febrero 27, 2015

Nostalgia y amor por Cutzamala: Crónicas de Tierra Caliente de Alfredo Mundo Fernández


Quien se ha preguntado sobre los orígenes de los pueblos de Tierra Caliente y sobre sus antiguos habitantes, quien ha ideado escribir una novela de estos pueblos desde que fray Juan Bautista Moya cruzó el río balsas encima del lomo de un caimán hasta nuestros días, el libro Crónicas de Tierra Caliente de Alfredo Mundo Fernández (Cutzamala, 1953) es una fuente imprescindible para buscar pistas y fuentes antes insospechadas. Este libro es un intento ingente por agrupar todo lo que se ha dicho sobre Tierra Caliente, y no nada más hasta la llegada de los primeros franciscanos y después los agustinos que llegaron a fundar y agrupar a los pueblos ya antiquísimos, sino desde los primeros habitantes que según las investigaciones del autor datan desde del v de nuestra era.


El doctor Hans Roskamp, profesor e investigador en el centro de estudios de las tradiciones de El Colegio de Michoacán, quien publicó Los códices de Cutzio y Huetamo: encomienda y tributo de la Tierra Caliente de Michoacán, siglo xvi; en 2003 y que por este trabajo recibió el premio “Francisco Javier Clavijero” por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dijo: “En la Tierra Caliente materialmente desaparecieron los grupos indígenas y por tanto sus lenguas. No se tiene mayor conocimiento de cómo vivieron, quienes fueron sus pobladores y por qué no perduraron en el tiempo. Por estas razones, esta área es de las menos estudiadas en todo el Estado de Michoacán”. Esto escuchado o leído por Alfredo Mundo Fernández no debió de causar menos de desconcierto porque él ya llevaba décadas estudiando las fuentes posibles donde se hacía mención a su tierra Cutzamala y a todo Tierra Caliente, no nada más la parte geográfica de Guerrero sino los municipios de Michoacán y del Estado de México. Ya había publicado en 2001 Historia de Tierra Caliente, pero estas palabras del doctor Roskamp lo hicieron seguir buscando en todas las fuentes posibles: archivos, bibliotecas, libros viejos y casi ya desconocidos, manuscritos y códices. La inquietud que debió haber sentido al saber aquellas palabras del investigador del Colegio de Michoacán derivaron en años de estudio y recopilación que se cristalizaron en este su tercer libro publicado. El mismo Mundo Fernández disiente con el autor sosteniendo que leyendo la Relación de Cuseo (Cutzio) se puede saber “cómo vivieron los pobladores de esas tierras”. Y tiene razón el estudioso cutzamalteco, leyendo entre líneas esa relación y otras fuentes que da en los dos primeros capítulos de su libro puede surgir una historiografía que nos acerque a entender la vida de los pobladores precortesianos de estas tierras.

Crónicas de Tierra Caliente comienza con los primeros asentamientos de los Mezcala y otras tribus que dejaron huella de sus estancias y termina hasta la inundación de muchos pueblos de la región a consecuencia de la creciente del río Balsas en septiembre de 2013. El libro, como su título lo indica, es un conjunto de crónicas que a menudo lindan con la historiografía dividido en seis capítulos. No predomina la voz historiográfica que apuesta a la recreación de los personajes en su tiempo sino la narración del cronista que informa de pueblos, hombres, sucesos, biografías, guerras, revoluciones y todo aquello que ha quedado registrado y que el autor pacientemente ha sabido indagar y buscar. Fue una labor sincera y titánica, y esto está por encima de cualquier cosa que este libro adolezca.

