marzo 01, 2014

Gente que no lee



Un profesor habla de la importancia de la lectura frente a un grupo de alumnos. Es un profesor que lee de verdad, por gusto, y no lo dice por mera repetición de la propaganda educativa. La lectura es el medio por excelencia —les dice—, para llegar al conocimiento y apropiarse del saber. La observación y la experimentación llegan al punto que necesitan de la lectura crítica. Aclarando que la palabra escrita y la imagen pueden desembocar en lenguajes distintos, arremete contra la segunda y dice que esta no subyuga a la primera. Que es un sofisma aquello de que una imagen dice más que mil palabras. Anima a los despistados. La lectura requiere un poco de esfuerzo mental para descifrar las frases, los párrafos, el texto. En modo alguno la imagen ha sustituido a la palabra, aunque en estos tiempos de facilísimas imágenes así lo parezca. Hay una conexión instantánea con la imagen, lo que no ocurre con un conjunto de palabras, que requieren atención para captar lo que nos quieren comunicar. Por eso es más fácil ver una película complicada que leer un texto sencillo. La imagen que no está cifrada en un discurso artístico desmerece de nuestra atención. Lo que vemos en la pantalla en media hora, lo podemos leer en solo cinco minutos.

El grupo de alumnos es afortunado porque les tocó un profesor que lee, que les transmite su entusiasmo, que no sigue una línea rígida y hace refrescantes interrupciones para hablarles de sus libros preferidos, de las lecturas que lo cautivan cada día. Afortunados porque no les tocó un maestro que para desviar la atención de su desfachatez y carencia, achaca el desinterés en la lectura a muchos otros motivos, sobre todo porque los muchachos no aprendieron el hábito de sus padres. Están lejos de los mentores que eran la esperanza para los hijos de campesinos pobres y analfabetas. Hay en los grandes lectores mucho de inasible e inesperado. Se hacen en condiciones adversas y muchos provienen de padres no lectores. Hay como un influjo celestial. Como si fueran predestinados para vivir en un jardín. Ya dependerá de cada quien qué frutos coman, qué siembren y qué cultiven. Pero aparte de la inquietud personal; sí, también los padres, los amigos y la gente que los rodea; pero los profesores no deben desviar la atención, y deben ser ellos los principales focos de infección de la lectura, los propagadores del vicio de leer. Hasta el nivel de preparatoria yo no tuve la fortuna de conocer a un profesor que leyera, acaso el maestro de historia Gabriel López Sarabio, que impartía su clase con pasión inusitada, y le llegué a ver en su escritorio los tomos de Historia General de México del Colegio de México. De ahí para el real no tuve noticia de otro que leyera de modo desinteresado. Mi gusto por la lectura llegó de otros rumbos.

Es difícil que todos se dediquen a leer pero más de uno recordará al profesor que habla de sus libros como un gran motivador, como la persona que les señaló el camino. El mundo de oficios y actividades es tan amplio como la porción de mundo que nos toca recorrer. El alumno sale a la calle y se encuentra con gente que no lee. Gente que tiene a la lectura muy lejos de sus afanes o simplemente no existe esa noción en su cabeza. Y de verdad que no deja de ser gente muy inteligente, muy activa y trabajadora, gente que produce, aunque sea para la subsistencia, gente que vive la vida sin necesitar de un libro. Trabajar y producir le dan un brillo especial al hombre. Los poetas de todos los tiempos han festejado la capacidad del hombre para sobreponerse a cualquier adversidad. Mientras no aparece la muerte en su horizonte encuentra soluciones para sus grandes problemas cotidianos, da con salidas en los laberintos que lo detienen en su marcha, la luz que lo ofusca, luego la domestica para alumbrar lo que antes era confuso e inaccesible. La inteligencia, su capacidad, el mismo hombre son un misterio.

A diario vemos cómo las personas ejercitan su inteligencia: hacen cuentas, reflexionan sobre una pérdida de un mal negocio, profieren palabras y frases que desahogan y aclaran la mente, se concentran en algo que se niega a salir, esfuerzan la memoria para capturar un dato, un nombre que parece olvidado; escuchan con suma atención, refulgen en el momento revelador… El alumno que escuchó con simpatía al profesor, y que nada más al salir a la calle se ve en medio de la vorágine de la inteligencia de hombres que nunca han leído un libro, y que hasta pueden ufanarse de no hacerlo nunca, diciendo, muy orondos, que lo poco o mucho que saben lo han aprendido en la universidad de la vida, puede caer en el desánimo y preguntarse: “¿Para qué diantres sirve leer?”.

Cuando nos acercamos a una persona enfrascada a su actividad cotidiana, de la cual produce y se mantiene, refulge el brillo del sudor de su frente, que no parece una maldición, sino lo que lo distingue como ser dominador de las especies. Habla, saca palabras vivas y frases hasta memorables, todo en relación a su trabajo. No deja de sorprender, y si el alumno despistado anda por ahí, no tiene otra que meter sus manos en los bolsillos de su pantalón, erguirse, bajar la cabeza, echar la vista al suelo y marcharse, apenas mascullando: “¿Para qué diantres sirve leer?”.

Los buscadores del asombro y lo maravilloso pueden detenerse frente a un puesto de quesadillas en la calle, mirar de cerca, platicar con la señora que las hace y las vende y embarcarse al puerto de la admiración. La señora les platicará, y no es para menos, que se levanta a las cuatro de la mañana, las pizcas secretas y el punto que debe alcanzar el amasado, lo indiscutible de los ajos y cebolla para dar con el buen sazón, el espesor ideal que deben alcanzar los guisados, la preparación de salsas que animen al frugal y el comilón no deje de alabar, las que hubo de pasar para establecerse en esa banqueta, de cómo se granjea a los inspectores de la autoridad y las dádivas que les da… Durante la plática soltará frases esplendorosas dignas de trasladarse a una crónica. Y después de su sabrosa charla, no debe admirar qué grado de estudios tuvo, sino que en su vida ha abierto un libro. El alumno que anda en busca de libros, esta vez se impacientará: “¡Para qué diantres sirve leer!”.

Y así pasa con todos los trabajos y oficios: desde un vendedor ambulante hasta un alto ejecutivo, pasando por comerciantes, empleados, oficinistas, burócratas, obreros, campesinos, tablajeros, artesanos, profesionales, especialistas y maestros de oficio. Pero si se hace una segunda visita a la señora de las quesadillas ya no tendrá mucho de dónde echar mano, ya el buscador de lo asombroso no se maravillará tanto, a menos que le platique el caso de su vida. Toda vida puesta en palabras es cautivante. Con sus triunfos, sus desgracias y vicisitudes. Y ya contado su testimonio existencial, puede decaer en el chismorreo y el chiste. Ya no hay interés en ejercitar la inteligencia, comprender la vida, vivir la vida de un modo más cabal. Yo he conocido personas que cuando trabajaron y fueron productivas, refulgían de inteligencia práctica para resolver sus problemas y sobreponerse a todo, luego, por cuestiones biológicas o por la tristeza que trae la vida en las postrimerías, se les apagó el brillo de sus frentes. Como los alcohólicos abjurados, que mientras fueron partícipes de la parranda, sobre todo en la euforia, motivaron conversaciones lubricadas; pero ya retirados, merodean coléricos una soledad silenciosa. La lectura mantiene un fuego chisporroteante que va más allá del brillo de la frente. La lectura es origen de una conversación incesante que puede prolongar la vida o por lo menos vivirla más real, crítica y felizmente; nos ayuda a despejar, agarrar vuelo y no como la señora de las quesadillas que después de su sabrosa plática de la masa y el testimonio de su vida, se quedó aleteando, incapaz de emprender el vuelo hacia el cielo azul. Si el alumno da con estas razones, tal vez vuelva a reanimarse y encontrarle sentido, volver a nacer con las palabras motivadoras de su profesor. ¿Cuántas personas no se quedan a la mitad de lo que pretendía ser una buena conversación? Personas que se les dio el don de la palabra como un jardín pero que nunca lo cultivaron, tal vez nunca se dieron cuenta de lo que se les entregó. Frases como “Algún día escribiré un libro”, “Si escribieras tu vida sería un gran libro”, “Si hubieses querido serías un gran escritor”… esconden entre líneas la falta de un encuentro feliz con los libros y la lectura.

