abril 30, 2014
Un patrón invicto
abril 03, 2014
Un viaje a la Ciudad de México
El lunes de la tercera semana de enero, buscando novedades en mi cuenta de Twitter, me encontré con un artículo que
Enrique Krauze había escrito por los ochenta años de Gabriel Zaid. El artículo
se había publicado un día antes en el diario Reforma, y al final del texto, se
reproducía la invitación al público en general a una mesa redonda en el Colegio
Nacional, el 24 de enero, “Lectores de Gabriel Zaid”.
Meses antes, en el mismo Twitter, Krauze me descubría una veta de inspiración y fortaleza,
que me encauzaba a la alegría por la lectura y los libros, que me situaba y me
hacía asirme con resolución en el campo de la cultura libre. Esa veta fue
Gabriel Zaid. Nunca olvidaré la mañana en que leí la reseña que Krauze hizo
para el libro Dinero para la cultura.
Deleitado, muy animado por el artículo “Instituciones de la cultura libre”, me
puse a leer todos los artículos y ensayos de Zaid que la revista Letras Libres recoge en su archivo digital.
Fue un encuentro feliz. “El sacrificio personal”, “apretarse el cinturón”,
fueron ideas providenciales, que por mis aspiraciones de escritor, recobraron
pleno sentido en mi ser. Fue un encuentro feliz, nada más comparable de cuando
por primera vez leí El llano en llamas,
libro que me cambió la vida, que me sustrajo del vacío y de una vida de
mataperros.
Con Zaid empecé a leer con nuevos ojos. Alerta de lo que
pasa entre líneas y con los sentidos muy aguzados para leer la realidad. Es
para mí un maestro original del que he aprendido que la literatura no acaba en
la página, sino que nos hace conscientes de nuestro ser y se extiende a la
lectura y crítica de nuestro entorno. Para llegar a los 80 años, entre otras
cosas, debe haber alegría por la vida. Esto destilan los textos de Gabriel
Zaid: un regocijo por vivir la vida de los libros.
Por todo esto, aquel lunes de la tercera semana de enero,
no dudé en viajar a la Ciudad de México para estar presente en aquella mesa
redonda. A Gabriel Zaid se le hace inconcebible que se pierda tiempo y se gaste
dinero en traslados, para que luego, no se compre el libro y ni se lea el autor
en cuestión; como si asistir a una presentación de libro o del autor,
sustituyera el acto de leer. Yo perdería un día de trabajo, gastaría en pasajes
y compraría unos libros que por ahí tenía pendientes. Uno de ellos, claro está,
Dinero para la cultura. Lo platiqué
con mi mujer, y a pesar de ciertos remilgos de ella por el dinero, dinero que
nunca dejaría de faltar, aceptó mi viaje con un atisbo de ternura. Entonces sentí
en mí algo del personaje del cuento “Un pacto con el diablo”, de Juan José
Arreola, que duda en ir al cine, aun en el día que las entradas costaban menos,
para no gastar un dinero que si lo había, era muy poco. A pesar de ello, el viernes
24 arribé al zócalo de la Ciudad de México.
Hay tantos libros que leer que el tiempo resulta poco, hay muchos libros
que llevar a casa que no hay dinero suficiente. Pero no hay que desesperarse: hay
que capturar ese tiempo; hay que llevar los libros paso a paso, a tenacidad de
caminito de hormiga.
Yo he tenido una biblioteca personal de pocos libros,
menos de los que debería tener. Tal vez por el descuido que tuve con mis
libros, tal vez porque he sido un lector de bibliotecas públicas. Guardo gran
gratitud a la biblioteca de mi ciudad. Muchachillo, a los 14 años, una tarde me
vi con un billete de cincuenta pesos, y agarré mi bicicleta para ir a comprar El llano en llamas en un puesto de
periódicos; quien sabe por qué, en mi casa no había ningún lector, y sí,
lugares difíciles para guardar un libro. Mi primer antecedente literario fue
escuchar a muchos campesinos que guardaban una excelente memoria oral. Pero tal
vez fue algún cuento, fragmento probablemente, en algún libro de texto
gratuito. El asunto es que cuando terminé de leer esos relatos, tuve la
necesidad de ir a la biblioteca pública. Para mi alivio, ahí encontré “Obras”
de Juan Rulfo editado por el Fondo de Cultura Económica.
