abril 30, 2014

Un patrón invicto

No comete el error de tomarse en serio. Es capaz de reírse de sí mismo y, por lo tanto, son pocas las personas que pueden decir que lo han visto de mal humor. Ante cualquier adversidad, su rostro predispuesto a la afabilidad está cerca de la sonrisa auténtica, esa que brota de la vena del corazón. Es una persona leal, y esto puede sonar trivial, pero no lo es en una persona con dinero y capacidad para echar andar una empresa. Un empresario, un patrón que es leal antes de buscar lealtad.

Es pródigo y espontáneo pero nada más lejos de alguien que gasta con desparpajo. Siempre trae un papelito para anotar los gastos mínimos e inesperados, desde una propina hasta alguna “ayuda” de las que acostumbra dar. Le gusta tener todo en orden. Es de los que para trabajar necesita tener su escritorio despejado. Sin perder el hilo sonriente del buen humor, ahí se vuelve serio, escucha con atención, es analítico. Todas sus decisiones, así la menos relevante que parezca, pasa por el análisis y sus reflexiones.

Un patrón con la bonhomía de Fausto Araujo parece venir de un país extraño. Primero porque hay una tendencia natural (a veces muy pervertida) en los patrones por quedarse con la totalidad de la ganancia sin tomar en cuenta al trabajador; es una tendencia de la naturaleza de los hombres, y muchos hacen fortuna y acrecientan sus cuentas no libres de tristes hazañas de estas pobrezas de espíritu. Y, segundo, porque los empresarios que quieren hacer las cosas a las derechas, se encuentran con el fardo de las cargas fiscales y, en los últimos años, con las cuotas que piden los capos que andan libres. Esto último ya va siendo menos. El año pasado los comerciantes que pagaron “el derecho de piso” tuvieron considerables descuentos con respecto a los años anteriores. Dígase lo que se diga, el desgaste de los capos es notorio; ya por la presión de arriba, ya porque ellos mismos deben de estar cansados de tanto ir y venir. No hay mal que dure…

A pesar de los anteriores puntos, Fausto no cayó en la desesperación y se mantuvo invicto como buen patrón. No hay en él ese sentimiento infame de desencarnar al trabajador en un salario mínimo. Guarda serenidad y sobrelleva sus responsabilidades fiscales. No es partidario de componendas, muy comunes en los despachos contables, para evadir Hacienda y agraviar a los trabajadores. Y respecto a la inseguridad, enfrentó el problema con sensatez y precaución. Después del secuestro de su suegro decidió emigrar a otra ciudad junto con su familia. Dejó la finca que tantos sueños y dedicación le había dedicado. Con desfachatez de paisano despistado, un mediodía radiante, se fue echando frases de buen humor.

Hace diez años entró en el mundo empresarial como franquicitario de una marca de préstamos por prendas de oro. Los Bancos siempre vieron con menosprecio, o por lo menos nunca le entraron, a los créditos chiquitos. Préstamos de 500, de 1000 pesos; tan necesarios para que la cotidianidad siga su marcha, para microempresarios y trabajadores independientes que requieren de liquidez sin tardanza ni trámites. En nuestra región, digamos hasta la década de los noventa, se conseguían alhajas con relativa facilidad. De casas de adobe, humildes, salían lindas muchachas luciendo sus prendas de oro. Ciudad Altamirano tenía fama de lugar por excelencia para mercar oro, y esa fama, al igual que en otras ciudades de Tierra Caliente, no era tan infundada. Camilo Peñaloza me ha hecho ver que hasta en los ochenta, ser oficial de orfebrería, al igual que de huarachería, era uno de los oficios mejor pagados y aun reputados. Así es que como no había un servicio formal en préstamos por oro, los resultados para el nuevo empresario fueron en todo caso insospechados.

No faltó quien pusiera el grito en el cielo y murmurara que se estaba robando a la gente. A esas personas se les escapa o ignoran que los pobres también producen. Y que si consiguen un capital para echar andar la rueda, el motor de sus micronegocios es porque saben que pueden producir para pagar el capital más interés. A diferencia de tantas asociaciones que son incapaces de pagar ya no digamos tasas de interés alto sino créditos blandos. ¿Quién produce más, un microempresario que paga interés más capital, o una institución que requiere de subsidios del gobierno y créditos blandos o de fondo perdido?

En el apogeo, Fausto abrió otras sucursales, y como todo ha de estar en un constante movimiento y nada es eterno, ya empezó el repliegue. Las causas mucho se han platicado: la violencia que desterró a mucha gente, y que acabó con el emporio comercial de esta ciudad; el agotamiento del oro, ya no hay orfebres y se acabó la relativa facilidad con que se conseguía oro; y la competencia, la entrada en el mercado de los préstamos del gigante Elektra. Es idea que los gigantes comerciales llegan a los mercados locales a reventar la competencia local, para después quedarse solos y dominantes, y ya sin competencia, hacen y deshacen. No creo que pase esto al pie de la letra pero Elektra está haciendo todo lo posible para lograrlo.

Tuve el privilegio de trabajar para Fausto Araujo. No hace mucho, por cierto, desde fines de 2010. Por esos días yo era independiente y especulaba en la avenida comercial. Desde que lo conocí me impresionó lo buena gente que destila y la buena fama que tenía entre sus trabajadores, y aun, entre otra gente.

Una mañana, mientras caminaba por la avenida, me salió al paso Edgardo Martínez, su entrañable trabajador, y me preguntó que si no me interesaba un puesto de valuador, que habían pensado en mí y que en caso de aceptar me tendría que ir un tiempo para Huetamo. Por esos días, en la avenida, no se hablaba de otra cosa más que de las “cuotas por derecho a piso”. Los capos explotaban la veta de la extorsión. Personas que como yo, ocupaban un lugar en la avenida, tenían que pagar diez mil pesos. Dinero que para mí era imposible pagar. Así es que no tardé mucho en aceptar la propuesta de Edgardo Martínez.

Hoy he quedado sin trabajo, libre, y al decir esta última palabra, siento una extraña felicidad.


Adenda

Al otro día que dejé de trabajar, caminando por una calle desierta, pardeando la tarde, vi sentado en una banqueta al Cuervo, un vagabundo en andrajos, de piel negra por humo de llantas y mugre. Al verme, se levantó y con ademanes fraternales y voz quejumbrosa, se dirigió a mí:

−¡Hijo mío!, ahora ¿a qué te dedicarás?

Me detuve para contestarle, observé que la calle, poco antes vacía, empezaba a llenarse de gente. Miré al Cuervo que esperaba una respuesta mía con los brazos abiertos y sus ojos de luna de noche triste. “Tranquilo, Cuervo, me encerraré en mi covacha a leer”. Esto pensé en contestarle, pero de pronto me vi a dos pasos del Cuervo, rodeados los dos de una multitud de personas listas para el escarnio. Con creciente incertidumbre apenas pude murmurar:

−A caminar… a caminar… ¡carajo!, Cuervo, ¡parece que no sabes!

Y a empellones salí de aquella rueda de gente que empezaba a lanzar sus risas insolentes. Cuando me vi libre, apreté carrera.̴


30 de abril de 2014

abril 03, 2014

Un viaje a la Ciudad de México




El lunes de la tercera semana de enero, buscando novedades en mi cuenta de Twitter, me encontré con un artículo que Enrique Krauze había escrito por los ochenta años de Gabriel Zaid. El artículo se había publicado un día antes en el diario Reforma, y al final del texto, se reproducía la invitación al público en general a una mesa redonda en el Colegio Nacional, el 24 de enero, “Lectores de Gabriel Zaid”.

Meses antes, en el mismo Twitter, Krauze me descubría una veta de inspiración y fortaleza, que me encauzaba a la alegría por la lectura y los libros, que me situaba y me hacía asirme con resolución en el campo de la cultura libre. Esa veta fue Gabriel Zaid. Nunca olvidaré la mañana en que leí la reseña que Krauze hizo para el libro Dinero para la cultura. Deleitado, muy animado por el artículo “Instituciones de la cultura libre”, me puse a leer todos los artículos y ensayos de Zaid que la revista Letras Libres recoge en su archivo digital. Fue un encuentro feliz. “El sacrificio personal”, “apretarse el cinturón”, fueron ideas providenciales, que por mis aspiraciones de escritor, recobraron pleno sentido en mi ser. Fue un encuentro feliz, nada más comparable de cuando por primera vez leí El llano en llamas, libro que me cambió la vida, que me sustrajo del vacío y de una vida de mataperros.

Con Zaid empecé a leer con nuevos ojos. Alerta de lo que pasa entre líneas y con los sentidos muy aguzados para leer la realidad. Es para mí un maestro original del que he aprendido que la literatura no acaba en la página, sino que nos hace conscientes de nuestro ser y se extiende a la lectura y crítica de nuestro entorno. Para llegar a los 80 años, entre otras cosas, debe haber alegría por la vida. Esto destilan los textos de Gabriel Zaid: un regocijo por vivir la vida de los libros.