El alumno, a pesar de todo, para salir de la confusión, visita la biblioteca más cercana. Muchas de las bibliotecas de las ciudades de nuestro país son tristes escenarios del desinterés y la incuria, sin embargo, una que contenga unas decenas de libros clásicos, de autores antiguos y contemporáneos, de literatura mexicana, (y como terracalenteño, también unos libros de mi región); no deja de ser una opción esperanzadora. Sin presión de nadie, sin intermediarios, el alumno se da cuenta que el comercio con los libros no es tan difícil como se suele pensar. Entabla un diálogo duradero, un diálogo que irá subiendo de nivel, por su mera iniciativa y curiosidad. Será un continuador de la conversación de los autores que le interesen y, como su preceptor, llegará a contagiar y animar a leer, si es que tiene valor de hablar de cosas que casi nadie habla y que casi a nadie le interesa. Pero que no están muy alejadas de la realidad. Esos libros fueron escritos por inquietudes sobre la vida, como por una urgencia para subir el nivel de la conversación y prolongarla hasta el fin de los tiempos.   

El libro más recomendado y que se tiene a la mano es La Biblia, aunque luego no se lee por satisfacción porque los guías religiosos coartan la libertad creativa del lector. “Hay que saberla interpretar”, les dicen. Y de ahí surgen supersticiones temibles, “si no entiendes, todas las palabras se te volverán”, como si fuera una andanada que confunde el pensamiento. El mismo acto de leer (estudiar, estar pegado a los libros), representa para mucha gente el peligro de quedar loco, de que “se sequen los sesos”. Podríamos decir que esto es inspirado en el personaje más glorioso de la literatura: el Quijote. En mi barrio y círculo familiar se señalaban a dos personas que supuestamente quedaron locas de tanto estudiar. Una mujer que por ahí anda seguida de perros callejeros, y un hombre que no paraba de caminar en todo día, habían sido jóvenes, a decir de la anécdota, “buenos para el estudio” pero que por esto quedaron locos. La moraleja es simple: hay que leer pero no tanto.

Si por un lado, las personas muestran desinterés por la lectura, por el otro tienen una especie de respeto hacia los libros, sienten que están frente a un misterio, la sabiduría, la verdad. De aquí mismo se podría explicar las supersticiones que rodean el acto de leer. Yo, como lector, encontré a mi antepasado consanguíneo más remoto: el ventero analfabeta de El Quijote (I, xxxii), que guardaba algunos libros de caballerías, los que le secaron los sesos a Alonso Quijano, y que cuando alguien los leía escuchaba las historias maravillado “me han dado la vida” decía seguro de que todo aquello había sido verdad. Cuando le dijeron que aquello era pura fantasía, “disparates y devaneos”, se movió a enojo, como el Quijote. En una nota de la edición de la Asociación de Academias de la Lengua Española (2004), explican la actitud del ventero: “En las culturas con alfabetización insuficiente (…) la escritura conlleva un plus de veracidad”. Como fuere, los libros tienen prestigio en cuanto objetos manuales, por eso luego escuchamos a padres que en ratos de enojo, para reconvenir a sus hijos; o enfadados de que estén pegados a una pantalla, luego dicen: “Ponte a estudiar (leer) un libro”.

Las estadísticas sobre la lectura en nuestro país son apabullantes: los mexicanos casi no leen. José Emilio Pacheco, recientemente fallecido, desconfiaba de estos números y no desaprovechaba oportunidad para referirse a hechos que las encuestas dejan de lado: los lectores poco visibles, la actividad y préstamos de las bibliotecas públicas, los libros que se prestan y pasan de mano en mano, los juegos de copias que se sacan a diario y que llegan a más de una persona. La idea de Pacheco destila a la vez una apuesta de todo y una íntima alegría por el mundo de los libros. Otro escritor, Gabriel Zaid, va más allá de la generalidad de que los mexicanos casi no leen, y apunta algo que corroe: los universitarios casi no leen. Ocupados en obtener credenciales y acreditar sus currículos (indispensables para quien sueñe en entrar y trepar en las burocracias gubernamental y universitaria), no tienen tiempo de leer. La crítica de Zaid se afila más con los que se aferran en publicar sin siquiera releerse y cuyos títulos solo se leerán en sus currículos. La crítica de Zaid no deriva de la amargura de un humanista misántropo, sino de la esperanza, y junto con Pacheco, confluyen en la idea de que si todavía se producen y circulan libros de calidad, inspirados en la tradición clásica, es porque todavía hay lectores de verdad.

Por eso tenemos un presidente de la República que en la presentación de su libro se desplomó cuando le preguntaron qué libros había leído y dejó claro que no lee, o que lo hace como ejecutivo, no personalmente. ¿Y cuántos presidentes municipales, diputados de las cámaras locales, gobernadores, diputados federales, senadores están en las mismas? La lectura nos hace más conscientes de la realidad, nos hace verla con otros ojos, nos hace más humanos; si nuestra clase gobernante no lee, tal vez en parte de ahí venga la ignorancia, la ignominia y la indecencia con que nos gobiernan.

Desde este punto de vista descreo en un estado conspiratorio en contra de la lectura. Nadie puede conspirar contra algo que ignora. Zaid nos dice que antes de la llegada de los tecnócratas al poder, había gobernantes, con no muy altos grados académicos, pero que leían y por lo tanto creían en un mundo mejor a partir de los libros. Los de ahora cuentan con doctorados, pero no leen y sueñan con el ascenso, con trepar en los escalones de las burocracias. El enemigo principal de la lectura es el desinterés. El cambio no nos llegará de arriba, hay que retomar la lectura, el diálogo con nuestros clásicos. Hay que aprovechar que somos enanos —como decía Bernardo de Chartres en la edad media, y que Zaid lo cita casi religiosamente—, sobre hombros de gigantes, y por lo tanto podemos ver más y más lejos.~



1 de marzo de 2014 

febrero 10, 2014

Don Adán

Para Carola


El primer recuerdo que tengo de Adán Avelino es verlo platicar muy serio en el corredor de la casa de mi abuelo. Estaba jodido por la reuma y caminaba balanceándose. Era robusto y colorado. Usaba un sombrero  vaquero. Frente a frente, don Adán sentado en una silla de palos tejida con mecate, y mi abuelo en la hamaca, este deshojaba y rebanaba mazorcas de toqueres, platicaban de la vida del campo, de sus experiencias de agricultores. De sus creencias y tradiciones. De esa tarde guardo la historia del hombre que terminó por huir de la molicie de la casa de sus suegros para irse a vivir bajo la sombra de un árbol.

Recuerdo a los dos viejos, que por esos días no estaban tanto (cincuentones los dos), muy interesados en la conversación que desarrollaban. Ya era de tarde y la luz del sol entraba directamente al corredor. Al poco rato los dos se quedaron callados. Se estuvieron sentados ahí un rato, descansando de su agotadora conversación.

Ahí quedó sellada una amistad. Más allá de que habían contraído deudo (eran compadres), el pasado y la vida de agricultores los unía. Fue la única vez que los vi platicando. Ya después la vida los llevó por caminos distintos. Mi abuelo abandonó su bajial y se ocupó en atender las enfermedades que lo achacaban. Ningún hijo sacó el gusto por el campo, y el bajial terminaría abandonado y rematado. Reducido por la insuficiencia renal, murió a fines del noventa y nueve. Se había negado a la diálisis.

Por esos días yo andaba metido en mis estudios de preparatoria. Aún no sabía el peso que mi abuelo tendría en mi vida. Fue el hombre que me crio. Tengo muy presente su afición a la conversación. Conversar una hora de camino mientras llegaba a su bajial. De él escuché las primeras historias que me asombraron. De él y de las personas que se rodeaba. A veces pienso que mi hábito de lector se explica porque es imposible revivir aquellas conversaciones. Soy un campesino que a falta de tierra busca sacar frutos y entretener el tiempo en los libros.