Del tiempo que duró mi paso por la ciudad de México, ahí
viví de octubre del 2001 a agosto de 2006, reverdece el jardín de la amistad y
el de la biblioteca central. En esta me entrené como lector de tiempo completo.
Ahí aprendí, en tan solo un espacio corto, solitario; en un redil de libros, a
florecer un jardín. Y a apasionarme. Una biblioteca, que si bien no tiene todos
los libros, pero sí tiene muchos que despiertan la curiosidad y mantienen el interés
del lector, debe ser poco menos que el paraíso. Un paraíso para el que lee por
curiosidad y motivado por los mismos libros, por su sed de aprender.
Tal vez por contar con ese semi paraíso, donde había que
alzar la mano para leer los frutos predilectos, no le di importancia a mi
biblioteca personal. No digo que incrementara el número de volúmenes, sino que
cuidara los que tenía. Me abochorna recordar libros muy valiosos para mí que
perdí por mi vesania. El llano en llamas,
el primer libro que compré; Bestiario
de Arreola con postfacio de José Emilio Pacheco, y dedicado por este para mí; El son del corazón de López Velarde; El laberinto de la soledad de Octavio
Paz; El Aleph de Borges; Cien años de soledad, que nunca se lo
podría pagar a mi amigo Óscar Cortez, quien lo sustrajo del librero de una tía
suya; La presidencia imperial de
Enrique Krauze, que fue un texto de clase y que me cautivó su prosa. Todos esos
libros y otros más los perdí por ser un incauto promotor de mis lecturas. A
final de cuentas, si vivía en el paraíso, en la edad dorada, diría don Quijote,
no existían las palabras tuyo y mío.
Me quedé con tan pocos libros, que cuando me regresé a mi
ciudad natal, de no haber sido por mi amigo Miguel García Mani, quien me hizo
traerme Las mil y una noches en dos
tomos, una antología de López Velarde y Crimen
y castigo de Dostoievski hubiera regresado a mi tierra a un desolador
destierro. Desde hace año y medio mi puñado de libros, como yo, dejó de ser
trashumante. Y ahora que tienen su espacio, todos los días que ando por ahí, resiento
los vacíos de los libros perdidos. Libros que ya viviendo en lo árido de mi
tierra, he lamentado como el borracho que pierde su dinero en la parranda
inconsciente o como el enamorado mal correspondido que extravía la fotografía
de su amada.
Aquella mañana me puse a caminar las calles del Centro
Histórico, me compré unos lentes para el astigmatismo de mi ojo derecho y el
desgaste del otro, y me puse a buscar los libros que quería, andaba de suerte,
todos los encontré. Conforme me los iban pasando me daban precio, entonces
apareció de nuevo el personaje de “Un pacto con el diablo”. A cada precio que
escuchaba me ponía meditabundo y dubitativo. Sentía vértigo al ver cómo la
cuenta ascendía. Pero no me eché para atrás. Resuelto, casi bruscamente; como
si yo también estuviera haciendo un pacto con el diablo, me decidí: “Trato hecho. Me los llevo”.
De aquella mesa redonda me gustó la idea de Adolfo Castañón: “y es que este
Gabriel tan nuestro, tan regio, parece a veces como un huésped de otro mundo
que hubiese condescendido a visitar nuestra modesta región”. Un rodeo para
detenerse a admirar la obra de Zaid. Un descanso para empezar a reflexionar su lúcido
pensamiento.