Por todo esto, aquel lunes de la tercera semana de enero, no dudé en viajar a la Ciudad de México para estar presente en aquella mesa redonda. A Gabriel Zaid se le hace inconcebible que se pierda tiempo y se gaste dinero en traslados, para que luego, no se compre el libro y ni se lea el autor en cuestión; como si asistir a una presentación de libro o del autor, sustituyera el acto de leer. Yo perdería un día de trabajo, gastaría en pasajes y compraría unos libros que por ahí tenía pendientes. Uno de ellos, claro está, Dinero para la cultura. Lo platiqué con mi mujer, y a pesar de ciertos remilgos de ella por el dinero, dinero que nunca dejaría de faltar, aceptó mi viaje con un atisbo de ternura. Entonces sentí en mí algo del personaje del cuento “Un pacto con el diablo”, de Juan José Arreola, que duda en ir al cine, aun en el día que las entradas costaban menos, para no gastar un dinero que si lo había, era muy poco. A pesar de ello, el viernes 24 arribé al zócalo de la Ciudad de México.

 

Hay tantos libros que leer que el tiempo resulta poco, hay muchos libros que llevar a casa que no hay dinero suficiente. Pero no hay que desesperarse: hay que capturar ese tiempo; hay que llevar los libros paso a paso, a tenacidad de caminito de hormiga.

Yo he tenido una biblioteca personal de pocos libros, menos de los que debería tener. Tal vez por el descuido que tuve con mis libros, tal vez porque he sido un lector de bibliotecas públicas. Guardo gran gratitud a la biblioteca de mi ciudad. Muchachillo, a los 14 años, una tarde me vi con un billete de cincuenta pesos, y agarré mi bicicleta para ir a comprar El llano en llamas en un puesto de periódicos; quien sabe por qué, en mi casa no había ningún lector, y sí, lugares difíciles para guardar un libro. Mi primer antecedente literario fue escuchar a muchos campesinos que guardaban una excelente memoria oral. Pero tal vez fue algún cuento, fragmento probablemente, en algún libro de texto gratuito. El asunto es que cuando terminé de leer esos relatos, tuve la necesidad de ir a la biblioteca pública. Para mi alivio, ahí encontré “Obras” de Juan Rulfo editado por el Fondo de Cultura Económica.

Del tiempo que duró mi paso por la ciudad de México, ahí viví de octubre del 2001 a agosto de 2006, reverdece el jardín de la amistad y el de la biblioteca central. En esta me entrené como lector de tiempo completo. Ahí aprendí, en tan solo un espacio corto, solitario; en un redil de libros, a florecer un jardín. Y a apasionarme. Una biblioteca, que si bien no tiene todos los libros, pero sí tiene muchos que despiertan la curiosidad y mantienen el interés del lector, debe ser poco menos que el paraíso. Un paraíso para el que lee por curiosidad y motivado por los mismos libros, por su sed de aprender.

Tal vez por contar con ese semi paraíso, donde había que alzar la mano para leer los frutos predilectos, no le di importancia a mi biblioteca personal. No digo que incrementara el número de volúmenes, sino que cuidara los que tenía. Me abochorna recordar libros muy valiosos para mí que perdí por mi vesania. El llano en llamas, el primer libro que compré; Bestiario de Arreola con postfacio de José Emilio Pacheco, y dedicado por este para mí; El son del corazón de López Velarde; El laberinto de la soledad de Octavio Paz; El Aleph de Borges; Cien años de soledad, que nunca se lo podría pagar a mi amigo Óscar Cortez, quien lo sustrajo del librero de una tía suya; La presidencia imperial de Enrique Krauze, que fue un texto de clase y que me cautivó su prosa. Todos esos libros y otros más los perdí por ser un incauto promotor de mis lecturas. A final de cuentas, si vivía en el paraíso, en la edad dorada, diría don Quijote, no existían las palabras tuyo y mío.

Me quedé con tan pocos libros, que cuando me regresé a mi ciudad natal, de no haber sido por mi amigo Miguel García Mani, quien me hizo traerme Las mil y una noches en dos tomos, una antología de López Velarde y Crimen y castigo de Dostoievski hubiera regresado a mi tierra a un desolador destierro. Desde hace año y medio mi puñado de libros, como yo, dejó de ser trashumante. Y ahora que tienen su espacio, todos los días que ando por ahí, resiento los vacíos de los libros perdidos. Libros que ya viviendo en lo árido de mi tierra, he lamentado como el borracho que pierde su dinero en la parranda inconsciente o como el enamorado mal correspondido que extravía la fotografía de su amada.

Aquella mañana me puse a caminar las calles del Centro Histórico, me compré unos lentes para el astigmatismo de mi ojo derecho y el desgaste del otro, y me puse a buscar los libros que quería, andaba de suerte, todos los encontré. Conforme me los iban pasando me daban precio, entonces apareció de nuevo el personaje de “Un pacto con el diablo”. A cada precio que escuchaba me ponía meditabundo y dubitativo. Sentía vértigo al ver cómo la cuenta ascendía. Pero no me eché para atrás. Resuelto, casi bruscamente; como si yo también estuviera haciendo un pacto con el diablo, me decidí: “Trato hecho. Me los llevo”.

De aquella mesa redonda me gustó la idea de Adolfo Castañón: “y es que este Gabriel tan nuestro, tan regio, parece a veces como un huésped de otro mundo que hubiese condescendido a visitar nuestra modesta región”. Un rodeo para detenerse a admirar la obra de Zaid. Un descanso para empezar a reflexionar su lúcido pensamiento.

Una vertiente de su pensamiento que me ha llamado la atención, y que me conectó de inmediato con mi pasado (fui criado por unos abuelos campesinos, que producían casi para el autoconsumo), es la valoración —por lo menos no la demerita—, de la vida rural. Esa vida que prescindía de tantos aires modernos. El hombre no andaba tan errado cuando producía lo que necesitaba y hacía con sus propias manos e ingenio lo que ocupaba. Para Zaid es muy importante el saber hacer las cosas uno mismo, manualmente, probando, aprendiendo. Sus ideas para mejorar la economía de los campesinos es de una praxis que nada más al saberlas se puede decir, ¡qué fácil, el camino está despejado! Valorar al campesino, apoyar su independencia, no desvirtuarlo de su condición de microempresario, facilitarle medios de producción baratos y eficientes. De haberse aplicado sus ideas en el campo mexicano (El Progreso improductivo, el libro donde desarrolla propuestas económicas para el sector marginado, lo publicó en 1979); se hubiera evitado en mucho la emigración y el abandono del campo.

Cuando salí del recinto donde había sido la mesa redonda, me encontré a unos pasos de Cristopher Domínguez Michael, otro de los ponentes. Quise acercarme para agradecerle sus entrevistas a Vicente Leñero y a Hugo Hiriart. Pero me ganó la pena. Excelentes entrevistas que releo con entusiasmo. Y si me obligan a decir para qué sirve leer una entrevista, diría que para conocer momentos ejemplares. Ya dependerá de cada quien si pasan a ser inspiradores para las decisiones cotidianas. Yo tenía una novela malograda que escribí en 2009. Era mala pero la idea no me parecía despreciable. No la desechaba, pero no sabía qué hacer con ella. Domínguez Michael asistió el milagro de la conversación. Leñero contó las peripecias de la escritura de su novela Los albañiles, y sentí un reflejo, el norte para reescribir mi novela, repensarla. E Hiriart le confesó un aprendizaje, casi un consejo, que yo he asimilado como un convertido asimila las primeras palabras del evangelio: trabajar sin apuros, escribir dos o tres horas diarias por la madrugada y dejar que las ideas fluyan durante el día.

Y ya con pena, tampoco busqué la manera de acercarme a Enrique Krauze. Un amigo me ha hecho ver que todo hubiera terminado en un buen saludo. Nada más. Lo mejor es seguir el diálogo con sus libros y los cientos de sus artículos. Esa noche conocí al amigo de Zaid, y uno de sus más perspicaces lectores. Lo escuché moderar, con su tono reposado, a los otros “Lectores de Gabriel Zaid”. Atento al diálogo (diálogo y respeto son las primeras palabras de su credo), pero sin perder de vista su entorno, como para no perderse de nadie. Esa noche vi en Enrique Krauze lo afable y caballeroso que debe ser un hombre de letras.

Dos palabras quise mencionar en el párrafo anterior: elegancia y sencillez (sencillez que aprendió de sus maestros y la pasión al oficio), dos palabras que están en todos sus textos. Celebro de Enrique Krauze su afán por difundir el saber que cultiva: la historia y la biografía —y, no menos, la literatura y la política—. No desprecia ningún medio para llegar al público interesado. El germen de este artículo, como lo dije al principio, fue por un enlace que hizo desde su cuenta de Twitter.