Cuando me fui a México a estudiar, empecé a visitar más seguido a mi madre, aun llegaba directamente a su casa. Ahí me reencontré con don Adán. Seguía con la reuma, pero todavía trabajando su tierra. Y seguía siendo un gran conversador. Yo, sin darme cuenta, andaba en busca de lo que tuve en el paraíso de mi infancia: el campo y la conversación. Adán fue la extensión de esa ilusión. Me invitó a trabajar a su sembradío de camote y sudé cual peón más experimentado. Por las tardes, como pretexto para empezar a platicar, nos poníamos a jugar baraja. La estima y la admiración por él, pese a vilezas y chismes, estuvieron a salvo. Más aún aumentaron.


Pasaron los años. Adán sembró menos. Murió su mujer. Y vendió su tierra donde sembraba camote, y otras cuatro hectáreas que tenía.

De cuando lo conocí ya pasaron veinticinco años. Me dicen que ahora trota tras una salacidad postrimera. Me dicen que se emborracha muy continuo. Yo lo llegué a ver contadas veces borracho. No negaba que en su juventud tomó, pero cuando yo lo empecé a tratar estaba en la madurez sensata, esa que vilipendia los vicios y avisa de la experiencia.

De lo que me cuentan yo tomo mis reservas. La última vez que nos vimos y cruzamos palabra lo sentí envejecido. Y no me refiero a su cuerpo porque para mí eso es lo de menos, sino a su ser; me habló con un corazón envejecido. Me dijo que la venta de cerveza, su actual negocio y de lo que se mantiene, va mal. Lo oí y lo sentí desarraigado, como debe hablar un hombre de campo que es despojado de su tierra, como debe ser la voz de quien de pronto se le viene una avalancha de vilezas. Un corazón marchito y envejecido. Yo me sentí triste, una tristeza que me puso largo rato pensativo. El sueño del campo desde hace mucho que se fue. Y el último reducto de la conversación viva que escuché en la infancia, y que es don Adán Avelino, sentí que se apagaba.



1 de noviembre de 2013   

febrero 07, 2014

“Te ves mal”, “Pero me siento bien”

Foto Alfredo Cruz Valencia


No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria

Dante Alighieri, Infierno, V.

 

Muchos años después, ya reducido a una poca movilidad por la enfermedad y la pérdida de la vista, sin apasionamientos, sin resentimiento, dice que fue un error haberse casado con su primera mujer. Una prima hermana suya. Ese matrimonio le trajo un sinfín de problemas. El pueblo era chico y la presión del clan fue tanta que no tuvo otra que exiliarse. Se fue a la Ciudad de México. Con esa mujer, que la amó con delirio y arrebato de la juventud, procreó dos hijos. Regresó por una tragedia: la muerte temprana de su esposa y su hija, esta siendo una niña.

Porfirio Santamaría, Polilo, como se le conoce, nació en una casona del corazón del viejo pueblo de Pungarabato. Estas casonas, que eran de los principales, como aún se puede constatar con las que quedan, eran de paredes altas de adobe, techo de tejas a dos aguas, amplias y de grandes corredores. No muy lejos de ellas pasa el río Cutzamala. Polilo nunca olvidaría sus aguas cristalinas y la variedad de sus peces. Muchos años después, en vano trataría de recuperarlo como lo tuvo en los años de su infancia. El río Cutzamala representa su paraíso perdido.

Moisés Santamaría fue un hombre acaudalado que muy probablemente nació en 1882. Fue criado con la disciplina de los tiempos de Porfirio Díaz. Cuando surgió la revolución, que en Tierra Caliente comenzó después del asesinato de Madero (febrero de 1913), mantuvo su apoyo a la línea oficial. Aunque no se involucró en las reyertas, ofreció pequeños servicios de escribiente. La suspicacia que sentía por los revolucionarios se volvió desdén cuando estos llegaron al poder, o mejor dicho, peleaban por él, mediante la intriga, la traición y el crimen. Después de los años turbulentos de la revolución, se volvió de esas personas que añoraban “los tiempos de paz y progreso” del porfiriato.

Ya en la antesala de la vejez, a los sesenta años, contrajo nupcias con una joven de 20 años. A pesar del trastorno social de muchos años que fue la revolución, Moisés Santamaría conservó su patrimonio y aun el aire de dignidad de los ricos del porfirismo. Cuando nació el segundo de sus hijos, ya tenía el nombre: Porfirio, por el general Porfirio Díaz.

Dice Polilo que su padre lo procreó a los sesenta y tres años. Pero muy lejos de un anciano apolillado y agotado. Cuando él llegó a la adolescencia su padre ya era un octogenario pero con ímpetu para la crianza de sus hijos y para la vida misma.

Cuenta Polilo que el desprecio que su padre tenía por los revolucionarios se agudizó hacia el presidente más popular de México, el general Lázaro Cárdenas del Río, a quien consideraba como parte de esa runfla de advenedizos que se enriquecieron con la revolución. No obstante, Cárdenas, que tiene fama de haber visitado muy continuo ciudad Altamirano; “el gran benefactor de estas tierras”, siempre que venía procuraba pasar a saludar al viejo Moisés. Este procuró que ninguno de sus hijos le pidiera ningún favor, ninguna influencia al general. Salvador Santamaría, sobrino de Moisés, primo hermano de Polilo, fue el cacique de Altamirano hasta 1985, año de su asesinato. Por el poder político y su riqueza se sabe que él si sacó provechó de su relación con Cárdenas.

Pero Polilo no andaba en busca de favores ni esperaba alianzas con nadie que no tuviera simpatía por sus ideas comunistas. Llega al tema de la revolución cubana (1959) y su voz —gruesa, ahuecada—, centellea como una pasión juvenil. Es su gran ideal. El gran referente de su concepción política. En el éxtasis de la conversación, le pide a Aída, su plácida esposa, que le lleve una valija que guarda con mucho celo. De ahí saca un póster de cartulina dura, donde aparecen Castro y el Che Guevara extendiéndose un abrazo, risueños de triunfo. Traspapelada, también aparece una fotografía de un grupo de niños de kínder, y al costado derecho de la foto, en grande, el rostro de una niña; a pesar de los años, la foto está bien conservada. Es la hija de Polilo, muerta niña hace muchos años.

Una vez le pregunté a Polilo si no resentía haber venido a menos con la hacienda que le dejó su padre. Pronto me di cuenta de lo impertinente, innecesaria de mi pregunta. Pero sin inmutarse me contestó que en realidad él nunca le dio importancia al dinero ni a la posición social. Con los años habría de dar muestras de una honradez a prueba de fuego. Casi como un voto de pobreza franciscana.

Hace diez años fundó una organización civil “Rescate ecológico del Río Cutzamala”. Su espejo feliz de aguas puras en el paraíso de su infancia. Me han dicho que aun viviendo en otras comunidades cercanas de Altamirano ha procurado hacerlo cerca del río. Cuenta que sin ningún recurso se echó a andar para ir a ver al Jefe de Gobierno del Distrito Federal, que por ese tiempo era Andrés Manuel López Obrador y al presidente Vicente Fox. Seguido nos acusamos y hasta nos recriminamos que somos unos ciudadanos apáticos, que no vemos más allá de nuestros intereses propios y mostramos total desinterés por los problemas de nuestra ciudad; sin embargo, cuando Polilo empezó a tocar puertas para su proyecto, muchos ciudadanos lo apoyaron de manera abierta. “Rescate ecológico del río Cutzamala” fue dada de alta como una organización civil y Polilo Santamaría fue a entrevistarse con el Jefe de Gobierno y el Presidente. Interesante su experiencia por la imagen que se pudiera tener de estos personajes. López Obrador le pareció un tipo déspota y altanero. Lo recibió mal y lo despachó grosero. No era del modo de un líder tan popular como lo era por aquellos años. Lo mandó con “el vecino”, que así se refería al presidente. Por suerte, con Vicente Fox, le fue fácil llegar. Polilo sabía, por relato de una de sus hermanas que trabajó en la Cocacola cuando esta compañía llegó a Altamirano, que para abrir ruta había llegado un hombre de Guanajuato, enorme y muy trabajador. Hacía nada más una comida al día pero bien despachaba, de cajón un kilo de carne y dos litros de leche. Ese hombre, que impresionaba por su estatura y su capacidad para cargar muchas rejas de refrescos (por sus enormes brazos), quedó grabado en varios altamiranenses. Cuando Vicente Fox llegó a la presidencia, muchos quisieron ver en ese hombre al joven aquel que había venido con la Cocacola. Estando frente a frente, Vicente Fox le pidió a Polilo que se identificara. Cuando este lo hizo y le dijo que procedía de Ciudad Altamirano, Fox tomó confianza, despachó a sus escoltas y se puso a platicarle relajadamente cómo él había estado unos meses en aquella ciudad. Fox le inquirió para dar con el nombre de una señora que vendía enchiladas en un puesto de cena, le quería regalar una casa. Se acordaba que era una mujer pobre y sin vivienda, pero Polilo no pudo dar con esa mujer.

