que este conocimiento nada más a él le pertenece, se pone celoso y no le hace mucha gracia. Un filósofo de nuestro tiempo ha dicho que Luzbel es el santo patrono de los artistas. No es que sea un protector, sino que el hombre es libre, como el ángel caído, y el hombre en su corta existencia puede aventurarse a la no fácil empresa de comprender un poco el indescifrable corazón humano, y a partir de ahí compartir esa experiencia íntima por medio del arte.

En cuanto al amor, es el sentimiento sublime por excelencia, el tiempo y el espacio donde el hombre rompe las cadenas que lo atan, vuela los candados de las puertas que lo encierran y sale a reconocerse libre. Hay en el hombre que concreta el amor algo celestial y ahí el Diablo no puede estar, no tiene nada qué hacer. Aprovechará la mengua para volver y renovarse en sus fuerzas.

Hay tiempos en que el Diablo aparece radiante repartiendo su oro como si se tratara de granos de maíz, granos de ilusorio brillo y valor; sin embargo, los hombres, jubilosos, como primer día de feria, discretos pero ávidos extienden la palma de su mano para recibir su parte. El diablo reparte su oro cuando el gobernante esquilma a su pueblo, cuando un líder religioso se extravía de su discurso teológico por la riqueza y su dominio, cuando la guerra brota, cuando el hombre desvela su inteligencia para destruirse a sí mismo y a la naturaleza, cuando el hombre deja de seguir su estrella y se anquilosa, cuando prende el celo y la desconfianza, cuando se enciende la ira y la venganza, cuando arde la saña y los excesos de la carne, cuando humea la ingratitud y el orgullo.

Hábil bailarín, consumado músico: sobre todo de música tocada en violín y piano. Toca las notas más dulces, las más melancólicas y las más terribles. Quien ha tratado de tocar como él se ha fatigado en balde. Para el registro de las notas escritas en la pauta, los dedos se acalambran, la vista se cansa y la memoria se retarda. Ufano diría que quien quiera tocar aun alguna de sus cancioncillas, así el ejecutante más diestro, tendría que practicar de cuatro a cinco años. Como bailarín, cuando estuvo de visita en Tierra Caliente varias mujeres de la vida alegre, que quedaron muy contentas por las monedas que les dejó, quedaron con el cuerpo ahuatado y la picazón les tardó semanas.

No está tan ocupado como puede suponerse, porque en realidad no necesita de mucho para que los hombres se desenvuelvan bajo su dominio. No puede variar el curso de la vida. No sabe el destino de los hombres pero la carga de tantas generaciones lo hace un fatídico especulador de almas que pareciera que difícilmente escaparán de sus garras.

Para ocupar su tiempo libre se dedica al comercio. Los productos y los lugares son tan diversos como el mundo. Hace 168 años llegaba a Orleáns en un buque para recoger un cargamento de algodón que le daría una ganancia de 80 mil pesos. Hace 94 años fletaba un hatajo de mulas en la costa de Guerrero para transportar cargas de café a la Ciudad de México. Tal vez en este recorrido pasó por Tierra Caliente y aquí se quedó un buen rato con nosotros entretenido por el material humano (acababa de pasar el grito siniestro de guerra “¿Quién vive?”, pero todavía los hombres se mataban por honor y pleitos rancios, por lo demás gente rústica pero hospitalaria), pero también se quedó por los sones y gustos tocados en violín, uno de sus instrumentos favoritos.

Al diablo le gusta aparentar ser amigo de los hombres, y aun, que le digan con toda franqueza “amigo”, no tanto porque se envanezca de que se le busque para tratos y favores, sino, como criatura del mismo numen que hizo al hombre, guarda una íntima esperanza de salvarse junto con este. ̴