Una vertiente de su pensamiento que me ha llamado la
atención, y que me conectó de inmediato con mi pasado (fui criado por unos
abuelos campesinos, que producían casi para el autoconsumo), es la valoración
—por lo menos no la demerita—, de la vida rural. Esa vida que prescindía de
tantos aires modernos. El hombre no andaba tan errado cuando producía lo que
necesitaba y hacía con sus propias manos e ingenio lo que ocupaba. Para Zaid es
muy importante el saber hacer las cosas uno mismo, manualmente, probando,
aprendiendo. Sus ideas para mejorar la economía de los campesinos es de una
praxis que nada más al saberlas se puede decir, ¡qué fácil, el camino está
despejado! Valorar al campesino, apoyar su independencia, no desvirtuarlo de su
condición de microempresario, facilitarle medios de producción baratos y
eficientes. De haberse aplicado sus ideas en el campo mexicano (El Progreso improductivo, el libro donde
desarrolla propuestas económicas para el sector marginado, lo publicó en 1979);
se hubiera evitado en mucho la emigración y el abandono del campo.
Cuando salí del recinto donde había sido la mesa redonda,
me encontré a unos pasos de Cristopher Domínguez Michael, otro de los ponentes.
Quise acercarme para agradecerle sus entrevistas a Vicente Leñero y a Hugo
Hiriart. Pero me ganó la pena. Excelentes entrevistas que releo con entusiasmo.
Y si me obligan a decir para qué sirve leer una entrevista, diría que para
conocer momentos ejemplares. Ya dependerá de cada quien si pasan a ser
inspiradores para las decisiones cotidianas. Yo tenía una novela malograda que
escribí en 2009. Era mala pero la idea no me parecía despreciable. No la desechaba,
pero no sabía qué hacer con ella. Domínguez Michael asistió el milagro de la
conversación. Leñero contó las peripecias de la escritura de su novela Los albañiles, y sentí un reflejo, el
norte para reescribir mi novela, repensarla. E Hiriart le confesó un
aprendizaje, casi un consejo, que yo he asimilado como un convertido asimila las
primeras palabras del evangelio: trabajar sin apuros, escribir dos o tres horas
diarias por la madrugada y dejar que las ideas fluyan durante el día.
Y ya con pena, tampoco busqué la manera de acercarme a
Enrique Krauze. Un amigo me ha hecho ver que todo hubiera terminado en un buen
saludo. Nada más. Lo mejor es seguir el diálogo con sus libros y los cientos de
sus artículos. Esa noche conocí al amigo de Zaid, y uno de sus más perspicaces
lectores. Lo escuché moderar, con su tono reposado, a los otros “Lectores de
Gabriel Zaid”. Atento al diálogo (diálogo y respeto son las primeras palabras
de su credo), pero sin perder de vista su entorno, como para no perderse de nadie.
Esa noche vi en Enrique Krauze lo afable y caballeroso que debe ser un hombre
de letras.
Dos palabras quise mencionar en el párrafo anterior:
elegancia y sencillez (sencillez que aprendió de sus maestros y la pasión al
oficio), dos palabras que están en todos sus textos. Celebro de Enrique Krauze
su afán por difundir el saber que cultiva: la historia y la biografía —y, no
menos, la literatura y la política—. No desprecia ningún medio para llegar al
público interesado. El germen de este artículo, como lo dije al principio, fue
por un enlace que hizo desde su cuenta de Twitter.
Yo también fui un rebelde que deseaba el secular estallido
de la Revolución en 2010. Vilipendiaba la democracia. Mi deseo era tan
disparatado como mi ignorancia. Las circunstancias sociales eran muy
diferentes, y para bien de todos, no hubo tal. (En cambio, no puedo dejar de
decirlo, hemos chapoteado en una pesadilla de sangre. Igual de horripilante que
la guerra. Aparecieron capos avasallantes, sedientos de dinero, que también
aquí, en Tierra Caliente, abrieron sucursales de los peores instintos
criminales. Y su guerra, sus ambiciones inconscientes se han llevado a muchos
de encuentro y la tranquilidad de los otros). Con la lectura, sobre todo de
Krauze, me he convencido que la democracia no nos va a caer del aire etéreo,
sino debemos germinarla en nosotros todos los días en el diálogo atento y
respetuoso.