El primer capítulo “Tierra Caliente en los siglos v al xv” tan revelador como monumental repite varios pasajes, a veces el autor lo hace intencionalmente, cosa que no me deja de extrañar pero que a final de cuentas termina siendo pedagógico porque hace que leamos un pasaje dos veces y hasta tres. En el segundo capítulo la voz del cronista da paso a las relaciones que escribieron los religiosos que llegaron a catequizar. Son páginas bellas escritas en el español antiguo. Páginas que fueron escritas desde el asombro y la admiración de los hombres que por primera vez veían un mundo distinto. Y es que el asombro es una marea que si se conduce a alguna de las artes y sobre todo a la escritura da excelentes resultados. Bernal Días del Castillo era un ingenio lego pero por su buena memoria y su capacidad de asombro nos dejó el libro Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, padre de nuestra literatura. Pero abandonar al lector en citas y que el narrador nada más sea una guía de fuentes puede tener sus riesgos para aquellos que son primerizos en la lectura. Esto se da en los capítulos tercero, cuarto y sobre todo en el quinto donde el cronista informa de sucesos y personajes y luego cita los textos de sus fuentes íntegros. El narrador debe masticar sus fuentes como bolo pastoso para que con el fuego de su digestión salga su voz pura y clara. Por más que ahora los universitarios se ufanen que cada día hay menos analfabetas, el grupo que lee libros es reducido. Y muchos al sentirse abandonados en una suerte de citas completas que repiten lo que el autor ya dijo, pueden abandonar la lectura del libro. Más aquellos incautos que piensan que la cultura es una música en vivo y un colorido bailable. Por fortuna el cronista recobra su voz en el capítulo quinto a partir de la guerra de Reforma y el capítulo sexto donde sus crónicas siguen siendo tan puntuales. Ahí refuta conceptos como el significado de Cutzamala que un autor una vez escribió y que dice que significaba “Ceibas amarillas” (págs. 425-427). En estos tiempos en que abunda información dudosa es bueno que alguien con rigor despeje dudas. El autor demuestra que Cutzamala significa “lugar del Apatzi”, ídolo hecho a la imagen de la onza que los españoles llamaron comadreja. Cuenta que alguien le dijo que se confrontase públicamente para discutir el significado de Cutzamala, pero él dijo que no es hombre que guste de discusiones y polémicas. Más que esto su artículo que escribe y firma es suficiente y qué bueno que el autor no se prestó al morbo y al espectáculo del vulgo.

No hay que dejar de encomiar que en la vorágine de tanta indecencia y frivolidad de los presidentes municipales, Isidro Duarte Cabrera, presidente con licencia de Cutzamala, haya apoyado la publicación de este libro. Mejor libro hubiera sido en cuanto a objeto manual si hubiera caído en manos de un editor. El manuscrito pasó de las manos del autor a un impresor que sacó el trabajo como pudo. Un editor hubiera cuidado detalles que no están por demás, como un índice numerado; el editor está para contener los impulsos y a veces caprichos del autor, hay que hacerle ver que sobra el título de ingeniero en el nombre del autor, que en la contraportada es mejor que vaya una reseña sobre el contenido del libro y no un plano, que sí es valioso, pero que ya va a parecer en las páginas del primer capítulo. Hay quien dice que el diseño editorial influye para que un libro sea leído, yo creo que quien lo va a leer lo va a hacer ante cualquier circunstancia, pero no menosprecio la labor de un editor comprometido.