Yo también fui un rebelde que deseaba el secular estallido de la Revolución en 2010. Vilipendiaba la democracia. Mi deseo era tan disparatado como mi ignorancia. Las circunstancias sociales eran muy diferentes, y para bien de todos, no hubo tal. (En cambio, no puedo dejar de decirlo, hemos chapoteado en una pesadilla de sangre. Igual de horripilante que la guerra. Aparecieron capos avasallantes, sedientos de dinero, que también aquí, en Tierra Caliente, abrieron sucursales de los peores instintos criminales. Y su guerra, sus ambiciones inconscientes se han llevado a muchos de encuentro y la tranquilidad de los otros). Con la lectura, sobre todo de Krauze, me he convencido que la democracia no nos va a caer del aire etéreo, sino debemos germinarla en nosotros todos los días en el diálogo atento y respetuoso.

Salí a la calle Donceles. Me eché a andar sin rumbo fijo. Me tomé un café a pie. Esa misma noche me regresaría a mi ciudad. Pero tenía un tiempo para caminar, otro tiempo para disfrutar un viaje a la ciudad de México.

 

1 de abril de 2014

 

marzo 01, 2014

Gente que no lee



Un profesor habla de la importancia de la lectura frente a un grupo de alumnos. Es un profesor que lee de verdad, por gusto, y no lo dice por mera repetición de la propaganda educativa. La lectura es el medio por excelencia —les dice—, para llegar al conocimiento y apropiarse del saber. La observación y la experimentación llegan al punto que necesitan de la lectura crítica. Aclarando que la palabra escrita y la imagen pueden desembocar en lenguajes distintos, arremete contra la segunda y dice que esta no subyuga a la primera. Que es un sofisma aquello de que una imagen dice más que mil palabras. Anima a los despistados. La lectura requiere un poco de esfuerzo mental para descifrar las frases, los párrafos, el texto. En modo alguno la imagen ha sustituido a la palabra, aunque en estos tiempos de facilísimas imágenes así lo parezca. Hay una conexión instantánea con la imagen, lo que no ocurre con un conjunto de palabras, que requieren atención para captar lo que nos quieren comunicar. Por eso es más fácil ver una película complicada que leer un texto sencillo. La imagen que no está cifrada en un discurso artístico desmerece de nuestra atención. Lo que vemos en la pantalla en media hora, lo podemos leer en solo cinco minutos.

El grupo de alumnos es afortunado porque les tocó un profesor que lee, que les transmite su entusiasmo, que no sigue una línea rígida y hace refrescantes interrupciones para hablarles de sus libros preferidos, de las lecturas que lo cautivan cada día. Afortunados porque no les tocó un maestro que para desviar la atención de su desfachatez y carencia, achaca el desinterés en la lectura a muchos otros motivos, sobre todo porque los muchachos no aprendieron el hábito de sus padres. Están lejos de los mentores que eran la esperanza para los hijos de campesinos pobres y analfabetas. Hay en los grandes lectores mucho de inasible e inesperado. Se hacen en condiciones adversas y muchos provienen de padres no lectores. Hay como un influjo celestial. Como si fueran predestinados para vivir en un jardín. Ya dependerá de cada quien qué frutos coman, qué siembren y qué cultiven. Pero aparte de la inquietud personal; sí, también los padres, los amigos y la gente que los rodea; pero los profesores no deben desviar la atención, y deben ser ellos los principales focos de infección de la lectura, los propagadores del vicio de leer. Hasta el nivel de preparatoria yo no tuve la fortuna de conocer a un profesor que leyera, acaso el maestro de historia Gabriel López Sarabio, que impartía su clase con pasión inusitada, y le llegué a ver en su escritorio los tomos de Historia General de México del Colegio de México. De ahí para el real no tuve noticia de otro que leyera de modo desinteresado. Mi gusto por la lectura llegó de otros rumbos.

Es difícil que todos se dediquen a leer pero más de uno recordará al profesor que habla de sus libros como un gran motivador, como la persona que les señaló el camino. El mundo de oficios y actividades es tan amplio como la porción de mundo que nos toca recorrer. El alumno sale a la calle y se encuentra con gente que no lee. Gente que tiene a la lectura muy lejos de sus afanes o simplemente no existe esa noción en su cabeza. Y de verdad que no deja de ser gente muy inteligente, muy activa y trabajadora, gente que produce, aunque sea para la subsistencia, gente que vive la vida sin necesitar de un libro. Trabajar y producir le dan un brillo especial al hombre. Los poetas de todos los tiempos han festejado la capacidad del hombre para sobreponerse a cualquier adversidad. Mientras no aparece la muerte en su horizonte encuentra soluciones para sus grandes problemas cotidianos, da con salidas en los laberintos que lo detienen en su marcha, la luz que lo ofusca, luego la domestica para alumbrar lo que antes era confuso e inaccesible. La inteligencia, su capacidad, el mismo hombre son un misterio.

A diario vemos cómo las personas ejercitan su inteligencia: hacen cuentas, reflexionan sobre una pérdida de un mal negocio, profieren palabras y frases que desahogan y aclaran la mente, se concentran en algo que se niega a salir, esfuerzan la memoria para capturar un dato, un nombre que parece olvidado; escuchan con suma atención, refulgen en el momento revelador… El alumno que escuchó con simpatía al profesor, y que nada más al salir a la calle se ve en medio de la vorágine de la inteligencia de hombres que nunca han leído un libro, y que hasta pueden ufanarse de no hacerlo nunca, diciendo, muy orondos, que lo poco o mucho que saben lo han aprendido en la universidad de la vida, puede caer en el desánimo y preguntarse: “¿Para qué diantres sirve leer?”.

Cuando nos acercamos a una persona enfrascada a su actividad cotidiana, de la cual produce y se mantiene, refulge el brillo del sudor de su frente, que no parece una maldición, sino lo que lo distingue como ser dominador de las especies. Habla, saca palabras vivas y frases hasta memorables, todo en relación a su trabajo. No deja de sorprender, y si el alumno despistado anda por ahí, no tiene otra que meter sus manos en los bolsillos de su pantalón, erguirse, bajar la cabeza, echar la vista al suelo y marcharse, apenas mascullando: “¿Para qué diantres sirve leer?”.

Los buscadores del asombro y lo maravilloso pueden detenerse frente a un puesto de quesadillas en la calle, mirar de cerca, platicar con la señora que las hace y las vende y embarcarse al puerto de la admiración. La señora les platicará, y no es para menos, que se levanta a las cuatro de la mañana, las pizcas secretas y el punto que debe alcanzar el amasado, lo indiscutible de los ajos y cebolla para dar con el buen sazón, el espesor ideal que deben alcanzar los guisados, la preparación de salsas que animen al frugal y el comilón no deje de alabar, las que hubo de pasar para establecerse en esa banqueta, de cómo se granjea a los inspectores de la autoridad y las dádivas que les da… Durante la plática soltará frases esplendorosas dignas de trasladarse a una crónica. Y después de su sabrosa charla, no debe admirar qué grado de estudios tuvo, sino que en su vida ha abierto un libro. El alumno que anda en busca de libros, esta vez se impacientará: “¡Para qué diantres sirve leer!”.

Y así pasa con todos los trabajos y oficios: desde un vendedor ambulante hasta un alto ejecutivo, pasando por comerciantes, empleados, oficinistas, burócratas, obreros, campesinos, tablajeros, artesanos, profesionales, especialistas y maestros de oficio. Pero si se hace una segunda visita a la señora de las quesadillas ya no tendrá mucho de dónde echar mano, ya el buscador de lo asombroso no se maravillará tanto, a menos que le platique el caso de su vida. Toda vida puesta en palabras es cautivante. Con sus triunfos, sus desgracias y vicisitudes. Y ya contado su testimonio existencial, puede decaer en el chismorreo y el chiste. Ya no hay interés en ejercitar la inteligencia, comprender la vida, vivir la vida de un modo más cabal. Yo he conocido personas que cuando trabajaron y fueron productivas, refulgían de inteligencia práctica para resolver sus problemas y sobreponerse a todo, luego, por cuestiones biológicas o por la tristeza que trae la vida en las postrimerías, se les apagó el brillo de sus frentes. Como los alcohólicos abjurados, que mientras fueron partícipes de la parranda, sobre todo en la euforia, motivaron conversaciones lubricadas; pero ya retirados, merodean coléricos una soledad silenciosa. La lectura mantiene un fuego chisporroteante que va más allá del brillo de la frente. La lectura es origen de una conversación incesante que puede prolongar la vida o por lo menos vivirla más real, crítica y felizmente; nos ayuda a despejar, agarrar vuelo y no como la señora de las quesadillas que después de su sabrosa plática de la masa y el testimonio de su vida, se quedó aleteando, incapaz de emprender el vuelo hacia el cielo azul. Si el alumno da con estas razones, tal vez vuelva a reanimarse y encontrarle sentido, volver a nacer con las palabras motivadoras de su profesor. ¿Cuántas personas no se quedan a la mitad de lo que pretendía ser una buena conversación? Personas que se les dio el don de la palabra como un jardín pero que nunca lo cultivaron, tal vez nunca se dieron cuenta de lo que se les entregó. Frases como “Algún día escribiré un libro”, “Si escribieras tu vida sería un gran libro”, “Si hubieses querido serías un gran escritor”… esconden entre líneas la falta de un encuentro feliz con los libros y la lectura.