Al final de aquella entrevista, Fox lo invitó a desayunar: “Te ves mal”, le dijo. “Pero me siento bien”, le contestó Polilo. Había dado sin muchas vueltas con el presidente y este prometía ayudarlo en su petición de sanear el río Cutzamala. Giró órdenes al secretario correspondiente y este a sus inferiores y estos a sus subalternos. Y la orden, que venía del presidente de la República, en un principio tuvo mucha repercusión pero se fue perdiendo como una resonancia que se va extendiendo en círculos burocráticos cada vez más lejanos y difusos.

Luego llegaron los malestares de la enfermedad, y junto con su segunda esposa, hubieron de abandonar ciudad Altamirano para irse a vivir a Tanganhuato. Es su segundo exilio. Polilo tiene presentes los cuadros costumbristas del antiguo Pungarabato. Su río clamoroso y limpio, generoso para la pesca como era; su centro de casonas y los barrios viejos con sus casas y sus chozas. La vida rural, artesanal, donde se conocían todos, y tal vez por eso había una relativa paz. Luego llegó el crecimiento, el engañoso progreso y Altamirano, que se volvió la capital del comercio de la región, se desbordó. Siguió por muchos años la pobreza. Muchas personas hicieron grandes fortunas, lo que disparó como nunca antes la desigualdad. De manera inconsciente estas personas adineradas estaban preparando el escenario para la llegada de los capos avasallantes, sedientos de dinero. Polilo cuenta que le ha tocado ver estas tres etapas de Altamirano. Y siente tristeza por todo… por su río Cutzamala ahora de aguas inmundas.

Polilo lee —o por lo menos leía, porque ahora casi ya no ve—, al filósofo francés Jean-Paul Sartre (1905-1980). Algún tiempo recibía el “Gramma” de Cuba y presumía que era “oro fino” para él. También leyó La Divina Comedia, y dice parafrasear a Dante Alighieri (1265-1321), hombre que por intrigas políticas nunca regresó a su tierra añorada que era Florencia, Italia. “Para sobrevivir —dice Polilo citando a Dante—, el hombre habrá de olvidar sus malos recuerdos y acordarse de los momentos maravillosos que vivió”.

 

16 de enero de 2014

 

 

febrero 01, 2014

Creciente


Antes de la luz del alba del 16, fui por los rumbos de los Bajiales para ver hasta dónde había llegado la creciente. En media hora estuve ahí. El río llegó hasta la mitad del camino del canal de riego. Nadie recuerda que antes hubiera llegado hasta ese punto. La inundación no solo fue de los Bajiales, propiamente dicho de las tierras bajas del río, sino también de las tierras que los campesinos llaman de “barro”. Vi las tierras con sus siembras bajo el agua, vi los perros campestres que huyeron de la creciente y que ladraban desperdigados por el camino, ladrando falsamente porque de un rato para otro se vieron sin propiedad que cuidar, vi un amanecer sombrío, vi cómo dos pastores se regresaron desolados porque les fue imposible ir a ver su hato de borregos, vi cómo el rumor incesante del río acalló por siempre el gorjeo de las aves que saludan el nuevo día.
Le di en sentido contrario del camino del canal y me adentré en el camino viejo, llamado así me supongo porque era el natural para llegar a aquellas tierras antes que se zanjara el canal. Esto ya hace muchos años. Caminé poco para ver la creciente como una vista de mar, inacabable, con su agua revuelta precipitándose por las partes más bajas. Vi como si el mundo se acabara de crear. El rey, que escogió el lugar más bajo para servir, nos recordaba sus antiguos dominios. El río caudaloso que estaba frente a mí algún día de mediados del siglo xvi recibió a Fray Juan Bautista Moya, quien para cruzarlo adiestró a un caimán y sobre su lomo se trasladó a los pueblos aborígenes para divulgar el evangelio.
Mis sentimientos chocaron. Por un lado me maravillaba al ver cómo el río se recreaba en su leyenda más antigua; pero por el otro, la creciente inundaba con su agua puerca mi pecho al pensar en los sembradíos de cientos de hectáreas que se perdieron. Para salir a salvo, tuve que pensar las cosas positivamente: los campesinos sabrán sobreponerse. La vida o el amor a la tierra los harán seguir depositando la semilla, confiando en la madre tierra. Nada más basta que el sol, que no depende de nadie, salga con su fuerza y enjute aquellos terrenos.
Volví a la ciudad pensando esto, la imagen avasalladora que había visto del río peleaba por sobreponerse a la tristeza de pensar en las pérdidas lamentables. Con estos pensamientos me encontraba cuando me encontré con el Pato, viejo conocido, tartamudo él; y nos saludamos:
—¿Ya viviste el río? —me preguntó.
—Sí. Llegó lejos, ni en el 67, que fue la última gran creciente, subió tanto —quién sabe por qué le dije esto al Pato, lo que hizo que él también se soltara:
—Ayer lo mimiré dedetrás del cerro, por donde la trituturadora, todo era rirío, totodo estaba inunnundado. Nomás se mimiraban las puntas de las totorres de la iglesia de las Titinajas. Me dio hasta miemiedo ver aquequello.
Lamenté no haber ido a ver el río por donde me decía el Pato. En efecto, ahí es una parte alta, desde donde se pueden ver los arreboles ardientes del amanecer, y también, el ocaso que anuncia la paz de la noche. Así es que desde ahí se pudo haber tenido una buena vista. Al otro día fui pero todo era neblina, por más que caminé y caminé no pude ver nada, nada más las capas de niebla que se levantaban con el sopor de la mañana. Al siguiente amanecer volví otra vez pero la creciente ya había bajado. Sin embargo, quedó la huella fatal de su paso y por un rato me puse a recrear cómo, a la distancia, se pudo ver aquella serpiente plateada que se había tragado un brazo de mar, y cómo se hubiera visto deslizando presurosa, implacable. La vi a través de las palabras del Pato, y también sentí el vértigo de un vago miedo del hombre antiguo que vio por primera el río después de la creación.