Alfredo Mundo Fernández, que es ingeniero en Comunicaciones y Electrónica, es diletante de la historia de su pueblo con un criollismo acendrado. Atento a las conversaciones de sus mayores, alumno de otro aficionado a la historia de su pueblo, el profesor J.Guadalupe Luviano del Moral, un día de 1970 (cuando el autor merodeaba los 17 años) vio pasar por el zócalo de Cutzamala a un campesino que arriaba su burro donde llevaba un ídolo viejo que iba a vender a alguien. El campesino lo llevaba cubierto de ropa vieja, medía más o menos 80 centímetros. Cuando supo que su pueblo había sido el único pueblo donde se adoraba el Apatzi, Dios de la muerte según la mitología tarasca, le asaltó la duda: ¿No sería aquel bulto que llevaba el campesino el Apatzi? Fue quizás ese asalto de duda que lo ha hecho investigar y recoger todo dato referente a su pueblo y de Tierra Caliente. En su sueño lo turba la algarada de diez mil guerreros tarascos provenientes de diferentes partes del imperio que defendían la guarnición en Apatzingani, en su sueño relucen la grandeza de los reyes Tzitzipandacuare y Zuangua, en su sueño palpita el paso de Morelos por la iglesia de Cutzamala, su sueño se vuelve pavoroso por el sitio de 1860 donde los liberales triunfaron e incendian el pueblo. El criollismo de Mundo Fernández corre seguido el riesgo de exaltar a los héroes nacionales en demasía sin tratar de comprenderlos como hombres que también tuvieron errores. Un ejemplo es cuando Morelos pasa por el pueblo de Atenango del Río, diezmado y perseguido, los ribereños no lo ayudan, al contrario le esconden las balsas y esto hace que varios insurgentes pierdan la vida al cruzar el río. Morelos al retirarse del pueblo ordena, desesperado y colérico, incendiar todas las casas. En vez de profundizar un poco, de humanizar al prócer, el autor afirma: “Todo por el despotismo de los indios de Atenango”, y luego “dicen los historiadores con justicia” (pág. 199). Y así con varios próceres y personajes que pasan por estas páginas y que el maniqueísmo oficial ha dividido entre buenos y malos.

Es un diletante de la historia y esto le da una gran ventaja moral porque su trabajo no depende de un sueldo ni de ninguna canonjía sino del amor por su pueblo y su curiosidad. Siendo un profesor universitario es partícipe de la cultura libre en cuanto a sus trabajos de investigación y sus libros publicados e inéditos. Es indudable que de modo independiente ha hecho aportaciones importantes. Los círculos universitarios a menudo no ven con buenos ojos a estos estudiosos, al contrario, muchas veces los tratan de minimizar y ningunear. La doctora Claudia Espejel Carvajal, apoyada por El Colegio de Michoacán, y la Dirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicas del INAH, publicó Etnohistoria y Arqueología Tarasca en 2007. Ahí se aboca a los 312 topónimos que aparecen en la Relación de Michoacán. Curiosamente Espejel Carvajal llega a las mismas conclusiones que Alfredo Mundo Fernández en su libro Historia de Tierra Caliente que publicó en 2001. Si Espejel Carvajal no conoció la obra de Mundo Fernández mal para su trabajo porque el historiador diletante supo descifrar topónimos que ella dejó inconclusos (pág. 26).

Estas crónicas de Tierra Caliente nos dan conocimiento de pasajes históricos y sociales, y de personajes que gustarán mucho en saber, y para quien los sabe, en saborear. La fortaleza de Apatzingani y la guerra entre Tarascos y Aztecas atrincherados en Oztuma (pueblo que desapareció); la llegada de fray Juan Bautista Moya, que un año después de pasar el río parado en el lomo de un caimán, los indios lo llevaron cargando en litera para que muriese en Valladolid; las guerras de montaña, guerra de guerrillas que mantuvieron vivo el ideal de independencia; el sitio que los liberales de la Reforma impusieron a los conservadores en el pueblo de Cutzamala. Interesantes y bellas páginas que el autor da a conocer de José Guadalupe Romero, canónigo doctoral de la Santa Iglesia Catedral de Michoacán que publicó en 1862, La historia y la estadística del obispado de Michoacán y que para ello visitó la región de 1859 a 1860. Notable la parte donde el autor habla de la música de Tierra Caliente, música que nació de la inspiración, sensibilidad e imaginación de Juan Bartolo Tavira, y que 150 años después sigue siendo la música que le da identidad a la región calentana. Interesantes y reveladores personajes como Victoriano Agüeros de Tlalchapa, periodista, escritor y editor, opositor al porfiriato; como Eusebio S. Almonte, poeta, precursor y mártir de la revolución, que nació en Cutzamala en 1869 y fue fusilado en 1901.

¿Quién podrá reunir un día la obra de estos personajes? Hay buenas noticias. Alfredo Mundo Fernández tiene listo para la imprenta: Vida y obra del Dr. Eusebio S. Almonte; Vida y obra del profesor Celedonio Serrano Martínez; y, Vida y obra del profesor Victoriano Agüeros. Además la Monografía de Cutzamala y Leyendas y sucesos de Cutzamala.