El alumno, a pesar de todo, para salir de la confusión, visita la biblioteca más cercana. Muchas de las bibliotecas de las ciudades de nuestro país son tristes escenarios del desinterés y la incuria, sin embargo, una que contenga unas decenas de libros clásicos, de autores antiguos y contemporáneos, de literatura mexicana, (y como terracalenteño, también unos libros de mi región); no deja de ser una opción esperanzadora. Sin presión de nadie, sin intermediarios, el alumno se da cuenta que el comercio con los libros no es tan difícil como se suele pensar. Entabla un diálogo duradero, un diálogo que irá subiendo de nivel, por su mera iniciativa y curiosidad. Será un continuador de la conversación de los autores que le interesen y, como su preceptor, llegará a contagiar y animar a leer, si es que tiene valor de hablar de cosas que casi nadie habla y que casi a nadie le interesa. Pero que no están muy alejadas de la realidad. Esos libros fueron escritos por inquietudes sobre la vida, como por una urgencia para subir el nivel de la conversación y prolongarla hasta el fin de los tiempos.   

El libro más recomendado y que se tiene a la mano es La Biblia, aunque luego no se lee por satisfacción porque los guías religiosos coartan la libertad creativa del lector. “Hay que saberla interpretar”, les dicen. Y de ahí surgen supersticiones temibles, “si no entiendes, todas las palabras se te volverán”, como si fuera una andanada que confunde el pensamiento. El mismo acto de leer (estudiar, estar pegado a los libros), representa para mucha gente el peligro de quedar loco, de que “se sequen los sesos”. Podríamos decir que esto es inspirado en el personaje más glorioso de la literatura: el Quijote. En mi barrio y círculo familiar se señalaban a dos personas que supuestamente quedaron locas de tanto estudiar. Una mujer que por ahí anda seguida de perros callejeros, y un hombre que no paraba de caminar en todo día, habían sido jóvenes, a decir de la anécdota, “buenos para el estudio” pero que por esto quedaron locos. La moraleja es simple: hay que leer pero no tanto.

Si por un lado, las personas muestran desinterés por la lectura, por el otro tienen una especie de respeto hacia los libros, sienten que están frente a un misterio, la sabiduría, la verdad. De aquí mismo se podría explicar las supersticiones que rodean el acto de leer. Yo, como lector, encontré a mi antepasado consanguíneo más remoto: el ventero analfabeta de El Quijote (I, xxxii), que guardaba algunos libros de caballerías, los que le secaron los sesos a Alonso Quijano, y que cuando alguien los leía escuchaba las historias maravillado “me han dado la vida” decía seguro de que todo aquello había sido verdad. Cuando le dijeron que aquello era pura fantasía, “disparates y devaneos”, se movió a enojo, como el Quijote. En una nota de la edición de la Asociación de Academias de la Lengua Española (2004), explican la actitud del ventero: “En las culturas con alfabetización insuficiente (…) la escritura conlleva un plus de veracidad”. Como fuere, los libros tienen prestigio en cuanto objetos manuales, por eso luego escuchamos a padres que en ratos de enojo, para reconvenir a sus hijos; o enfadados de que estén pegados a una pantalla, luego dicen: “Ponte a estudiar (leer) un libro”.

Las estadísticas sobre la lectura en nuestro país son apabullantes: los mexicanos casi no leen. José Emilio Pacheco, recientemente fallecido, desconfiaba de estos números y no desaprovechaba oportunidad para referirse a hechos que las encuestas dejan de lado: los lectores poco visibles, la actividad y préstamos de las bibliotecas públicas, los libros que se prestan y pasan de mano en mano, los juegos de copias que se sacan a diario y que llegan a más de una persona. La idea de Pacheco destila a la vez una apuesta de todo y una íntima alegría por el mundo de los libros. Otro escritor, Gabriel Zaid, va más allá de la generalidad de que los mexicanos casi no leen, y apunta algo que corroe: los universitarios casi no leen. Ocupados en obtener credenciales y acreditar sus currículos (indispensables para quien sueñe en entrar y trepar en las burocracias gubernamental y universitaria), no tienen tiempo de leer. La crítica de Zaid se afila más con los que se aferran en publicar sin siquiera releerse y cuyos títulos solo se leerán en sus currículos. La crítica de Zaid no deriva de la amargura de un humanista misántropo, sino de la esperanza, y junto con Pacheco, confluyen en la idea de que si todavía se producen y circulan libros de calidad, inspirados en la tradición clásica, es porque todavía hay lectores de verdad.

Por eso tenemos un presidente de la República que en la presentación de su libro se desplomó cuando le preguntaron qué libros había leído y dejó claro que no lee, o que lo hace como ejecutivo, no personalmente. ¿Y cuántos presidentes municipales, diputados de las cámaras locales, gobernadores, diputados federales, senadores están en las mismas? La lectura nos hace más conscientes de la realidad, nos hace verla con otros ojos, nos hace más humanos; si nuestra clase gobernante no lee, tal vez en parte de ahí venga la ignorancia, la ignominia y la indecencia con que nos gobiernan.

Desde este punto de vista descreo en un estado conspiratorio en contra de la lectura. Nadie puede conspirar contra algo que ignora. Zaid nos dice que antes de la llegada de los tecnócratas al poder, había gobernantes, con no muy altos grados académicos, pero que leían y por lo tanto creían en un mundo mejor a partir de los libros. Los de ahora cuentan con doctorados, pero no leen y sueñan con el ascenso, con trepar en los escalones de las burocracias. El enemigo principal de la lectura es el desinterés. El cambio no nos llegará de arriba, hay que retomar la lectura, el diálogo con nuestros clásicos. Hay que aprovechar que somos enanos —como decía Bernardo de Chartres en la edad media, y que Zaid lo cita casi religiosamente—, sobre hombros de gigantes, y por lo tanto podemos ver más y más lejos.~



1 de marzo de 2014 

febrero 10, 2014

Don Adán

Para Carola


El primer recuerdo que tengo de Adán Avelino es verlo platicar muy serio en el corredor de la casa de mi abuelo. Estaba jodido por la reuma y caminaba balanceándose. Era robusto y colorado. Usaba un sombrero  vaquero. Frente a frente, don Adán sentado en una silla de palos tejida con mecate, y mi abuelo en la hamaca, este deshojaba y rebanaba mazorcas de toqueres, platicaban de la vida del campo, de sus experiencias de agricultores. De sus creencias y tradiciones. De esa tarde guardo la historia del hombre que terminó por huir de la molicie de la casa de sus suegros para irse a vivir bajo la sombra de un árbol.

Recuerdo a los dos viejos, que por esos días no estaban tanto (cincuentones los dos), muy interesados en la conversación que desarrollaban. Ya era de tarde y la luz del sol entraba directamente al corredor. Al poco rato los dos se quedaron callados. Se estuvieron sentados ahí un rato, descansando de su agotadora conversación.

Ahí quedó sellada una amistad. Más allá de que habían contraído deudo (eran compadres), el pasado y la vida de agricultores los unía. Fue la única vez que los vi platicando. Ya después la vida los llevó por caminos distintos. Mi abuelo abandonó su bajial y se ocupó en atender las enfermedades que lo achacaban. Ningún hijo sacó el gusto por el campo, y el bajial terminaría abandonado y rematado. Reducido por la insuficiencia renal, murió a fines del noventa y nueve. Se había negado a la diálisis.

Por esos días yo andaba metido en mis estudios de preparatoria. Aún no sabía el peso que mi abuelo tendría en mi vida. Fue el hombre que me crio. Tengo muy presente su afición a la conversación. Conversar una hora de camino mientras llegaba a su bajial. De él escuché las primeras historias que me asombraron. De él y de las personas que se rodeaba. A veces pienso que mi hábito de lector se explica porque es imposible revivir aquellas conversaciones. Soy un campesino que a falta de tierra busca sacar frutos y entretener el tiempo en los libros.

Cuando me fui a México a estudiar, empecé a visitar más seguido a mi madre, aun llegaba directamente a su casa. Ahí me reencontré con don Adán. Seguía con la reuma, pero todavía trabajando su tierra. Y seguía siendo un gran conversador. Yo, sin darme cuenta, andaba en busca de lo que tuve en el paraíso de mi infancia: el campo y la conversación. Adán fue la extensión de esa ilusión. Me invitó a trabajar a su sembradío de camote y sudé cual peón más experimentado. Por las tardes, como pretexto para empezar a platicar, nos poníamos a jugar baraja. La estima y la admiración por él, pese a vilezas y chismes, estuvieron a salvo. Más aún aumentaron.


Pasaron los años. Adán sembró menos. Murió su mujer. Y vendió su tierra donde sembraba camote, y otras cuatro hectáreas que tenía.