Salí a la calle Donceles. Me eché a andar sin rumbo fijo. Me tomé un café a pie. Esa misma noche me regresaría a mi ciudad. Pero tenía un tiempo para caminar, otro tiempo para disfrutar un viaje a la ciudad de México.
1 de abril de 2014
marzo 01, 2014
Gente que no lee
Un profesor habla de la importancia de la lectura frente a un grupo de alumnos. Es un profesor que lee de verdad, por gusto, y no lo dice por mera repetición de la propaganda educativa. La lectura es el medio por excelencia —les dice—, para llegar al conocimiento y apropiarse del saber. La observación y la experimentación llegan al punto que necesitan de la lectura crítica. Aclarando que la palabra escrita y la imagen pueden desembocar en lenguajes distintos, arremete contra la segunda y dice que esta no subyuga a la primera. Que es un sofisma aquello de que una imagen dice más que mil palabras. Anima a los despistados. La lectura requiere un poco de esfuerzo mental para descifrar las frases, los párrafos, el texto. En modo alguno la imagen ha sustituido a la palabra, aunque en estos tiempos de facilísimas imágenes así lo parezca. Hay una conexión instantánea con la imagen, lo que no ocurre con un conjunto de palabras, que requieren atención para captar lo que nos quieren comunicar. Por eso es más fácil ver una película complicada que leer un texto sencillo. La imagen que no está cifrada en un discurso artístico desmerece de nuestra atención. Lo que vemos en la pantalla en media hora, lo podemos leer en solo cinco minutos.
febrero 10, 2014
Don Adán
febrero 07, 2014
“Te ves mal”, “Pero me siento bien”
No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz
en la miseria
Dante Alighieri, Infierno, V.
Muchos años después, ya reducido a una poca
movilidad por la enfermedad y la pérdida de la vista, sin apasionamientos, sin
resentimiento, dice que fue un error haberse casado con su primera mujer. Una
prima hermana suya. Ese matrimonio le trajo un sinfín de problemas. El pueblo
era chico y la presión del clan fue tanta que no tuvo otra que exiliarse. Se
fue a la Ciudad de México. Con esa mujer, que la amó con delirio y arrebato de
la juventud, procreó dos hijos. Regresó por una tragedia: la muerte temprana de
su esposa y su hija, esta siendo una niña.
Porfirio
Santamaría, Polilo, como se le conoce, nació en una casona del
corazón del viejo pueblo de Pungarabato. Estas casonas, que eran de los
principales, como aún se puede constatar con las que quedan, eran de paredes
altas de adobe, techo de tejas a dos aguas, amplias y de grandes corredores. No
muy lejos de ellas pasa el río Cutzamala. Polilo nunca
olvidaría sus aguas cristalinas y la variedad de sus peces. Muchos años
después, en vano trataría de recuperarlo como lo tuvo en los años de su
infancia. El río Cutzamala representa su paraíso perdido.
Moisés Santamaría
fue un hombre acaudalado que muy probablemente nació en 1882. Fue criado con la
disciplina de los tiempos de Porfirio Díaz. Cuando surgió la revolución, que en
Tierra Caliente comenzó después del asesinato de Madero (febrero de 1913),
mantuvo su apoyo a la línea oficial. Aunque no se involucró en las reyertas,
ofreció pequeños servicios de escribiente. La suspicacia que sentía por los
revolucionarios se volvió desdén cuando estos llegaron al poder, o mejor dicho,
peleaban por él, mediante la intriga, la traición y el crimen. Después de los
años turbulentos de la revolución, se volvió de esas personas que añoraban “los
tiempos de paz y progreso” del porfiriato.
Ya en la antesala
de la vejez, a los sesenta años, contrajo nupcias con una joven de 20 años. A
pesar del trastorno social de muchos años que fue la revolución, Moisés
Santamaría conservó su patrimonio y aun el aire de dignidad de los ricos del
porfirismo. Cuando nació el segundo de sus hijos, ya tenía el nombre: Porfirio,
por el general Porfirio Díaz.