16 de septiembre de 2013

enero 30, 2014

Presidentes y antiprensa

Mis primeras nociones políticas descreían de la Democracia (así con su letra inicial en mayúscula). Nada más me bastaba leer algún diario para saber de las tropelías de nuestra clase política, y así, yo decir: “¿Quién, cuándo llegará un Robespierre para que corte de tajo esta hidra de personajes que han reducido la política a desprecio y lodo?” Pasaron los años, hubo lecturas, y de pronto me vi como un simpatizante de la Democracia. Dejé de menospreciar vivir en un sistema de libertad de conciencia, donde se puede opinar y discutir. En esto me ayudaron —algún día los asimilaré—, los libros de uno de nuestros mayores liberales demócratas de nuestro tiempo: Enrique Krauze. Un intelectual que tuvo la valentía —se dio el lujo—, de ejercer la crítica al PRI cuando este se encontraba aún en el esplendor de su dominio. En los ochenta publicaba sin reticencias como un luchador por una “Democracia sin adjetivos”.
En el 2000 se dio la alternancia en el poder. La presión de la sociedad civil, que en la Ciudad de México encarnó en el triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas en el 97, había consolidado un ambiente de libertades políticas. Catorce años después, las cosas no son tan sencillas y halagüeñas como pidieran parecer. No hemos llegado a la panacea de la Democracia. Hay muchos lastres, muchas miserias que venimos arrastrando.
Una de ellas es la impunidad de la vida faraónica de los gobernadores. Ángel Aguirre Rivero, el de Guerrero, es uno de ellos. Sagaz y verboso, gobierna con discursos cínicos por su doblez, desde su nubecilla de “jefazo”, como le dicen sus subordinados.
Otro lastre, hecho a la imagen y semejanza de sus tutores los gobernadores, son los presidentes municipales. Esperan una canonjía de sus respectivos partidos. Inician una campaña, conscientes que es una inversión privada, llegan a los ayuntamientos y ejercen como negociantes. No hay necesidad de mencionar la corrupción porque rapazmente, y con una pequeñez visceral, quieren asegurar su futuro con los recursos públicos. La presidencia es el inicio de sus carreras. Sus grandes ambiciones los hacen ver pequeños. Están pensando en el futuro político, en trepar a otros puestos más grandes, donde haya chance de crecer, donde haya recursos públicos.
Los presidentes se imaginan su paraíso. Si no fuera por los capos, que últimamente a su vez los extorsionan y les arrancan negociaciones turbias, vivieran gozosos en ese pedazo de paraíso de tres años. Manejan la doblez del discurso, a veces no tan hábilmente como el guía del momento que es Ángel Aguirre Rivero; y como no hay en la prensa nadie que los desmienta, que los exhiba en su fariseísmo, no pasa nada, viven felices. Al otro día del discurso vacío, cuando no hipócrita, los presidentes refrendan contratos con los dos directores de diarios con presencia en nuestra región, son espléndidos con los reporteros y les hacen desayunos, les dan sus buenas palmaditas en el hombro. Son amigos. Los periodistas —salvo sus raras excepciones—, así se vuelven poco menos que publirrelacionistas de los presidentes. Todo es una francachela, y digo poco menos, porque nada más falta que un incauto reportero le pregunte al funcionario qué va a pedir para la comida.
Y los presidentes muy contentos, la presidencia es un logro personal. No distinguen entre su persona y el funcionario que son: el ayuntamiento es el presidente. Se vuelan tanto que no son capaces de discernir que frases como “El presidente más joven…” o “El mejor presidente municipal de México”, que un reportero bribón utiliza como eslóganes para presentarlos, llegan al diálogo civil como una ironía que los caricaturiza como unos pobres hombres ávidos de zalamería.
Esto es un lastre de nuestra democracia. Presidentes rapaces que disponen de los recursos públicos a su voluntad porque no hay quién les pida cuentas. Una prensa corrompida —antiprensa—, porque niega su origen decimonónico: la crítica del poder y su participación en un diálogo público de buen nivel.
Los dueños de los diarios disfrutan de un cacho del paraíso de los presidentes: los contratos de publicidad (que no son malos por sí solos, pero no deben imponer la autocensura y simulación en el manejo de la información). Estos contratos son imprescindibles para los presidentes para poder trotar gozosos en el terreno de la impunidad con una imagen límpida y sonriente. Para esto, los periodistas también son apapachados, por eso un reportero mojigato cobra doce mil pesos mensuales como aviador aunque en nómina aparezca como “Asesor en comunicación”.
¿Cuándo llegará un Robespierre que arrase con nuestra actual clase política? Ya no espero nada parecido a eso. Aspiro a la democracia liberal, pero sigo teniendo mis críticas, mis dudas, más cuando la reducen a un carnaval donde la chacota, más la simulación, las dobleces de sus protagonistas la reducen en lodo y ambición vil.


30 de enero de 2014

enero 28, 2014

De capos, facinerosos y caciques



Le debemos a Viliulfo Gaspar Avellaneda (San Lucas, Michoacán. 1942) la historia de Isaac Alvarado Reynoso, el Zopilote; bandido que alcanzó notoriedad en la región de Tierra Caliente en el primer lustro de la década de los treinta. Uno de los delincuentes “más espectaculares y desalmados que tuvo la región”. Sus robos en los caminos reales, el asalto a las casas ricas y el enfrentamiento que seguido tenía contra las fuerzas rurales y militares le dieron fama. Sus golpes los daba en el puerto de Malpaso, “estrecho pasadizo natural formado entre los cerros de El Caracol y La Doña, paso obligado para los viajeros” que tenían que agarrar la ruta de Huetamo.

     El Zopilote tenía algo de peculiar. Tenía aceptación popular. Esto, por entre otras cosas “ayudaba a los pobres”. El Zopilote no tuvo nada que ver con la refriega armada de la revolución pero “surgió a la par de tantos bandidos que aparecieron después de esta y al quedar sin trabajo no tuvieron más camino que dedicarse a la rapiña”. Viliulfo no deja de decir que otros también lo hicieron desde los cargos que obtuvieron y que se enriquecieron utilizando sus puestos y sus influencias en el poder.

     Había una dualidad en la clase política dominante respecto al Zopilote. Por un lado deseaban su captura y eliminación, y por el otro, lo aprovechaban para negocios turbios y como pistolero contra sus enemigos.

     Por ejemplo, al Zopilote se le achacó la muerte de Alberto C. Reyes, hombre que vestía calzón de manta y gabán sobrepuesto (como vestía la gente de campo de ese entonces), que causaba desconcierto en sus vecinos porque leía libros de Voltaire, Rouseau, la Divina Comedia y otros libros clásicos. En los primeros años de la década de los treinta una hambruna azotó a su pueblo natal Zirándaro, y él que sembraba extensas tierras y que tenía sus trojas llenas de maíz, lo repartió entre la gente más pobre. Aun se fue a la ciudad de México y tuvo la audacia de entrevistarse con el presidente de la República Abelardo L. Rodríguez, y arrancarle un préstamo de diez mil pesos que ocupó para comprar maíz y otros bastimentos que trajo, de la ciudad a la estación Balsas en tren, y de ahí en lanchones río abajo. La gente de Zirándaro lo recibió con fiesta. Así se convirtió en el gran líder, y pronto se interesó por el ejido y el reparto de las tierras a los campesinos. Sus sueños los frustró el Zopilote a quien le pagaron para que lo matara. Eran momentos turbulentos por la repartición de las tierras.

     El sargento Aristeo Olmos llegó para acabar con el Zopilote. Por ese tiempo se acostumbraba que a los bandidos y criminales, a los carentes de dinero e influencias, se les colgara de un árbol en el lugar donde habían hecho sus fechorías. El sargento tendió varias trampas al Zopilote pero este las burló. Por esto el sargento le tomó un odio tremendo, lo tomó como un enemigo personal.

     Sucedió que el Zopilote con dos de sus secuaces se robaron a la mala a tres muchachas de Ceibas Altas. El Zopilote se llevó a la suya a su guarida que era una cueva del cerro del Tule, próxima a Querutzeo.

     Irene Baltazar, que así se llamaba la muchacha que el Zopilote se robó pudo escapar y volver a su rancho. Dio informes sobre el punto exacto donde su malhechor se encontraba. El sargento Olmos movilizó a su gente y se lanzó hacia su captura. Unos disfrazados de vaqueros y otros aparentando ser cazadores subieron en su busca. Tocaban un cuerno para no darle a maliciar, porque así acostumbraban los que buscaban alguna res perdida. No perdieron el tiempo. Lo encontraron cuando bajaba montado en una bestia. No le dieron tiempo a nada y le pegaron dos balazos, pero no lo mataron. El Zopilote se acobardó y pidió clemencia. El sargento Olmos, tranquilo y ceremonioso ordenó que cortaran un palo largo, como una tranca; y pidió sícuas “(corteza verde que cubre los árboles)”, y él mismo procedió a amarrarlo de las muñecas y de los tobillos. Metió el palo entre sus manos y pies y ordenó a dos hombres que lo bajaran cargando en los hombros los extremos de la tranca. Mal la pasó el Zopilote sus últimas horas. Las heridas de los balazos se le habían hecho unos boquetes donde parecía que las tripas iban a salírsele, y la tortura más grande fue que sus brazos, por el peso de su cuerpo se descarnaron y los huesos rosaban directo con el palo. El sargento con sus hombres no pararon, tomaron un descanso en el rancho Querutzeo, donde la gente salió de sus chozas de zacate para verlo, y de ahí lo llevaron a Ceibas Altas, donde por fin lo colgaron. Dicen que ya iba muerto.