De cuando lo conocí ya pasaron veinticinco años. Me dicen que ahora trota tras una salacidad postrimera. Me dicen que se emborracha muy continuo. Yo lo llegué a ver contadas veces borracho. No negaba que en su juventud tomó, pero cuando yo lo empecé a tratar estaba en la madurez sensata, esa que vilipendia los vicios y avisa de la experiencia.

De lo que me cuentan yo tomo mis reservas. La última vez que nos vimos y cruzamos palabra lo sentí envejecido. Y no me refiero a su cuerpo porque para mí eso es lo de menos, sino a su ser; me habló con un corazón envejecido. Me dijo que la venta de cerveza, su actual negocio y de lo que se mantiene, va mal. Lo oí y lo sentí desarraigado, como debe hablar un hombre de campo que es despojado de su tierra, como debe ser la voz de quien de pronto se le viene una avalancha de vilezas. Un corazón marchito y envejecido. Yo me sentí triste, una tristeza que me puso largo rato pensativo. El sueño del campo desde hace mucho que se fue. Y el último reducto de la conversación viva que escuché en la infancia, y que es don Adán Avelino, sentí que se apagaba.



1 de noviembre de 2013   

febrero 07, 2014

“Te ves mal”, “Pero me siento bien”

Foto Alfredo Cruz Valencia


No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria

Dante Alighieri, Infierno, V.

 

Muchos años después, ya reducido a una poca movilidad por la enfermedad y la pérdida de la vista, sin apasionamientos, sin resentimiento, dice que fue un error haberse casado con su primera mujer. Una prima hermana suya. Ese matrimonio le trajo un sinfín de problemas. El pueblo era chico y la presión del clan fue tanta que no tuvo otra que exiliarse. Se fue a la Ciudad de México. Con esa mujer, que la amó con delirio y arrebato de la juventud, procreó dos hijos. Regresó por una tragedia: la muerte temprana de su esposa y su hija, esta siendo una niña.

Porfirio Santamaría, Polilo, como se le conoce, nació en una casona del corazón del viejo pueblo de Pungarabato. Estas casonas, que eran de los principales, como aún se puede constatar con las que quedan, eran de paredes altas de adobe, techo de tejas a dos aguas, amplias y de grandes corredores. No muy lejos de ellas pasa el río Cutzamala. Polilo nunca olvidaría sus aguas cristalinas y la variedad de sus peces. Muchos años después, en vano trataría de recuperarlo como lo tuvo en los años de su infancia. El río Cutzamala representa su paraíso perdido.

Moisés Santamaría fue un hombre acaudalado que muy probablemente nació en 1882. Fue criado con la disciplina de los tiempos de Porfirio Díaz. Cuando surgió la revolución, que en Tierra Caliente comenzó después del asesinato de Madero (febrero de 1913), mantuvo su apoyo a la línea oficial. Aunque no se involucró en las reyertas, ofreció pequeños servicios de escribiente. La suspicacia que sentía por los revolucionarios se volvió desdén cuando estos llegaron al poder, o mejor dicho, peleaban por él, mediante la intriga, la traición y el crimen. Después de los años turbulentos de la revolución, se volvió de esas personas que añoraban “los tiempos de paz y progreso” del porfiriato.

Ya en la antesala de la vejez, a los sesenta años, contrajo nupcias con una joven de 20 años. A pesar del trastorno social de muchos años que fue la revolución, Moisés Santamaría conservó su patrimonio y aun el aire de dignidad de los ricos del porfirismo. Cuando nació el segundo de sus hijos, ya tenía el nombre: Porfirio, por el general Porfirio Díaz.

Dice Polilo que su padre lo procreó a los sesenta y tres años. Pero muy lejos de un anciano apolillado y agotado. Cuando él llegó a la adolescencia su padre ya era un octogenario pero con ímpetu para la crianza de sus hijos y para la vida misma.

Cuenta Polilo que el desprecio que su padre tenía por los revolucionarios se agudizó hacia el presidente más popular de México, el general Lázaro Cárdenas del Río, a quien consideraba como parte de esa runfla de advenedizos que se enriquecieron con la revolución. No obstante, Cárdenas, que tiene fama de haber visitado muy continuo ciudad Altamirano; “el gran benefactor de estas tierras”, siempre que venía procuraba pasar a saludar al viejo Moisés. Este procuró que ninguno de sus hijos le pidiera ningún favor, ninguna influencia al general. Salvador Santamaría, sobrino de Moisés, primo hermano de Polilo, fue el cacique de Altamirano hasta 1985, año de su asesinato. Por el poder político y su riqueza se sabe que él si sacó provechó de su relación con Cárdenas.

Pero Polilo no andaba en busca de favores ni esperaba alianzas con nadie que no tuviera simpatía por sus ideas comunistas. Llega al tema de la revolución cubana (1959) y su voz —gruesa, ahuecada—, centellea como una pasión juvenil. Es su gran ideal. El gran referente de su concepción política. En el éxtasis de la conversación, le pide a Aída, su plácida esposa, que le lleve una valija que guarda con mucho celo. De ahí saca un póster de cartulina dura, donde aparecen Castro y el Che Guevara extendiéndose un abrazo, risueños de triunfo. Traspapelada, también aparece una fotografía de un grupo de niños de kínder, y al costado derecho de la foto, en grande, el rostro de una niña; a pesar de los años, la foto está bien conservada. Es la hija de Polilo, muerta niña hace muchos años.

Una vez le pregunté a Polilo si no resentía haber venido a menos con la hacienda que le dejó su padre. Pronto me di cuenta de lo impertinente, innecesaria de mi pregunta. Pero sin inmutarse me contestó que en realidad él nunca le dio importancia al dinero ni a la posición social. Con los años habría de dar muestras de una honradez a prueba de fuego. Casi como un voto de pobreza franciscana.

Hace diez años fundó una organización civil “Rescate ecológico del Río Cutzamala”. Su espejo feliz de aguas puras en el paraíso de su infancia. Me han dicho que aun viviendo en otras comunidades cercanas de Altamirano ha procurado hacerlo cerca del río. Cuenta que sin ningún recurso se echó a andar para ir a ver al Jefe de Gobierno del Distrito Federal, que por ese tiempo era Andrés Manuel López Obrador y al presidente Vicente Fox. Seguido nos acusamos y hasta nos recriminamos que somos unos ciudadanos apáticos, que no vemos más allá de nuestros intereses propios y mostramos total desinterés por los problemas de nuestra ciudad; sin embargo, cuando Polilo empezó a tocar puertas para su proyecto, muchos ciudadanos lo apoyaron de manera abierta. “Rescate ecológico del río Cutzamala” fue dada de alta como una organización civil y Polilo Santamaría fue a entrevistarse con el Jefe de Gobierno y el Presidente. Interesante su experiencia por la imagen que se pudiera tener de estos personajes. López Obrador le pareció un tipo déspota y altanero. Lo recibió mal y lo despachó grosero. No era del modo de un líder tan popular como lo era por aquellos años. Lo mandó con “el vecino”, que así se refería al presidente. Por suerte, con Vicente Fox, le fue fácil llegar. Polilo sabía, por relato de una de sus hermanas que trabajó en la Cocacola cuando esta compañía llegó a Altamirano, que para abrir ruta había llegado un hombre de Guanajuato, enorme y muy trabajador. Hacía nada más una comida al día pero bien despachaba, de cajón un kilo de carne y dos litros de leche. Ese hombre, que impresionaba por su estatura y su capacidad para cargar muchas rejas de refrescos (por sus enormes brazos), quedó grabado en varios altamiranenses. Cuando Vicente Fox llegó a la presidencia, muchos quisieron ver en ese hombre al joven aquel que había venido con la Cocacola. Estando frente a frente, Vicente Fox le pidió a Polilo que se identificara. Cuando este lo hizo y le dijo que procedía de Ciudad Altamirano, Fox tomó confianza, despachó a sus escoltas y se puso a platicarle relajadamente cómo él había estado unos meses en aquella ciudad. Fox le inquirió para dar con el nombre de una señora que vendía enchiladas en un puesto de cena, le quería regalar una casa. Se acordaba que era una mujer pobre y sin vivienda, pero Polilo no pudo dar con esa mujer.

Al final de aquella entrevista, Fox lo invitó a desayunar: “Te ves mal”, le dijo. “Pero me siento bien”, le contestó Polilo. Había dado sin muchas vueltas con el presidente y este prometía ayudarlo en su petición de sanear el río Cutzamala. Giró órdenes al secretario correspondiente y este a sus inferiores y estos a sus subalternos. Y la orden, que venía del presidente de la República, en un principio tuvo mucha repercusión pero se fue perdiendo como una resonancia que se va extendiendo en círculos burocráticos cada vez más lejanos y difusos.