Octubre 31 2014

mayo 31, 2014

Enseñanza y suerte de García Márquez

Gabriel García Márquez (1927- 2014), con Cien años de soledad, nos ha dejado un temblor de tierra, una sacudida que hace acordarnos de los veneros que insuflaron nuestras venas, nos hace ver marchar el incontenible torrente sanguíneo y sus pasiones, nos hace ver los personajes y la tragedia de nuestra historia: la vida de los pueblos latinoamericanos.
La obra que lo dio a conocer y que le dio el éxito (palabra que se usa poco, y aun se rehúye, y cuando se utiliza en las páginas de la literatura inspirada en la tradición de los clásicos no deja de causar suspicacias), se publicó en 1967. No bien empezó a circular la primera edición cuando en el mundo de las letras se sintió una tempestad proveniente del caribe colombiano, tempestad que culminó quince años después cuando le entregaron el premio nobel de literatura. La tempestad arrojó un García Márquez rico y famoso, y, aunque trataba de despistar y aparentar lo contrario, con desplante altivo de poeta que se sabe consagrado e insuperable. También muy cercano y amigo de los poderosos, como si por haber tratado en su obra la soledad y destino de los hombres del poder, los hubiese invocado y estos no se resistieran a recurrir a él como a un oráculo para poder conducir las riendas de sus dominios.
Como un gran escritor ‒Jorge Volpi dice que Cien años de soledad y Borges es lo que perdurará de la literatura del español en América; yo digo que también otros titanes, ahorita mismo digo que Juan Rulfo‒, nos ha dejado una enseñanza fundamental: lealtad a la vocación.
Se sabe que García Márquez tenía la edad de diecisiete años cuando le llegó la intuición de escribir una obra a partir del mundo que le tocó descubrir en su infancia que vivió al lado de sus abuelos maternos: pensamiento y vida cotidiana del caribe. Gran lector, se hizo escritor. Publicó sus primeros libros pero no podía escribir la obra que traía entre sueños. Se sentía en un callejón sin salida. Tendría que leer a Rulfo para que sus intuiciones alcanzaran el aliento vital, la fuerza creadora que lo puso a escribir de modo impostergable.
Hubieron de pasar veintidós años para que se le revelara el tono y la obra se le presentara completa, tocara su puerta y le dijera: “Aquí estoy, escríbeme”.
¿Qué pasaron en esos veintidós años? Muchas cosas en la vida bullanguera y jacarandosa del escritor, pero en esencia puede decirse: leer y escribir (recomendaba a los aspirantes a escritor escribir mínimo una página diario), sin perder las intuiciones del mundo que quería escribir, reacomodando a fuerza de la lectura de los clásicos los personajes sísmicos que darían vida a Cien años de soledad.
Hasta aquí la enseñanza de García Márquez. Ahora hablaré de la suerte que tuvo: encontrarse una esposa que creyó en él, y para esto no concibo otra fuente que el amor y la fe en el hombre. García Márquez fue un hombre dichoso porque contó con el amor de la mujer que estuvo a su lado. Así lo dejó ver él mismo en muchas líneas de su obra. Se cuenta ‒ahora parece una fabulación que se confunde con algún pasaje de su obra‒, que Mercedes Barcha se las ingenió para no desanimar a su esposo. Cuando este se encerró para escribir el libro que les cambiaría la vida (¿habrán pensado que les cambiaría la vida? ¡Tan indiferente que le es el dinero a la literatura! Cuantos grandes poetas y prosistas han muerto en la pobreza), ella soportó con estoicismo los días flacos. Sufrió el designio de que su esposo sería un escritor de los grandes.
Emmanuel Carballo (1929-2014) en su libro: Protagonistas de la literatura mexicana (2005), en el capítulo dedicado a Alfonso Reyes (1889-1959) cita los atributos indispensables que, según el mismo Reyes, debe tener la esposa del poeta: cancelar “las preocupaciones extrañas, a acallar los ruidos parásitos, a evitar las materialidades enojosas, a respetar y hacer respetar su sueño de ojos abiertos y a llevarle el genio sin que se note demasiado”. Si la mujer los cumple, dice Alfonso Reyes, “merecerá el agradecimiento de la posteridad”. Mercedes Barcha cumplió esos atributos, por lo tanto, merece nuestro agradecimiento.ᴥ

marzo 01, 2014

Gente que no lee



Un profesor habla de la importancia de la lectura frente a un grupo de alumnos. Es un profesor que lee de verdad, por gusto, y no lo dice por mera repetición de la propaganda educativa. La lectura es el medio por excelencia —les dice—, para llegar al conocimiento y apropiarse del saber. La observación y la experimentación llegan al punto que necesitan de la lectura crítica. Aclarando que la palabra escrita y la imagen pueden desembocar en lenguajes distintos, arremete contra la segunda y dice que esta no subyuga a la primera. Que es un sofisma aquello de que una imagen dice más que mil palabras. Anima a los despistados. La lectura requiere un poco de esfuerzo mental para descifrar las frases, los párrafos, el texto. En modo alguno la imagen ha sustituido a la palabra, aunque en estos tiempos de facilísimas imágenes así lo parezca. Hay una conexión instantánea con la imagen, lo que no ocurre con un conjunto de palabras, que requieren atención para captar lo que nos quieren comunicar. Por eso es más fácil ver una película complicada que leer un texto sencillo. La imagen que no está cifrada en un discurso artístico desmerece de nuestra atención. Lo que vemos en la pantalla en media hora, lo podemos leer en solo cinco minutos.