Dice Polilo que
su padre lo procreó a los sesenta y tres años. Pero muy lejos de un anciano
apolillado y agotado. Cuando él llegó a la adolescencia su padre ya era un
octogenario pero con ímpetu para la crianza de sus hijos y para la vida misma.
Cuenta Polilo que
el desprecio que su padre tenía por los revolucionarios se agudizó hacia el
presidente más popular de México, el general Lázaro Cárdenas del Río, a quien
consideraba como parte de esa runfla de advenedizos que se enriquecieron con la
revolución. No obstante, Cárdenas, que tiene fama de haber visitado muy
continuo ciudad Altamirano; “el gran benefactor de estas tierras”, siempre que
venía procuraba pasar a saludar al viejo Moisés. Este procuró que ninguno de
sus hijos le pidiera ningún favor, ninguna influencia al general. Salvador
Santamaría, sobrino de Moisés, primo hermano de Polilo, fue el
cacique de Altamirano hasta 1985, año de su asesinato. Por el poder político y
su riqueza se sabe que él si sacó provechó de su relación con Cárdenas.
Pero Polilo no
andaba en busca de favores ni esperaba alianzas con nadie que no tuviera
simpatía por sus ideas comunistas. Llega al tema de la revolución cubana (1959)
y su voz —gruesa, ahuecada—, centellea como una pasión juvenil. Es su gran
ideal. El gran referente de su concepción política. En el éxtasis de la
conversación, le pide a Aída, su plácida esposa, que le lleve una valija que
guarda con mucho celo. De ahí saca un póster de cartulina dura, donde aparecen
Castro y el Che Guevara extendiéndose un abrazo, risueños de triunfo.
Traspapelada, también aparece una fotografía de un grupo de niños de kínder, y
al costado derecho de la foto, en grande, el rostro de una niña; a pesar de los
años, la foto está bien conservada. Es la hija de Polilo, muerta
niña hace muchos años.
Una vez le
pregunté a Polilo si no resentía haber venido a menos con la
hacienda que le dejó su padre. Pronto me di cuenta de lo impertinente,
innecesaria de mi pregunta. Pero sin inmutarse me contestó que en realidad él
nunca le dio importancia al dinero ni a la posición social. Con los años habría
de dar muestras de una honradez a prueba de fuego. Casi como un voto de pobreza
franciscana.
Hace diez años
fundó una organización civil “Rescate ecológico del Río Cutzamala”. Su espejo
feliz de aguas puras en el paraíso de su infancia. Me han dicho que aun
viviendo en otras comunidades cercanas de Altamirano ha procurado hacerlo cerca
del río. Cuenta que sin ningún recurso se echó a andar para ir a ver al Jefe de
Gobierno del Distrito Federal, que por ese tiempo era Andrés Manuel López
Obrador y al presidente Vicente Fox. Seguido nos acusamos y hasta nos
recriminamos que somos unos ciudadanos apáticos, que no vemos más allá de
nuestros intereses propios y mostramos total desinterés por los problemas de
nuestra ciudad; sin embargo, cuando Polilo empezó a tocar
puertas para su proyecto, muchos ciudadanos lo apoyaron de manera abierta.
“Rescate ecológico del río Cutzamala” fue dada de alta como una organización
civil y Polilo Santamaría fue a entrevistarse con el Jefe de
Gobierno y el Presidente. Interesante su experiencia por la imagen que se
pudiera tener de estos personajes. López Obrador le pareció un tipo déspota y
altanero. Lo recibió mal y lo despachó grosero. No era del modo de un líder tan
popular como lo era por aquellos años. Lo mandó con “el vecino”, que así se
refería al presidente. Por suerte, con Vicente Fox, le fue fácil llegar. Polilo sabía,
por relato de una de sus hermanas que trabajó en la Cocacola cuando
esta compañía llegó a Altamirano, que para abrir ruta había llegado un hombre
de Guanajuato, enorme y muy trabajador. Hacía nada más una comida al día pero
bien despachaba, de cajón un kilo de carne y dos litros de leche. Ese hombre,
que impresionaba por su estatura y su capacidad para cargar muchas rejas de
refrescos (por sus enormes brazos), quedó grabado en varios altamiranenses.