Luego llegaron los malestares de la enfermedad, y junto con su segunda esposa, hubieron de abandonar ciudad Altamirano para irse a vivir a Tanganhuato. Es su segundo exilio. Polilo tiene presentes los cuadros costumbristas del antiguo Pungarabato. Su río clamoroso y limpio, generoso para la pesca como era; su centro de casonas y los barrios viejos con sus casas y sus chozas. La vida rural, artesanal, donde se conocían todos, y tal vez por eso había una relativa paz. Luego llegó el crecimiento, el engañoso progreso y Altamirano, que se volvió la capital del comercio de la región, se desbordó. Siguió por muchos años la pobreza. Muchas personas hicieron grandes fortunas, lo que disparó como nunca antes la desigualdad. De manera inconsciente estas personas adineradas estaban preparando el escenario para la llegada de los capos avasallantes, sedientos de dinero. Polilo cuenta que le ha tocado ver estas tres etapas de Altamirano. Y siente tristeza por todo… por su río Cutzamala ahora de aguas inmundas.

Polilo lee —o por lo menos leía, porque ahora casi ya no ve—, al filósofo francés Jean-Paul Sartre (1905-1980). Algún tiempo recibía el “Gramma” de Cuba y presumía que era “oro fino” para él. También leyó La Divina Comedia, y dice parafrasear a Dante Alighieri (1265-1321), hombre que por intrigas políticas nunca regresó a su tierra añorada que era Florencia, Italia. “Para sobrevivir —dice Polilo citando a Dante—, el hombre habrá de olvidar sus malos recuerdos y acordarse de los momentos maravillosos que vivió”.

 

16 de enero de 2014

 

 

febrero 01, 2014

Creciente


Antes de la luz del alba del 16, fui por los rumbos de los Bajiales para ver hasta dónde había llegado la creciente. En media hora estuve ahí. El río llegó hasta la mitad del camino del canal de riego. Nadie recuerda que antes hubiera llegado hasta ese punto. La inundación no solo fue de los Bajiales, propiamente dicho de las tierras bajas del río, sino también de las tierras que los campesinos llaman de “barro”. Vi las tierras con sus siembras bajo el agua, vi los perros campestres que huyeron de la creciente y que ladraban desperdigados por el camino, ladrando falsamente porque de un rato para otro se vieron sin propiedad que cuidar, vi un amanecer sombrío, vi cómo dos pastores se regresaron desolados porque les fue imposible ir a ver su hato de borregos, vi cómo el rumor incesante del río acalló por siempre el gorjeo de las aves que saludan el nuevo día.
Le di en sentido contrario del camino del canal y me adentré en el camino viejo, llamado así me supongo porque era el natural para llegar a aquellas tierras antes que se zanjara el canal. Esto ya hace muchos años. Caminé poco para ver la creciente como una vista de mar, inacabable, con su agua revuelta precipitándose por las partes más bajas. Vi como si el mundo se acabara de crear. El rey, que escogió el lugar más bajo para servir, nos recordaba sus antiguos dominios. El río caudaloso que estaba frente a mí algún día de mediados del siglo xvi recibió a Fray Juan Bautista Moya, quien para cruzarlo adiestró a un caimán y sobre su lomo se trasladó a los pueblos aborígenes para divulgar el evangelio.
Mis sentimientos chocaron. Por un lado me maravillaba al ver cómo el río se recreaba en su leyenda más antigua; pero por el otro, la creciente inundaba con su agua puerca mi pecho al pensar en los sembradíos de cientos de hectáreas que se perdieron. Para salir a salvo, tuve que pensar las cosas positivamente: los campesinos sabrán sobreponerse. La vida o el amor a la tierra los harán seguir depositando la semilla, confiando en la madre tierra. Nada más basta que el sol, que no depende de nadie, salga con su fuerza y enjute aquellos terrenos.
Volví a la ciudad pensando esto, la imagen avasalladora que había visto del río peleaba por sobreponerse a la tristeza de pensar en las pérdidas lamentables. Con estos pensamientos me encontraba cuando me encontré con el Pato, viejo conocido, tartamudo él; y nos saludamos:
—¿Ya viviste el río? —me preguntó.
—Sí. Llegó lejos, ni en el 67, que fue la última gran creciente, subió tanto —quién sabe por qué le dije esto al Pato, lo que hizo que él también se soltara:
—Ayer lo mimiré dedetrás del cerro, por donde la trituturadora, todo era rirío, totodo estaba inunnundado. Nomás se mimiraban las puntas de las totorres de la iglesia de las Titinajas. Me dio hasta miemiedo ver aquequello.
Lamenté no haber ido a ver el río por donde me decía el Pato. En efecto, ahí es una parte alta, desde donde se pueden ver los arreboles ardientes del amanecer, y también, el ocaso que anuncia la paz de la noche. Así es que desde ahí se pudo haber tenido una buena vista. Al otro día fui pero todo era neblina, por más que caminé y caminé no pude ver nada, nada más las capas de niebla que se levantaban con el sopor de la mañana. Al siguiente amanecer volví otra vez pero la creciente ya había bajado. Sin embargo, quedó la huella fatal de su paso y por un rato me puse a recrear cómo, a la distancia, se pudo ver aquella serpiente plateada que se había tragado un brazo de mar, y cómo se hubiera visto deslizando presurosa, implacable. La vi a través de las palabras del Pato, y también sentí el vértigo de un vago miedo del hombre antiguo que vio por primera el río después de la creación.

16 de septiembre de 2013

enero 30, 2014

Presidentes y antiprensa

Mis primeras nociones políticas descreían de la Democracia (así con su letra inicial en mayúscula). Nada más me bastaba leer algún diario para saber de las tropelías de nuestra clase política, y así, yo decir: “¿Quién, cuándo llegará un Robespierre para que corte de tajo esta hidra de personajes que han reducido la política a desprecio y lodo?” Pasaron los años, hubo lecturas, y de pronto me vi como un simpatizante de la Democracia. Dejé de menospreciar vivir en un sistema de libertad de conciencia, donde se puede opinar y discutir. En esto me ayudaron —algún día los asimilaré—, los libros de uno de nuestros mayores liberales demócratas de nuestro tiempo: Enrique Krauze. Un intelectual que tuvo la valentía —se dio el lujo—, de ejercer la crítica al PRI cuando este se encontraba aún en el esplendor de su dominio. En los ochenta publicaba sin reticencias como un luchador por una “Democracia sin adjetivos”.
En el 2000 se dio la alternancia en el poder. La presión de la sociedad civil, que en la Ciudad de México encarnó en el triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas en el 97, había consolidado un ambiente de libertades políticas. Catorce años después, las cosas no son tan sencillas y halagüeñas como pidieran parecer. No hemos llegado a la panacea de la Democracia. Hay muchos lastres, muchas miserias que venimos arrastrando.
Una de ellas es la impunidad de la vida faraónica de los gobernadores. Ángel Aguirre Rivero, el de Guerrero, es uno de ellos. Sagaz y verboso, gobierna con discursos cínicos por su doblez, desde su nubecilla de “jefazo”, como le dicen sus subordinados.
Otro lastre, hecho a la imagen y semejanza de sus tutores los gobernadores, son los presidentes municipales. Esperan una canonjía de sus respectivos partidos. Inician una campaña, conscientes que es una inversión privada, llegan a los ayuntamientos y ejercen como negociantes. No hay necesidad de mencionar la corrupción porque rapazmente, y con una pequeñez visceral, quieren asegurar su futuro con los recursos públicos. La presidencia es el inicio de sus carreras. Sus grandes ambiciones los hacen ver pequeños. Están pensando en el futuro político, en trepar a otros puestos más grandes, donde haya chance de crecer, donde haya recursos públicos.
Los presidentes se imaginan su paraíso. Si no fuera por los capos, que últimamente a su vez los extorsionan y les arrancan negociaciones turbias, vivieran gozosos en ese pedazo de paraíso de tres años. Manejan la doblez del discurso, a veces no tan hábilmente como el guía del momento que es Ángel Aguirre Rivero; y como no hay en la prensa nadie que los desmienta, que los exhiba en su fariseísmo, no pasa nada, viven felices. Al otro día del discurso vacío, cuando no hipócrita, los presidentes refrendan contratos con los dos directores de diarios con presencia en nuestra región, son espléndidos con los reporteros y les hacen desayunos, les dan sus buenas palmaditas en el hombro. Son amigos. Los periodistas —salvo sus raras excepciones—, así se vuelven poco menos que publirrelacionistas de los presidentes. Todo es una francachela, y digo poco menos, porque nada más falta que un incauto reportero le pregunte al funcionario qué va a pedir para la comida.
Y los presidentes muy contentos, la presidencia es un logro personal. No distinguen entre su persona y el funcionario que son: el ayuntamiento es el presidente. Se vuelan tanto que no son capaces de discernir que frases como “El presidente más joven…” o “El mejor presidente municipal de México”, que un reportero bribón utiliza como eslóganes para presentarlos, llegan al diálogo civil como una ironía que los caricaturiza como unos pobres hombres ávidos de zalamería.
Esto es un lastre de nuestra democracia. Presidentes rapaces que disponen de los recursos públicos a su voluntad porque no hay quién les pida cuentas. Una prensa corrompida —antiprensa—, porque niega su origen decimonónico: la crítica del poder y su participación en un diálogo público de buen nivel.
Los dueños de los diarios disfrutan de un cacho del paraíso de los presidentes: los contratos de publicidad (que no son malos por sí solos, pero no deben imponer la autocensura y simulación en el manejo de la información). Estos contratos son imprescindibles para los presidentes para poder trotar gozosos en el terreno de la impunidad con una imagen límpida y sonriente. Para esto, los periodistas también son apapachados, por eso un reportero mojigato cobra doce mil pesos mensuales como aviador aunque en nómina aparezca como “Asesor en comunicación”.
¿Cuándo llegará un Robespierre que arrase con nuestra actual clase política? Ya no espero nada parecido a eso. Aspiro a la democracia liberal, pero sigo teniendo mis críticas, mis dudas, más cuando la reducen a un carnaval donde la chacota, más la simulación, las dobleces de sus protagonistas la reducen en lodo y ambición vil.