El grupo de alumnos es afortunado porque les tocó un profesor que lee, que les transmite su entusiasmo, que no sigue una línea rígida y hace refrescantes interrupciones para hablarles de sus libros preferidos, de las lecturas que lo cautivan cada día. Afortunados porque no les tocó un maestro que para desviar la atención de su desfachatez y carencia, achaca el desinterés en la lectura a muchos otros motivos, sobre todo porque los muchachos no aprendieron el hábito de sus padres. Están lejos de los mentores que eran la esperanza para los hijos de campesinos pobres y analfabetas. Hay en los grandes lectores mucho de inasible e inesperado. Se hacen en condiciones adversas y muchos provienen de padres no lectores. Hay como un influjo celestial. Como si fueran predestinados para vivir en un jardín. Ya dependerá de cada quien qué frutos coman, qué siembren y qué cultiven. Pero aparte de la inquietud personal; sí, también los padres, los amigos y la gente que los rodea; pero los profesores no deben desviar la atención, y deben ser ellos los principales focos de infección de la lectura, los propagadores del vicio de leer. Hasta el nivel de preparatoria yo no tuve la fortuna de conocer a un profesor que leyera, acaso el maestro de historia Gabriel López Sarabio, que impartía su clase con pasión inusitada, y le llegué a ver en su escritorio los tomos de Historia General de México del Colegio de México. De ahí para el real no tuve noticia de otro que leyera de modo desinteresado. Mi gusto por la lectura llegó de otros rumbos.

Es difícil que todos se dediquen a leer pero más de uno recordará al profesor que habla de sus libros como un gran motivador, como la persona que les señaló el camino. El mundo de oficios y actividades es tan amplio como la porción de mundo que nos toca recorrer. El alumno sale a la calle y se encuentra con gente que no lee. Gente que tiene a la lectura muy lejos de sus afanes o simplemente no existe esa noción en su cabeza. Y de verdad que no deja de ser gente muy inteligente, muy activa y trabajadora, gente que produce, aunque sea para la subsistencia, gente que vive la vida sin necesitar de un libro. Trabajar y producir le dan un brillo especial al hombre. Los poetas de todos los tiempos han festejado la capacidad del hombre para sobreponerse a cualquier adversidad. Mientras no aparece la muerte en su horizonte encuentra soluciones para sus grandes problemas cotidianos, da con salidas en los laberintos que lo detienen en su marcha, la luz que lo ofusca, luego la domestica para alumbrar lo que antes era confuso e inaccesible. La inteligencia, su capacidad, el mismo hombre son un misterio.

A diario vemos cómo las personas ejercitan su inteligencia: hacen cuentas, reflexionan sobre una pérdida de un mal negocio, profieren palabras y frases que desahogan y aclaran la mente, se concentran en algo que se niega a salir, esfuerzan la memoria para capturar un dato, un nombre que parece olvidado; escuchan con suma atención, refulgen en el momento revelador… El alumno que escuchó con simpatía al profesor, y que nada más al salir a la calle se ve en medio de la vorágine de la inteligencia de hombres que nunca han leído un libro, y que hasta pueden ufanarse de no hacerlo nunca, diciendo, muy orondos, que lo poco o mucho que saben lo han aprendido en la universidad de la vida, puede caer en el desánimo y preguntarse: “¿Para qué diantres sirve leer?”.

Cuando nos acercamos a una persona enfrascada a su actividad cotidiana, de la cual produce y se mantiene, refulge el brillo del sudor de su frente, que no parece una maldición, sino lo que lo distingue como ser dominador de las especies. Habla, saca palabras vivas y frases hasta memorables, todo en relación a su trabajo. No deja de sorprender, y si el alumno despistado anda por ahí, no tiene otra que meter sus manos en los bolsillos de su pantalón, erguirse, bajar la cabeza, echar la vista al suelo y marcharse, apenas mascullando: “¿Para qué diantres sirve leer?”.