Cuando Vicente Fox llegó a la presidencia, muchos quisieron ver en ese hombre
al joven aquel que había venido con la Cocacola. Estando frente a
frente, Vicente Fox le pidió a Polilo que se identificara.
Cuando este lo hizo y le dijo que procedía de Ciudad Altamirano, Fox tomó
confianza, despachó a sus escoltas y se puso a platicarle relajadamente cómo él
había estado unos meses en aquella ciudad. Fox le inquirió para dar con el
nombre de una señora que vendía enchiladas en un puesto de cena, le quería
regalar una casa. Se acordaba que era una mujer pobre y sin vivienda,
pero Polilo no pudo dar con esa mujer.
Al final de
aquella entrevista, Fox lo invitó a desayunar: “Te ves mal”, le dijo. “Pero me
siento bien”, le contestó Polilo. Había dado sin muchas vueltas con
el presidente y este prometía ayudarlo en su petición de sanear el río
Cutzamala. Giró órdenes al secretario correspondiente y este a sus inferiores y
estos a sus subalternos. Y la orden, que venía del presidente de la República,
en un principio tuvo mucha repercusión pero se fue perdiendo como una
resonancia que se va extendiendo en círculos burocráticos cada vez más lejanos
y difusos.
Luego llegaron los
malestares de la enfermedad, y junto con su segunda esposa, hubieron de
abandonar ciudad Altamirano para irse a vivir a Tanganhuato. Es su segundo
exilio. Polilo tiene presentes los cuadros costumbristas del
antiguo Pungarabato. Su río clamoroso y limpio, generoso para la pesca como
era; su centro de casonas y los barrios viejos con sus casas y sus chozas. La
vida rural, artesanal, donde se conocían todos, y tal vez por eso había una
relativa paz. Luego llegó el crecimiento, el engañoso progreso y Altamirano,
que se volvió la capital del comercio de la región, se desbordó. Siguió por
muchos años la pobreza. Muchas personas hicieron grandes fortunas, lo que
disparó como nunca antes la desigualdad. De manera inconsciente estas personas
adineradas estaban preparando el escenario para la llegada de los capos
avasallantes, sedientos de dinero. Polilo cuenta que le ha
tocado ver estas tres etapas de Altamirano. Y siente tristeza por todo… por su
río Cutzamala ahora de aguas inmundas.
Polilo lee —o por lo menos leía, porque ahora casi
ya no ve—, al filósofo francés Jean-Paul Sartre (1905-1980). Algún tiempo
recibía el “Gramma” de Cuba y presumía que era “oro fino” para él. También
leyó La Divina Comedia, y dice parafrasear a Dante Alighieri
(1265-1321), hombre que por intrigas políticas nunca regresó a su tierra
añorada que era Florencia, Italia. “Para sobrevivir —dice Polilo citando
a Dante—, el hombre habrá de olvidar sus malos recuerdos y acordarse de los momentos
maravillosos que vivió”.
16 de enero de
2014
febrero 01, 2014
Creciente
enero 30, 2014
Presidentes y antiprensa
enero 28, 2014
De capos, facinerosos y caciques
Le debemos a Viliulfo Gaspar Avellaneda (San Lucas, Michoacán. 1942) la historia de Isaac Alvarado Reynoso, el Zopilote; bandido que alcanzó notoriedad en la región de Tierra Caliente en el primer lustro de la década de los treinta. Uno de los delincuentes “más espectaculares y desalmados que tuvo la región”. Sus robos en los caminos reales, el asalto a las casas ricas y el enfrentamiento que seguido tenía contra las fuerzas rurales y militares le dieron fama. Sus golpes los daba en el puerto de Malpaso, “estrecho pasadizo natural formado entre los cerros de El Caracol y La Doña, paso obligado para los viajeros” que tenían que agarrar la ruta de Huetamo.