     Desde la primera vez que leí la historia del Zopilote me resultó difícil no relacionar este personaje con los actuales jefes de los grupos armados. La misma audacia, la misma violencia y hasta los mismos rumbos. Nada más que estos jefes no necesitan barrancas ni cuevas para esconderse. Están diseminados en las poblaciones. Se pasean muy avasalladores con su aparatoso grupo de pistoleros  por las comunidades. Tienen una red de informantes y vigías que los tienen al tanto del tránsito de las carreteras. Han infiltrado las administraciones municipales, de donde disponen de recursos; y tienen dominio en varias dependencias gubernamentales.

     De las ciudades de Tierra Caliente, Altamirano ha sido la más perjudicada. A principios de este siglo era un lugar próspero. Se podía echar andar un negocio sin mayores preocupaciones. No obstante de sus cinturones de pobreza y su flagrante desigualdad, vivían ahí empresarios exitosos, comerciantes acaudalados, burócratas encumbrados, médicos que habían hecho grandes fortunas, en fin vivía gente de dinero tranquilamente. En el 2004 aparecen los capos y sus legiones. Llegan para controlar el mercado y el paso de las drogas y desatan un baño de sangre entre degollados y desollados. Pronto se dan cuenta de una veta de oro: la extorsión, el secuestro y el cobro de piso. Todos echan mano del hervidero de ricos que es ciudad Altamirano. Todos se creen dueños de “la plaza”. Llega gente de los capos que están en San Lucas, en Coyuca y en Arcelia para sacar dinero de muchos modos. Si los fuertes empresarios regionales —no las trasnacionales ni las grandes empresas de redes nacionales—, los medianos y los pequeños no han cerrado y huido, viven azarosos, sabedores de la impunidad e inconsciente ambición de los capos.

     En ciudad Altamirano ya existe un repudio contra los grupos armados. En un principio hubo una íntima simpatía. No dejaban de admirar las noticias que se tenían de los grupos, cuando la pelea era entre ellos. Región acostumbrada a la violencia, y con una desigualdad enorme, en algún tiempo sus pobladores llegaron a ver con buenos ojos a los narcos, esos que se dedicaban al tráfico de drogas, que se desaparecían de la ciudad porque se iban a los Estados Unidos y regresaban con mucho dinero a disfrutar de la vida. Hacían sus fiestas fastuosas, lucían su dispendio y se dejaban ver con sus excesos mundanos. La gente los aceptaba sin mayor reparo, mientras se dedicaran a lo suyo. Nadie pensó que estos personajes estuvieran preparando el escenario para una guerra entre capos, y que después, estos, se fueran de modo rapaz contra la población civil.

     Hay ciudades donde esa simpatía con los jefes de los grupos armados aún existe. Tal vez porque no han sido desangradas y exprimidas como Altamirano. He escuchado a personas de Huetamo y Arcelia que refieren que la gente armada por ahí se pasea y que la verdad de las cosas con ellos no se meten, que al contrario, les dicen que si alguien anda haciendo males (obviamente que no sean ellos), que les digan porque ellos están para “proteger al pueblo”. He escuchado esto de personas que no tienen nada que ver con los grupos y se dedican a su trabajo, y surgen las preguntas: ¿son ciudadanos ya no digamos sin conciencia histórica, sino sin conciencia social? ¿Cuándo notarán el estancamiento, y aún el retroceso que la región ha tenido a causa de los capos? Si la Tuta escuchara esas palabras —que estoy seguro que las escucha—, sentiría el éxtasis de su enseñoramiento. Por eso el cinismo con que se anuncia como protector del pueblo michoacano, una triste réplica de los discursos vacuos y demagógicos de nuestra clase política.

     Los jefes de los grupos armados a diferencia del Zopilote, que azotó los caminos reales en la década de los treinta, no están fuera de la ley, están por encima. Pueden manipular a presidentes municipales y otros funcionarios públicos. Han interferido en elecciones. Tienen una gran red de vigías que les informan del desplazamiento de tropas del ejército, que son a las únicas que les temen. Hay policías municipales que están al servicio de ellos. Hay policías federales que saben guardar disimulo.

     Uno de los traficantes que alcanzó notoriedad en la región de Tierra Caliente fue Chuche Borja. “Marihuanero”, la palabra que se usaba porque en un principio nada más la marihuana se traficaba. Era el primer lustro de la década de los ochenta y sin lujos ni camioneta Chuche Borja  con sus hombres visiblemente armados llegaban a ciudad Altamirano en el transporte público proveniente de Huetamo. Una noche, en una calle del centro, protagonizaron una balacera donde murió una mujer por una bala perdida. Esta mujer dejó huérfana a una niña de brazos, que por cierto es de mi edad, y que por ahí anda desperdigada entre preocupaciones domésticas.

     Chuche Borja se decía comandante y vigilante del pueblo de San Lucas. Y parecía que era protegido por altos mandos militares. Se le miraba convivir con tenientes y coroneles.

     Él llegaba mucho al Hotel los Arcos, que estaba en Rivapalacio, y que era un lugar habilitado como cantina. Ahí llegaba con su gente a tomar cerveza.

     Chuche Borja con sus hombres asaltaba, violaba y mataba. El hombre se envinó y perdió el piso con el poder que había alcanzado. Fue más allá de lo que tenía permitido. Una versión dice que con su gente mató a una familia entera en el municipio de Zirándaro. La noticia de esta tragedia llegó a altos mandos del gobierno y ahí empezaron a acabarse sus privilegios.

     Un día se encontraba en el Hotel los Arcos, y ahí llegó el coronel Ortega con soldados.  Él lo vio con naturalidad y le dijo que se agregara a la rueda a tomarse una cerveza. El coronel no aceptó y le dijo que tenía orden de aprehenderlo. Chuche Borja lo tomó como una broma y el coronel dio instrucciones a los soldados para que los arrestaran. Ya preocupado, le ofreció al militar 10 millones de pesos, pero de nada le valió.

     Se los llevaron al cuartel del 40 batallón de infantería de ciudad Altamirano. Y de ahí los regresaron a Rivapalacio para llevar a Chuche Borja a Los Brasiles, lugar de su residencia. Allá le encontraron Marihuana almacenada y ahí comenzó su suplicio. Era la hora en que el sol está más caliente. De Los Brasiles a la carretera hay que recorrer un buen tramo de brecha de terracería. Le desollaron las plantas de sus pies y lo hicieron caminar sobre la tierra caliente hasta llegar a la carretera. Su madre, al presentir lo que le deparaba a su hijo, le suplicó al coronel que no se lo llevara, que ahí mismo se lo matara. Fue cuando Chuche Borja dijo sus proverbiales palabras: “Levántese, mi amor; él es un gobernante, pero no es mi Dios”.

     Chuche Borja caminó un buen tramo. Apareció un helicóptero cerniéndose en los aires; bajó, lo subieron ahí y nunca más se volvió a saber nada de él.
     
     Por los años de los setenta y ochenta cobró fama el “pozo Meléndez”, que se localiza a la vera de la carretera Taxco-Iguala, y tiene una profundidad abismal. Las dependencias policiales lo utilizaban para echar ahí a rebeldes, guerrilleros y también criminales que desestabilizaban el sistema. Dicen que Chuche Borja ahí fue a parar.

     Si revisamos la historia política de nuestra región no es difícil de encontrarse la figura del gran jefe, el cacique que con los de arriba se muestra sumiso y cuidadoso de sus intereses; y con los de abajo, el pueblo a la merced suya, se manifiestan con arbitrariedad y fuerza que les da el poder. La ley ellos la hacen. Los jefes de los grupos armados y Chuche Borja —este en su tiempo—, son herederos de esos personajes. Podían surgir facinerosos a la par que los caciques pero no tardaban en ponerse al servicio de estos y si se salían del control eran destripados, tal como pasó con el Zopilote en los primeros años de la década de los treinta.

     En “El diputado Chávez y Tacho López” (Relatos y leyendas de Tierra Caliente, 2006), Viliulfo Gaspar Avellaneda nos cuenta de los avatares de algunos caciques de su natal San Lucas. Otra vez Viliulfo, quien está escribiendo una obra valiosísima que nos ayudará a entender nuestra historia y realidad. En constancia y dedicación, y también en calidad, es un autor sin precedente que se ha inspirado en nuestra región.