Los buscadores del asombro y lo maravilloso pueden detenerse frente a un puesto de quesadillas en la calle, mirar de cerca, platicar con la señora que las hace y las vende y embarcarse al puerto de la admiración. La señora les platicará, y no es para menos, que se levanta a las cuatro de la mañana, las pizcas secretas y el punto que debe alcanzar el amasado, lo indiscutible de los ajos y cebolla para dar con el buen sazón, el espesor ideal que deben alcanzar los guisados, la preparación de salsas que animen al frugal y el comilón no deje de alabar, las que hubo de pasar para establecerse en esa banqueta, de cómo se granjea a los inspectores de la autoridad y las dádivas que les da… Durante la plática soltará frases esplendorosas dignas de trasladarse a una crónica. Y después de su sabrosa charla, no debe admirar qué grado de estudios tuvo, sino que en su vida ha abierto un libro. El alumno que anda en busca de libros, esta vez se impacientará: “¡Para qué diantres sirve leer!”.

Y así pasa con todos los trabajos y oficios: desde un vendedor ambulante hasta un alto ejecutivo, pasando por comerciantes, empleados, oficinistas, burócratas, obreros, campesinos, tablajeros, artesanos, profesionales, especialistas y maestros de oficio. Pero si se hace una segunda visita a la señora de las quesadillas ya no tendrá mucho de dónde echar mano, ya el buscador de lo asombroso no se maravillará tanto, a menos que le platique el caso de su vida. Toda vida puesta en palabras es cautivante. Con sus triunfos, sus desgracias y vicisitudes. Y ya contado su testimonio existencial, puede decaer en el chismorreo y el chiste. Ya no hay interés en ejercitar la inteligencia, comprender la vida, vivir la vida de un modo más cabal. Yo he conocido personas que cuando trabajaron y fueron productivas, refulgían de inteligencia práctica para resolver sus problemas y sobreponerse a todo, luego, por cuestiones biológicas o por la tristeza que trae la vida en las postrimerías, se les apagó el brillo de sus frentes. Como los alcohólicos abjurados, que mientras fueron partícipes de la parranda, sobre todo en la euforia, motivaron conversaciones lubricadas; pero ya retirados, merodean coléricos una soledad silenciosa. La lectura mantiene un fuego chisporroteante que va más allá del brillo de la frente. La lectura es origen de una conversación incesante que puede prolongar la vida o por lo menos vivirla más real, crítica y felizmente; nos ayuda a despejar, agarrar vuelo y no como la señora de las quesadillas que después de su sabrosa plática de la masa y el testimonio de su vida, se quedó aleteando, incapaz de emprender el vuelo hacia el cielo azul. Si el alumno da con estas razones, tal vez vuelva a reanimarse y encontrarle sentido, volver a nacer con las palabras motivadoras de su profesor. ¿Cuántas personas no se quedan a la mitad de lo que pretendía ser una buena conversación? Personas que se les dio el don de la palabra como un jardín pero que nunca lo cultivaron, tal vez nunca se dieron cuenta de lo que se les entregó. Frases como “Algún día escribiré un libro”, “Si escribieras tu vida sería un gran libro”, “Si hubieses querido serías un gran escritor”… esconden entre líneas la falta de un encuentro feliz con los libros y la lectura.

El alumno, a pesar de todo, para salir de la confusión, visita la biblioteca más cercana. Muchas de las bibliotecas de las ciudades de nuestro país son tristes escenarios del desinterés y la incuria, sin embargo, una que contenga unas decenas de libros clásicos, de autores antiguos y contemporáneos, de literatura mexicana, (y como terracalenteño, también unos libros de mi región); no deja de ser una opción esperanzadora. Sin presión de nadie, sin intermediarios, el alumno se da cuenta que el comercio con los libros no es tan difícil como se suele pensar. Entabla un diálogo duradero, un diálogo que irá subiendo de nivel, por su mera iniciativa y curiosidad. Será un continuador de la conversación de los autores que le interesen y, como su preceptor, llegará a contagiar y animar a leer, si es que tiene valor de hablar de cosas que casi nadie habla y que casi a nadie le interesa. Pero que no están muy alejadas de la realidad. Esos libros fueron escritos por inquietudes sobre la vida, como por una urgencia para subir el nivel de la conversación y prolongarla hasta el fin de los tiempos.   