30 de enero de 2014

enero 28, 2014

De capos, facinerosos y caciques



Le debemos a Viliulfo Gaspar Avellaneda (San Lucas, Michoacán. 1942) la historia de Isaac Alvarado Reynoso, el Zopilote; bandido que alcanzó notoriedad en la región de Tierra Caliente en el primer lustro de la década de los treinta. Uno de los delincuentes “más espectaculares y desalmados que tuvo la región”. Sus robos en los caminos reales, el asalto a las casas ricas y el enfrentamiento que seguido tenía contra las fuerzas rurales y militares le dieron fama. Sus golpes los daba en el puerto de Malpaso, “estrecho pasadizo natural formado entre los cerros de El Caracol y La Doña, paso obligado para los viajeros” que tenían que agarrar la ruta de Huetamo.

     El Zopilote tenía algo de peculiar. Tenía aceptación popular. Esto, por entre otras cosas “ayudaba a los pobres”. El Zopilote no tuvo nada que ver con la refriega armada de la revolución pero “surgió a la par de tantos bandidos que aparecieron después de esta y al quedar sin trabajo no tuvieron más camino que dedicarse a la rapiña”. Viliulfo no deja de decir que otros también lo hicieron desde los cargos que obtuvieron y que se enriquecieron utilizando sus puestos y sus influencias en el poder.

     Había una dualidad en la clase política dominante respecto al Zopilote. Por un lado deseaban su captura y eliminación, y por el otro, lo aprovechaban para negocios turbios y como pistolero contra sus enemigos.

     Por ejemplo, al Zopilote se le achacó la muerte de Alberto C. Reyes, hombre que vestía calzón de manta y gabán sobrepuesto (como vestía la gente de campo de ese entonces), que causaba desconcierto en sus vecinos porque leía libros de Voltaire, Rouseau, la Divina Comedia y otros libros clásicos. En los primeros años de la década de los treinta una hambruna azotó a su pueblo natal Zirándaro, y él que sembraba extensas tierras y que tenía sus trojas llenas de maíz, lo repartió entre la gente más pobre. Aun se fue a la ciudad de México y tuvo la audacia de entrevistarse con el presidente de la República Abelardo L. Rodríguez, y arrancarle un préstamo de diez mil pesos que ocupó para comprar maíz y otros bastimentos que trajo, de la ciudad a la estación Balsas en tren, y de ahí en lanchones río abajo. La gente de Zirándaro lo recibió con fiesta. Así se convirtió en el gran líder, y pronto se interesó por el ejido y el reparto de las tierras a los campesinos. Sus sueños los frustró el Zopilote a quien le pagaron para que lo matara. Eran momentos turbulentos por la repartición de las tierras.

     El sargento Aristeo Olmos llegó para acabar con el Zopilote. Por ese tiempo se acostumbraba que a los bandidos y criminales, a los carentes de dinero e influencias, se les colgara de un árbol en el lugar donde habían hecho sus fechorías. El sargento tendió varias trampas al Zopilote pero este las burló. Por esto el sargento le tomó un odio tremendo, lo tomó como un enemigo personal.

     Sucedió que el Zopilote con dos de sus secuaces se robaron a la mala a tres muchachas de Ceibas Altas. El Zopilote se llevó a la suya a su guarida que era una cueva del cerro del Tule, próxima a Querutzeo.

     Irene Baltazar, que así se llamaba la muchacha que el Zopilote se robó pudo escapar y volver a su rancho. Dio informes sobre el punto exacto donde su malhechor se encontraba. El sargento Olmos movilizó a su gente y se lanzó hacia su captura. Unos disfrazados de vaqueros y otros aparentando ser cazadores subieron en su busca. Tocaban un cuerno para no darle a maliciar, porque así acostumbraban los que buscaban alguna res perdida. No perdieron el tiempo. Lo encontraron cuando bajaba montado en una bestia. No le dieron tiempo a nada y le pegaron dos balazos, pero no lo mataron. El Zopilote se acobardó y pidió clemencia. El sargento Olmos, tranquilo y ceremonioso ordenó que cortaran un palo largo, como una tranca; y pidió sícuas “(corteza verde que cubre los árboles)”, y él mismo procedió a amarrarlo de las muñecas y de los tobillos. Metió el palo entre sus manos y pies y ordenó a dos hombres que lo bajaran cargando en los hombros los extremos de la tranca. Mal la pasó el Zopilote sus últimas horas. Las heridas de los balazos se le habían hecho unos boquetes donde parecía que las tripas iban a salírsele, y la tortura más grande fue que sus brazos, por el peso de su cuerpo se descarnaron y los huesos rosaban directo con el palo. El sargento con sus hombres no pararon, tomaron un descanso en el rancho Querutzeo, donde la gente salió de sus chozas de zacate para verlo, y de ahí lo llevaron a Ceibas Altas, donde por fin lo colgaron. Dicen que ya iba muerto.

     Desde la primera vez que leí la historia del Zopilote me resultó difícil no relacionar este personaje con los actuales jefes de los grupos armados. La misma audacia, la misma violencia y hasta los mismos rumbos. Nada más que estos jefes no necesitan barrancas ni cuevas para esconderse. Están diseminados en las poblaciones. Se pasean muy avasalladores con su aparatoso grupo de pistoleros  por las comunidades. Tienen una red de informantes y vigías que los tienen al tanto del tránsito de las carreteras. Han infiltrado las administraciones municipales, de donde disponen de recursos; y tienen dominio en varias dependencias gubernamentales.

     De las ciudades de Tierra Caliente, Altamirano ha sido la más perjudicada. A principios de este siglo era un lugar próspero. Se podía echar andar un negocio sin mayores preocupaciones. No obstante de sus cinturones de pobreza y su flagrante desigualdad, vivían ahí empresarios exitosos, comerciantes acaudalados, burócratas encumbrados, médicos que habían hecho grandes fortunas, en fin vivía gente de dinero tranquilamente. En el 2004 aparecen los capos y sus legiones. Llegan para controlar el mercado y el paso de las drogas y desatan un baño de sangre entre degollados y desollados. Pronto se dan cuenta de una veta de oro: la extorsión, el secuestro y el cobro de piso. Todos echan mano del hervidero de ricos que es ciudad Altamirano. Todos se creen dueños de “la plaza”. Llega gente de los capos que están en San Lucas, en Coyuca y en Arcelia para sacar dinero de muchos modos. Si los fuertes empresarios regionales —no las trasnacionales ni las grandes empresas de redes nacionales—, los medianos y los pequeños no han cerrado y huido, viven azarosos, sabedores de la impunidad e inconsciente ambición de los capos.

     En ciudad Altamirano ya existe un repudio contra los grupos armados. En un principio hubo una íntima simpatía. No dejaban de admirar las noticias que se tenían de los grupos, cuando la pelea era entre ellos. Región acostumbrada a la violencia, y con una desigualdad enorme, en algún tiempo sus pobladores llegaron a ver con buenos ojos a los narcos, esos que se dedicaban al tráfico de drogas, que se desaparecían de la ciudad porque se iban a los Estados Unidos y regresaban con mucho dinero a disfrutar de la vida. Hacían sus fiestas fastuosas, lucían su dispendio y se dejaban ver con sus excesos mundanos. La gente los aceptaba sin mayor reparo, mientras se dedicaran a lo suyo. Nadie pensó que estos personajes estuvieran preparando el escenario para una guerra entre capos, y que después, estos, se fueran de modo rapaz contra la población civil.

     Hay ciudades donde esa simpatía con los jefes de los grupos armados aún existe. Tal vez porque no han sido desangradas y exprimidas como Altamirano. He escuchado a personas de Huetamo y Arcelia que refieren que la gente armada por ahí se pasea y que la verdad de las cosas con ellos no se meten, que al contrario, les dicen que si alguien anda haciendo males (obviamente que no sean ellos), que les digan porque ellos están para “proteger al pueblo”. He escuchado esto de personas que no tienen nada que ver con los grupos y se dedican a su trabajo, y surgen las preguntas: ¿son ciudadanos ya no digamos sin conciencia histórica, sino sin conciencia social? ¿Cuándo notarán el estancamiento, y aún el retroceso que la región ha tenido a causa de los capos? Si la Tuta escuchara esas palabras —que estoy seguro que las escucha—, sentiría el éxtasis de su enseñoramiento. Por eso el cinismo con que se anuncia como protector del pueblo michoacano, una triste réplica de los discursos vacuos y demagógicos de nuestra clase política.