     El diputado Chávez llegó a Huetamo desde Morelia, y de inmediato hizo llamar a Tacho López, quien la hacía como jefe de las defensas rurales, mayordomo de los asuntos municipales, era el cacique local. Tacho López se presentó de inmediato con su gente armada, que lo andaban con viejos máuseres de la revolución. La gente del diputado le dijo a la de Tacho López que entregaran sus armas, que las tenían que matricular. Era una triquiñuela. Ya no se las devolvieron. El diputado le informó a Tacho López que quedaba relevado de su cargo. Ahora se quedaría en ese puesto Froylán López.

     Eran nuevos tiempos. Entraba el cardenismo (1934) y los cambios venían desde arriba. A Froylán López tal vez le faltó “movilizar influencias, cambiar el color de la fachada, presentar lealtad al nuevo régimen y conseguir la continuidad”.

     Adolfo Valle, hombre de presencia en San Lucas, se encontraba en dicha reunión y al enterarse quién iba a ser el nuevo mayordomo de los asuntos municipales, expresó su desacuerdo. Froylán López era un asesino. Había matado a un hombre que la gente sabía que estaba loco y decían que era “marihuano” porque había pertenecido al ejército mexicano. Un día este hombre se emborrachó y andaba corriendo por las calles del pueblo. La policía lo perseguía, y aquel hombre le hizo frente a uno y lo desarmó. Froylán se mamposteó detrás de un árbol y desde ahí le disparó y no le erró. Froylán López, exacerbado, contestó las acusaciones que Adolfo Valle hacía en su contra con el diputado. Este, con visible disimulo le dijo al nuevo hombre del poder que no hiciera tropelías, que de lo contrario, lo vendría a sustituir también.

     Tacho López, el de los hombres con máuseres de la revolución, hacía poco era el hombre fuerte, y ahora andaba viendo cómo salvar su vida. Correos de hombres de su confianza le informaron que por las dos salidas que había para regresar a su pueblo lo esperaban dos emboscadas para matarlo. Retrasó su salida y salió hasta que le confirmaron que las emboscadas se habían retirado.

     Al final, en este relevo, no hubo sangre. Pero siete años atrás, cuando Tacho López desplazó a Cheque López, sí la hubo. Cheque López había sido el cacique después de la revolución. Tenía a su servicio “una banda de matones” para el gobierno del pueblo y localidades periféricas. Era temible por sus pistoleros. Para relevarlo hubieron de matar a un hombre de sus confianzas, amañar la situación para que él pareciera el asesino y así se proscribiera de la política.

     Volviendo a Froylán López, quien sustituyó a Tacho López y que comenzó con los tiempos del cardenismo, él se supo adaptar a las épocas de “conciliación” y control político a través de la movilización de contingentes agrarios. Él sí “se informó a tiempo para movilizar influencias, cambiar el color de su fachada, presentar lealtad…” Froylán López fue cacique casi tres décadas. Y un día su relevo llegó desde Morelia y el control pasó a otro López: Jesús López Montaño.

     Para entender el relevo de los caciques, Viliulfo sube estos personajes a las tablas del teatro que representa una comedia, donde el personaje que no es capaz de interpretar el papel que le corresponde es bajado y sustituido por otro. Volviendo a los capos que azotan actualmente a la región con sus legiones de pistoleros y vigías, y aplicando la idea de Viliulfo, que va más allá del sarcasmo y nos señala la arbitrariedad de los que toman las riendas del poder como una fatalidad, una “práctica milenaria”, bien nos podemos preguntar: ¿cuándo serán bajados y suprimidos de la comedia (tragedia)? El público está harto y no sale de él más que rechiflas e imprecaciones. ¿Cuándo los que pueden hacer los cambios de personajes desde arriba lo harán antes que el teatro quede vacío? El tiempo ayudará a saberlo.~


2 de diciembre de 2013. 

enero 27, 2014

Relecturas


El primer libro que tuve en mis manos fue Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Fue en un cubil sórdido, lleno de grillos y malos olores. Ahí también hojeé un pedazo de diccionario sin pastas. Acaso este fue el primer llamado a la lectura. Yo me crie con unos abuelos campesinos, analfabetos. Aprendí a leer hasta tercero de primaria, pero como Arreola, me gustaba oír los dichos y las historias de la gente de campo. Mi abuelo era un platicador de pasajes de La Biblia que sabía de oídas. Yo lo acompañaba a su bajial, me gustaba acompañarlo, y durante una hora que hacíamos de camino montados en un burro, él sacaba sus historias. Terminó por intrigarme y siempre tuve en claro que había que leer La Biblia. Cuando entré en la adolescencia mi abuelo abandonó su tierra para atender sus enfermedades. Pronto habría de morir consumido por la “azúcar” y ciertas tristezas que cargaba. Se negó a una diálisis impostergable, y saludó a la muerte con la frente limpia. Nunca me imaginé que este hombre de vida sencilla influyera tanto en mí. Poco después de su muerte, su bajial fue abandonado, y luego rematado. Desde ese día, sin percatarme en su momento, me convertí en un “desterrado hijo de Eva”. Soy un campesino que a falta de tierra busca sacar frutos y entretener el tiempo en los libros.
El primer libro que leí en forma, El llano en llamas, fue a los quince años; como ven, ya grandecito. Ese libro cambió mi vida. Viéndolo desde estas alturas: fue el llamado a mi vocación.
Llegué a la ciudad de México el 12 de octubre del 2001. Ahí me entrené como lector de tiempo completo. Pasé días felices leyendo con fruición en la Biblioteca Central de ciudad universitaria. Y como para el vicio de la lectura, también surgen amigos, un grupo de compañeros me siguieron el juego y tuvimos a la lectura como nuestra gran guía. Ahí empecé a asimilar lo que Borges decía, que lo importante no es leer sino releer. Es algo natural del lector: se lee, se siente feliz y después se quiere volver a encontrar con ese instante milagroso.
Yo sueño tener mis cartas credenciales con los libros que releo. Ahora que ya tengo 31 años, hago una lista de mis relecturas. Son muy pocos libros (no quiero justificar mi incapacidad para leer grandes cantidades, pero releer tiene la ventaja de tener un diálogo más rico y perdurable con los autores dignos de releerse):
 