Hay en este libro, ya lo dije, amor y pasión. Y esto Alfredo Mundo Fernández no lo quiso dejar como un hilo invisible que sostiene y sujeta todas sus crónicas, sino lo quiso dejar ver en “El final”. Apenas tres páginas donde, a parte de demostrar que es un narrador consumado, habla de la nostalgia muy presente en sus escritos. Es más la nostalgia es otra fuerza que lo ha inspirado a meterse en las bibliotecas para nunca más salir, navegar en las aguas dudosas de la internet y leer y escribir sobre su pueblo. No es una nostalgia vana como pudiera parecer diciendo que todas las generaciones echan de menos sus años juveniles. El Cutzamala que vieron sus antepasados, ese pueblo rural y tranquilo, con sus secas y sus aguas, con sus casonas espaciosas, su iglesia histórica, ese Cutzamala vio él, con sus campesinos, sus árboles, sus charamascas (o chamarascas), pero ese Cutzamala se fue y las nuevas generaciones jamás lo verán. Por eso en alguna parte de su libro Mundo Fernández dice que le interesa que los jóvenes sepan cómo fue Cutzamala. El mundo, las ciudades, los pueblos fueron más o menos los mismos hasta, digamos, 1850; ya después llegó el progreso y empezó a arrasar con las formas antiguas de la vida social. Obviamente este progreso no llegó igual para todos lados, en nuestra región, por ejemplo, empezó a aparecer hasta un siglo después. El niño Alfredo creció en un pueblo donde el engañoso progreso no había llegado, el progreso estaba en ciernes en un pueblo donde había conversadores de tiempo completo, laboriosos artesanos, incansables productores, maestros con mística de elevar a los alumnos a las humanidades, con un río de aguas cristalinas, bosques inexpugnables, noches sin luz eléctrica, pero en los sesenta empieza a asentarse el progreso y en un abrir y cerrar de ojos el antiguo Cutzamala se fue, difícil que vuelva un día. De esos años nos ha querido platicar Alfredo Mundo Fernández. No me queda más que repetir su dicho: que los siglos sean el libro, porque el libro es la historia y que la gente lea este libro. □

febrero 21, 2015

Estampa de Ñel Pérez

De niño conoció a Daniel Pérez. Ya estaba viejo y era tembloroso, vestía manta siempre impecable y con su paliacate amarrado al cuello. Era colorado y de ojos de color. Recuerda que aparecía en las calles con un canasto sobre la cabeza vendiendo pan que él mismo hacía. Era llevado con la gente y se tomaba muy en serio la llevada. Iba por el camino muy abusado por si alguien le decía algo. De pasada, de varias cuadras de distancia, alguien le gritaba: “Ñel, fresco!”. Se paraba, dejaba de despachar si era el caso y contestaba también a voz en cuello: “Hijo de tu puta madre, ve y dile a tu madre que se bañe porque horita voy a ir a cogerla”. Así era por todo el camino, despachaba más mentadas de madre que pan. Él lo admiraba, ahora recuerda, casi era su ídolo. ̴

enero 31, 2015

Dormido

Tirado en su cama, marchito el porvenir,
despierto y a veces con leve ronquido;
el hombre no hacía otra cosa que pedir:
que la muerte lo sorprendiera dormido.

Silencio de pesar su mujer oía,
y amorosamente servía su plato,
porque tal encierro no le parecía:
“Salte, Alvaro, deja de pensar un rato”.

Hubo tiempo en que él sembraba su campo
y ella cada año festejaba su santo.
La noche no llegaba de golpe, tampo-
co el sol teñía color de desencanto.

“Sal, Alvaro, ya se acerca tu cumpleaños
y, camino a la plaza, me han detenido
y me han dicho que vendrán como otros años.
¡Haré mole! quien venga sea bienvenido".

El sol irrigó el oro de su fiesta,
levantó la neblina de tanto pesar,
alzó al hombre de su tortuosa siesta,
que temprano su patio se puso a regar.