El libro más recomendado y que se tiene a la mano es La Biblia, aunque luego no se lee por satisfacción porque los guías religiosos coartan la libertad creativa del lector. “Hay que saberla interpretar”, les dicen. Y de ahí surgen supersticiones temibles, “si no entiendes, todas las palabras se te volverán”, como si fuera una andanada que confunde el pensamiento. El mismo acto de leer (estudiar, estar pegado a los libros), representa para mucha gente el peligro de quedar loco, de que “se sequen los sesos”. Podríamos decir que esto es inspirado en el personaje más glorioso de la literatura: el Quijote. En mi barrio y círculo familiar se señalaban a dos personas que supuestamente quedaron locas de tanto estudiar. Una mujer que por ahí anda seguida de perros callejeros, y un hombre que no paraba de caminar en todo día, habían sido jóvenes, a decir de la anécdota, “buenos para el estudio” pero que por esto quedaron locos. La moraleja es simple: hay que leer pero no tanto.

Si por un lado, las personas muestran desinterés por la lectura, por el otro tienen una especie de respeto hacia los libros, sienten que están frente a un misterio, la sabiduría, la verdad. De aquí mismo se podría explicar las supersticiones que rodean el acto de leer. Yo, como lector, encontré a mi antepasado consanguíneo más remoto: el ventero analfabeta de El Quijote (I, xxxii), que guardaba algunos libros de caballerías, los que le secaron los sesos a Alonso Quijano, y que cuando alguien los leía escuchaba las historias maravillado “me han dado la vida” decía seguro de que todo aquello había sido verdad. Cuando le dijeron que aquello era pura fantasía, “disparates y devaneos”, se movió a enojo, como el Quijote. En una nota de la edición de la Asociación de Academias de la Lengua Española (2004), explican la actitud del ventero: “En las culturas con alfabetización insuficiente (…) la escritura conlleva un plus de veracidad”. Como fuere, los libros tienen prestigio en cuanto objetos manuales, por eso luego escuchamos a padres que en ratos de enojo, para reconvenir a sus hijos; o enfadados de que estén pegados a una pantalla, luego dicen: “Ponte a estudiar (leer) un libro”.

Las estadísticas sobre la lectura en nuestro país son apabullantes: los mexicanos casi no leen. José Emilio Pacheco, recientemente fallecido, desconfiaba de estos números y no desaprovechaba oportunidad para referirse a hechos que las encuestas dejan de lado: los lectores poco visibles, la actividad y préstamos de las bibliotecas públicas, los libros que se prestan y pasan de mano en mano, los juegos de copias que se sacan a diario y que llegan a más de una persona. La idea de Pacheco destila a la vez una apuesta de todo y una íntima alegría por el mundo de los libros. Otro escritor, Gabriel Zaid, va más allá de la generalidad de que los mexicanos casi no leen, y apunta algo que corroe: los universitarios casi no leen. Ocupados en obtener credenciales y acreditar sus currículos (indispensables para quien sueñe en entrar y trepar en las burocracias gubernamental y universitaria), no tienen tiempo de leer. La crítica de Zaid se afila más con los que se aferran en publicar sin siquiera releerse y cuyos títulos solo se leerán en sus currículos. La crítica de Zaid no deriva de la amargura de un humanista misántropo, sino de la esperanza, y junto con Pacheco, confluyen en la idea de que si todavía se producen y circulan libros de calidad, inspirados en la tradición clásica, es porque todavía hay lectores de verdad.

Por eso tenemos un presidente de la República que en la presentación de su libro se desplomó cuando le preguntaron qué libros había leído y dejó claro que no lee, o que lo hace como ejecutivo, no personalmente. ¿Y cuántos presidentes municipales, diputados de las cámaras locales, gobernadores, diputados federales, senadores están en las mismas? La lectura nos hace más conscientes de la realidad, nos hace verla con otros ojos, nos hace más humanos; si nuestra clase gobernante no lee, tal vez en parte de ahí venga la ignorancia, la ignominia y la indecencia con que nos gobiernan.

Desde este punto de vista descreo en un estado conspiratorio en contra de la lectura. Nadie puede conspirar contra algo que ignora. Zaid nos dice que antes de la llegada de los tecnócratas al poder, había gobernantes, con no muy altos grados académicos, pero que leían y por lo tanto creían en un mundo mejor a partir de los libros. Los de ahora cuentan con doctorados, pero no leen y sueñan con el ascenso, con trepar en los escalones de las burocracias. El enemigo principal de la lectura es el desinterés. El cambio no nos llegará de arriba, hay que retomar la lectura, el diálogo con nuestros clásicos. Hay que aprovechar que somos enanos —como decía Bernardo de Chartres en la edad media, y que Zaid lo cita casi religiosamente—, sobre hombros de gigantes, y por lo tanto podemos ver más y más lejos.~



1 de marzo de 2014