     Los jefes de los grupos armados a diferencia del Zopilote, que azotó los caminos reales en la década de los treinta, no están fuera de la ley, están por encima. Pueden manipular a presidentes municipales y otros funcionarios públicos. Han interferido en elecciones. Tienen una gran red de vigías que les informan del desplazamiento de tropas del ejército, que son a las únicas que les temen. Hay policías municipales que están al servicio de ellos. Hay policías federales que saben guardar disimulo.

     Uno de los traficantes que alcanzó notoriedad en la región de Tierra Caliente fue Chuche Borja. “Marihuanero”, la palabra que se usaba porque en un principio nada más la marihuana se traficaba. Era el primer lustro de la década de los ochenta y sin lujos ni camioneta Chuche Borja  con sus hombres visiblemente armados llegaban a ciudad Altamirano en el transporte público proveniente de Huetamo. Una noche, en una calle del centro, protagonizaron una balacera donde murió una mujer por una bala perdida. Esta mujer dejó huérfana a una niña de brazos, que por cierto es de mi edad, y que por ahí anda desperdigada entre preocupaciones domésticas.

     Chuche Borja se decía comandante y vigilante del pueblo de San Lucas. Y parecía que era protegido por altos mandos militares. Se le miraba convivir con tenientes y coroneles.

     Él llegaba mucho al Hotel los Arcos, que estaba en Rivapalacio, y que era un lugar habilitado como cantina. Ahí llegaba con su gente a tomar cerveza.

     Chuche Borja con sus hombres asaltaba, violaba y mataba. El hombre se envinó y perdió el piso con el poder que había alcanzado. Fue más allá de lo que tenía permitido. Una versión dice que con su gente mató a una familia entera en el municipio de Zirándaro. La noticia de esta tragedia llegó a altos mandos del gobierno y ahí empezaron a acabarse sus privilegios.

     Un día se encontraba en el Hotel los Arcos, y ahí llegó el coronel Ortega con soldados.  Él lo vio con naturalidad y le dijo que se agregara a la rueda a tomarse una cerveza. El coronel no aceptó y le dijo que tenía orden de aprehenderlo. Chuche Borja lo tomó como una broma y el coronel dio instrucciones a los soldados para que los arrestaran. Ya preocupado, le ofreció al militar 10 millones de pesos, pero de nada le valió.

     Se los llevaron al cuartel del 40 batallón de infantería de ciudad Altamirano. Y de ahí los regresaron a Rivapalacio para llevar a Chuche Borja a Los Brasiles, lugar de su residencia. Allá le encontraron Marihuana almacenada y ahí comenzó su suplicio. Era la hora en que el sol está más caliente. De Los Brasiles a la carretera hay que recorrer un buen tramo de brecha de terracería. Le desollaron las plantas de sus pies y lo hicieron caminar sobre la tierra caliente hasta llegar a la carretera. Su madre, al presentir lo que le deparaba a su hijo, le suplicó al coronel que no se lo llevara, que ahí mismo se lo matara. Fue cuando Chuche Borja dijo sus proverbiales palabras: “Levántese, mi amor; él es un gobernante, pero no es mi Dios”.

     Chuche Borja caminó un buen tramo. Apareció un helicóptero cerniéndose en los aires; bajó, lo subieron ahí y nunca más se volvió a saber nada de él.
     
     Por los años de los setenta y ochenta cobró fama el “pozo Meléndez”, que se localiza a la vera de la carretera Taxco-Iguala, y tiene una profundidad abismal. Las dependencias policiales lo utilizaban para echar ahí a rebeldes, guerrilleros y también criminales que desestabilizaban el sistema. Dicen que Chuche Borja ahí fue a parar.

     Si revisamos la historia política de nuestra región no es difícil de encontrarse la figura del gran jefe, el cacique que con los de arriba se muestra sumiso y cuidadoso de sus intereses; y con los de abajo, el pueblo a la merced suya, se manifiestan con arbitrariedad y fuerza que les da el poder. La ley ellos la hacen. Los jefes de los grupos armados y Chuche Borja —este en su tiempo—, son herederos de esos personajes. Podían surgir facinerosos a la par que los caciques pero no tardaban en ponerse al servicio de estos y si se salían del control eran destripados, tal como pasó con el Zopilote en los primeros años de la década de los treinta.

     En “El diputado Chávez y Tacho López” (Relatos y leyendas de Tierra Caliente, 2006), Viliulfo Gaspar Avellaneda nos cuenta de los avatares de algunos caciques de su natal San Lucas. Otra vez Viliulfo, quien está escribiendo una obra valiosísima que nos ayudará a entender nuestra historia y realidad. En constancia y dedicación, y también en calidad, es un autor sin precedente que se ha inspirado en nuestra región.

     El diputado Chávez llegó a Huetamo desde Morelia, y de inmediato hizo llamar a Tacho López, quien la hacía como jefe de las defensas rurales, mayordomo de los asuntos municipales, era el cacique local. Tacho López se presentó de inmediato con su gente armada, que lo andaban con viejos máuseres de la revolución. La gente del diputado le dijo a la de Tacho López que entregaran sus armas, que las tenían que matricular. Era una triquiñuela. Ya no se las devolvieron. El diputado le informó a Tacho López que quedaba relevado de su cargo. Ahora se quedaría en ese puesto Froylán López.

     Eran nuevos tiempos. Entraba el cardenismo (1934) y los cambios venían desde arriba. A Froylán López tal vez le faltó “movilizar influencias, cambiar el color de la fachada, presentar lealtad al nuevo régimen y conseguir la continuidad”.

     Adolfo Valle, hombre de presencia en San Lucas, se encontraba en dicha reunión y al enterarse quién iba a ser el nuevo mayordomo de los asuntos municipales, expresó su desacuerdo. Froylán López era un asesino. Había matado a un hombre que la gente sabía que estaba loco y decían que era “marihuano” porque había pertenecido al ejército mexicano. Un día este hombre se emborrachó y andaba corriendo por las calles del pueblo. La policía lo perseguía, y aquel hombre le hizo frente a uno y lo desarmó. Froylán se mamposteó detrás de un árbol y desde ahí le disparó y no le erró. Froylán López, exacerbado, contestó las acusaciones que Adolfo Valle hacía en su contra con el diputado. Este, con visible disimulo le dijo al nuevo hombre del poder que no hiciera tropelías, que de lo contrario, lo vendría a sustituir también.

     Tacho López, el de los hombres con máuseres de la revolución, hacía poco era el hombre fuerte, y ahora andaba viendo cómo salvar su vida. Correos de hombres de su confianza le informaron que por las dos salidas que había para regresar a su pueblo lo esperaban dos emboscadas para matarlo. Retrasó su salida y salió hasta que le confirmaron que las emboscadas se habían retirado.

     Al final, en este relevo, no hubo sangre. Pero siete años atrás, cuando Tacho López desplazó a Cheque López, sí la hubo. Cheque López había sido el cacique después de la revolución. Tenía a su servicio “una banda de matones” para el gobierno del pueblo y localidades periféricas. Era temible por sus pistoleros. Para relevarlo hubieron de matar a un hombre de sus confianzas, amañar la situación para que él pareciera el asesino y así se proscribiera de la política.

     Volviendo a Froylán López, quien sustituyó a Tacho López y que comenzó con los tiempos del cardenismo, él se supo adaptar a las épocas de “conciliación” y control político a través de la movilización de contingentes agrarios. Él sí “se informó a tiempo para movilizar influencias, cambiar el color de su fachada, presentar lealtad…” Froylán López fue cacique casi tres décadas. Y un día su relevo llegó desde Morelia y el control pasó a otro López: Jesús López Montaño.

     Para entender el relevo de los caciques, Viliulfo sube estos personajes a las tablas del teatro que representa una comedia, donde el personaje que no es capaz de interpretar el papel que le corresponde es bajado y sustituido por otro. Volviendo a los capos que azotan actualmente a la región con sus legiones de pistoleros y vigías, y aplicando la idea de Viliulfo, que va más allá del sarcasmo y nos señala la arbitrariedad de los que toman las riendas del poder como una fatalidad, una “práctica milenaria”, bien nos podemos preguntar: ¿cuándo serán bajados y suprimidos de la comedia (tragedia)? El público está harto y no sale de él más que rechiflas e imprecaciones. ¿Cuándo los que pueden hacer los cambios de personajes desde arriba lo harán antes que el teatro quede vacío? El tiempo ayudará a saberlo.~


2 de diciembre de 2013.