Llegaron los invitados:

Sus amigos entrañables:
Victorino, de dar ralo,
era de los infaltables;
como siempre, sin regalo.

Álvaro no se fijaba.
“Dobletea plato”, para sí
decía: “gorrón de por sí”,
su mujer las mascullaba.

Simón que siempre decía
que por Dios ya no bebía,
esa fecha de borracho
quedaba en su silla gacho.

Cuando el fulgor del convite
caía, ya al anochecer,
ya Simón estaba al quite
para platicar y beber.

Álvaro que nunca bebió,
no se mostraba distante.
Hubo días que convidó
una pata de elefante.

Llegó Elvira, su prima,
con aire de humilde rima,
siempre con sus convidadas,
placeras, pero aliñadas.

Hicieron música tales,
con elogios de mercado,
al mole con sus tamales
y de aquel patio regado.


La mujer estuvo contenta ese día
porque Álvaro por fin salió de su cuarto,
de su silencio de lodo de lagarto,
ese silencio que también a ella hundía.

El último invitado fue despedido.
Se marcharon sin dejar rastros de arrebol.
El hombre se encerró en su cielo sin sol.
Sueño caviloso. A esperar dormido.

Dormido sintió la hondura de la noche.
Sueño y tristeza cerraron como broche.
Recordó que quería mucho a su mujer
y en su último relente la pudo ver.

La muerte no tardaría mucho en llegar.
Entró por el resquicio de su ronquido.
Ya después su mujer, siempre que hubo lugar,
contó: “murió contento, murió dormido”.  ̴

diciembre 31, 2014

Ciudad Altamirano: como hace 18 años

Una dirigencia teñida de recalcitrantes cacicazgos, de imposición vertical y a capricho de candidatos que chocaba con la meritocracia porque ahora eran varios los que alzaban la mano para las candidaturas; una administración municipal opaca, con obras de relumbrón que eran aprovechadas para el discurso vano y demagógico; la corrupción, ya secular como el partido emanado de la Revolución (la corrupción no es un mal cultural ni histórico de los mexicanos, los liberales de la Reforma “no robaron ni un centavo” y “Porfirio Díaz se retiró con su sueldo de militar”) [Enrique Krauze, Por la justicia, contra la corrupción. Reforma, 23-11-2014]; el descrédito de la clase política que cada día imponía un muro sordo entre ella y la sociedad civil, exceptuando al genuflexo que en cada administración acompaña a los presidentes; un edil dipsómano que dejó el cargo por ausentismo y por recomendación, tal vez coerción de su superior. Ante todo esto una palabra tomó fuerza y sentido como nunca: hartazgo.

Era el año de 1996, la dirigencia priista, después de fintas y retracciones, se decide por Rodrigo Borja García para que sea candidato por la presidencia municipal de Pungarabato. Doctor exitoso, grandilocuente, desde un principio se autoproclama candidato y sostiene que está listo para gobernar su pueblo. Siempre en automóvil, se vuelve peatón para emprender su campaña casa por casa. Esta soltura y audacia no le parece a los dirigentes priistas, y lo reconvienen. Se habla de retirarle la candidatura. Varios alzan la mano, la dirigencia reconsidera y por fin se la dejan a Rodrigo Borja. Sin embargo, varios aspirantes se retiran resentidos con sus huestes. Fue una razón de su derrota, nacida en el seno de su partido. Otra fue su peculio que se avino mal con el hartazgo que la gente sentía por el priismo. La última administración bien podía resumir los vicios y lastres del priismo. En mi cuadra vi a personas que nunca antes hablaban de política, y hablaron para coincidir en salir a votar en contra del PRI.