1.- El llano en llamas. Juan Rulfo (1917-1986). Me salvó de la programación ruin de televisa y me sustrajo de los vacuos domingos de futbol.
2.- Pedro Páramo. Juan Rulfo. Una estrella junto a la luna aluza la noche. Ruidos, voces, murmullos y ecos traspasan las paredes de las casas derruidas. Y se ve pasar el Colorado de Miguel Páramo “con el pescuezo echado hacia atrás” y “con las piernas dobladas también hacia atrás, como si se fuera a ir de bruces”.
3.- Dormir en tierra, El quebranto, El apando. José Revueltas (1914-1976). Me fue difícil no caer en la tentación de títulos tan sugerentes: Los errores, El luto humano, Los días terrenales… Revueltas era un ateo; Octavio Paz, su contemporáneo, decía que era el más cristiano de los escritores mexicanos.
4.- Confabulario. Juan José Arreola (1917-2001). Un día después de la muerte de este autor, la maestra Ma. de Lourdes Durán Hernández nos hizo leer “De memoria y olvido”. Yo ya había leído “Una reputación”, pero ahí empezó el gusto por su prosa, la pasión por Juan José Arreola.
5.- Bestiario. Juan José Arreola. No deja de sorprenderme que muchos escritores de la “generación de los años cincuenta” reconozcan la generosidad de Arreola, y cómo era “un encaminador de almas”. Leer en voz alta estas páginas es permitir que el espíritu de Arreola nos encamine a la pasión literaria.
6.- La Feria. Juan José Arreola. Un torbellino de historias que terminan en humo. Es la antípoda del fantasmal “Pedro Páramo”. Historias de carne y hueso de Zapotlán el Grande, hoy ciudad Guzmán.
7.- Julio Cortázar (1914-1984). Cuentos. Tanto decimos de Julio Cortázar que solemos olvidar que fue un cuentista excepcional. “Cartas de mamá”, “Una flor amarilla”… son cuentos que sostienen mi pasión por la relectura.
8.- El Aleph. Jorge Luis Borges (1899-1986). Es sólo por mencionar un título, Borges me dio las pistas para releer. Borges decía que Frank Kafka era la piedra angular de la literatura del siglo xx, Borges también lo es desde la segunda mitad de ese siglo.
9.- El Quijote. Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616). Ahora lo leo con otros ojos, pero a veces, igual que la primera vez que lo leí, caigo en la tentación de saltar de mi vida aburrida y recorrer los caminos convertido en un caballero andante.
10.- El Pentateuco, El libro de Job, los cuatro Evangelios. ¿Leer la Biblia como los demás libros?, o ¿leer todos los libros clásicos como la Biblia? Me quedo con lo segundo. Alejémonos de lecturas literales y dogmáticas, y hurguemos las claves y los misterios que nos ofrece para tratar de entender la condición humana. Me congracio en tener una versión Reina y Valera que José Emilio Pacheco recomienda, y de la cual dice: “hecha en el mejor momento del idioma”, “uno de los tesoros ignorados de la lengua española”.
11.- Las mil y una noches. De tierras extrañas y tiempos lejanos nos ha llegado este fruto exótico, que al leerlo, las pasiones, el destino, las miserias se reflejan ante nosotros como un fatal espejo. Entonces nos damos cuenta que no somos ni tan extraños y que no estamos tan lejanos.
12.- Cien años de soledad. Gabriel García Márquez (1929). Los primeros libros que leí de este autor fueron: Los funerales de Mamá Grande, La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba, y la verdad no entendía por qué se hablaba tanto de él. No me habían producido ninguna fascinación. Hasta que alguien me deslizó: Cien años de soledad, como para callarme la boca, y esta novela fue un gran temblor de tierra.
13.- Blanco en azul. Azorín (1873-1967). Arrumbado por ahí se encontraba este libro en el departamento de Juan Pablo Guerrero, en la colonia Santo Domingo. A veces uno está de suerte, y después de un rato de tedio, aparece un libro digno de recomendarse, un milagro. Así pasó con este libro. De la lectura individual y silenciosa, pasó a ser una lectura de tertulia.
14.- Azul. Cantos de vida y esperanza. Rubén Darío (1867-1916). Este nombre consagrado, casi familiar, guarda grandes secretos, inigualables lecciones en sus cuentos y en sus versos para todo aquel que pretenda un día hacerle la guerra a las palabras.
15.- Al filo del agua. Agustín Yáñez (1904-1980). Es una de las obras que abrió brecha a lo que después se etiquetaría como “realismo mágico”. Ahí se cuenta de modo natural el encanto, lo milagroso y la miseria de un pueblo de fines del siglo xix, cuyos habitantes sienten la inminente llegada de la “modernidad” como una avalancha de contradicciones.
16.- Los Sueños, Poesía. Francisco de Quevedo (1580-1645). Cuando me surge la necesidad de escribir algo pago caro mi ignorancia por no haber leído aún a los autores del Siglo de Oro Español. Nada más a Quevedo y no me desanimó porque con su lectura me siento como con una llave para empezar a leer a esos autores que resplandecieron nuestro idioma.
17.- Historia general de las cosas de Nueva España. Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590). Entrega de toda la vida a una obra, obra monumental. Desde que llegó este religioso a la recién conquistada y destruida Tenochtitlan se dedicó a registrar, recoger y comparar las informaciones y testimonios de los sabios aborígenes sobrevivientes. Así nos dejó su valiosísimo libro. Es encontrarse a un nuevo mundo, una vena de donde venimos.
18.- Relatos y leyendas de Tierra Caliente, El zopilote y los bandidos de Malpaso. Viliulfo Gaspar Avellaneda (1942). No diré nada del Viliulfo editor, tampoco del Viliulfo promotor de la lectura. Nada más diré que en la edad en que muchos piensan en el retiro o que ya no hay en sus vidas empresas posibles, él ha recogido la tradición oral de su padre y de su gente, la suya propia, inspirada en la plática de buen nivel, y nos la ha entregado en páginas de rica prosa en estos libros. 
19.- La Celestina. Fernando de Rojas (¿1470?-1541). Río con las voces mascullantes de Sempronio y Pármeno. Y me lamento no haber conocido a una Celestina a los diecinueve años para contar con su sapiencia y favores. 
20.- Las batallas en el desierto. José Emilio Pacheco (1939). Su prosa es un guiño para empezar a leer su poesía. Del grupo de los alumnos de Arreola, él es uno de los que tienen una obra perdurable, igual que su maestro. Sabio y humilde, cuenta sin reticencias que sus primeros cuentos disgustaron a Arreola. En los setenta era un talento prometedor. En los ochenta ya era un autor digno de releerse.
21.- Gabriel Zaid (1934). Es bueno encontrarse en el camino a un buen maestro. Gabriel Zaid me ha enseñado a comer con moderación, a caminar correctamente. Me ha enseñado a leer poesía, y leer la realidad, aguzar el oído. A avivar más zonas de mi flaca inteligencia.
Rulfo fue el descubrimiento, “Cien años de soledad”, un temblor de tierra, y con Gabriel Zaid empecé a leer con todos los sentidos.

No incluí autores que me falta releer. Están en el umbral de mi puerta: Paz, Gorostiza, López Velarde y Sor Juana. Como todas las actividades que el hombre puede desempeñar, la de lector me ha dado pequeñas satisfacciones: cuando Miguel García Maní leyó Pedro Páramo me reclamó porque ya se lo había platicado; Viliulfo Gaspar Avellaneda me presentó ante unos “académicos” como: “Noe Borja… —después de segundos azarosos, acabaló—: ha leído cuatro veces El Quijote”. Son pequeñas satisfacciones porque la grande se da cuando se encuentra la página, los versos que conectan de inmediato.
Como se puede notar, mi lista se nutre más de la narrativa mexicana. Hay una gran ausencia: Carlos Fuentes. Le he entrado a sus principales novelas: La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Aura, Terra Nostra, pero no ha habido un encuentro feliz. Esta última la tengo desde el 2006, y varias veces empecé a leerla pero no hubo buenos resultados. La dejé para mejores momentos de lector. No hace mucho que la terminé, pero los resultados no mejoraron. Lo sé, Carlos Fuentes es una figura importante en la narrativa mexicana del siglo xx. Pocos meses antes de su muerte lo soñé y mi memoria lo rescató de manera límpida: yo, conturbado por mi ignorancia, entrevistaba al anciano impecable de cuestiones literarias. No me desanimo. Tengo sus novelas y seguiré esperando un mejor momento de lector.
Voy a llevar agua para mi molino. Yo también he escrito algunas cosas, y he cometido la impertinencia de molestar a mis amigos para que me lean. Fueron acumulándose las hojas en mi estante ¡y qué bueno que no pasaron de ahí! ¡Qué bueno que la última creciente se las llevó! Estaba yo muy embebido viendo cómo el agua arrasaba con todo, cómo hacía remolinos y hundía todas las cosas que encontraba a su paso. A pesar que el agua llegaba de todos lados, no llovía; por lo que todos salimos a ver aquello como una función. “Mira allá —me dijo alguien que estaba a mi lado—, se lleva el archivo del registro civil”. Vi y eran muchas hojas tamaño carta que iban derecho a hundirse en el remolino de agua. “Son tus escritos que cuidas con tanto celo”, me gritó mi mujer que chapoteaba en el agua, me gritó desesperada, pensando que yo lo lamentaría. Apenado por los que estaban a mi lado solo dije “Está bien”. Le he dicho a mi mujer que no diga nada de que leo, y que menos que escribo para evitar las malas interpretaciones. Poco después pensé “¡qué bueno que el agua se llevó esas hojas!”. Simplemente no podían ocupar un lugar de mi librero entre La Divina Comedia y El paraíso perdido. Ya cuando la creciente pasó mi esposa me enseñó unos escritos que pudo rescatar. Eran mis primeros relatos que escribí en el 2006. Los tengo por ahí, esperando otra creciente.
Soy un aficionado a la Literatura, pero le dedico mis mejores horas del día. Una última confesión: la lectura ha sido capaz de proscribir de este pequeño reino al dios Dioniso.~

4 de Diciembre de 2013