Empezaban los mejores tiempos del PRD. Otro médico, Víctor Mojica Wences, era el candidato a la presidencia por este partido, pero no había candidato a diputado local. Aún corre la anécdota que ninguno de los iniciadores del PRD en Pungarabato quería esta candidatura. Se pensaba en la derrota, los candidatos del PRI ya estaban definidos: Rodrigo Borja García y Antonio Vargas “la Parota”. De este último se esperaba un arrase por su supuesta popularidad. Finalmente los perredistas eligieron a Manuel Fernández, personaje que apenas figuraba en el partido y, se dice en la anécdota, se vio obligado a aceptar la candidatura. Sea verdadera o falsa esta anécdota, bien refleja cómo el descontento social, y no un plan político, tronchó el engranaje de una maquinaria pesada, que por lo demás se veía ya resquebrajarse. Víctor Mojica Wences apenas iniciaba su carrera política. Su aspiración fue tomada por la voluntad popular para acabar con la ignominia y cinismo de los gobiernos priistas.

Dieciocho años después el nuevo PRI, encabezado por Reynel Rodríguez Muñoz, gobierna Pungarabato y Víctor Mojica Wences, ahora político experimentado, con muchas simpatías que lo han hecho ganar dos veces las elecciones municipales, pero también gastado por el cargo público y fracturado por su separación del PRD quiere repetir aquella hazaña donde su pertinencia política y su carisma fueron depositarias del hartazgo por el viejo sistema priista. La situación política no es muy diferente, al contrario, se ha agravado: el mismo discurso demagógico con cariz de cinismo, una administración de frivolidades y apariencias, la sempiterna corrupción, cada día más descarada como ominosa; una administración que se ve como el gran negocio de la vida, la entrega de la seguridad pública a los capos y, finalmente, el muro sordo e hiriente que se sigue levantando entre la clase política y la sociedad civil. Ahora no es hartazgo por un partido hegemónico, sino inconformidad por el sistema que bien se refleja en el desdén de muchos ciudadanos por la partidocracia. Víctor Mojica Wences irá por MORENA, el partido de Andrés Manuel López Obrador. Seguidor incondicional de este, Mojica Wences es de las personas que apostarían todo por este personaje soberbio, maniqueo, y que se me hace tan desconfiable como cualquier pez gordo de los otros partidos políticos. Su sombra populista ha empañado el horizonte de una izquierda razonada, autocrítica, estudiosa y analítica. MORENA no traerá ninguna diferencia porque desde su propia fundación avala al Estado fallido, obstinado a no implantar el Estado de Derecho y a dar seguridad y justicia a sus ciudadanos.

Javier Sicilia, corazón de poeta desgajado por esta década de violencia, llama al “boicot electoral”, no asistir a la farsa de las urnas, crear un “comité de salvación nacional que convoque y organice un nuevo Constituyente que refunde la vida política de la nación”. (Proceso, 1988). Difícil y duro trabajo, pero contemplar esta idea es un bálsamo esperanzador en medio de la ignominia y simulación de los gobernantes de todos los escalafones.

En Pungarabato, un punto casi nada de nuestra República, a Víctor Mojica Wences tal vez le alcance su carisma y su capital político para ganar con MORENA, pero a este partido no le alcanzará con nada, porque salta del mismo cuño que los otros partidos, para derrumbar el muro sordo y envilecido que divide y aleja a la sociedad civil de la clase política.  ̴


@noeisraelb

noviembre 30, 2014

Desfile chusco: una tradición decadente


De una escuela preparatoria se espera la educación formal, la enseñanza inspirada en la tradición de los clásicos (¿qué puede enseñar un maestro universitario?: lo mismo que un profesor de primaria: a leer). Y también conocimientos técnicos y prácticos. Eso se espera de la preparatoria # 8 de ciudad Altamirano, y no tendría ningún motivo para dudarlo (para eso está el personal y las instalaciones, que según el mito de las burocracias universitarias nunca serán suficientes: siempre habrá una aula que construir, muros que levantar), pero cada año que sé del “desfile chusco” me hace pensar en un adocenamiento de los profesores, una indiferencia que solapa la exhibición de los alumnos en algo que no tiene sentido porque tiene poco que ver con la educación. Un desfile que lanza a los alumnos a un despapaye ramplón, innecesario en una sociedad actual que vive un lebertarismo mal entendido, un libertarismo que se regodea en la falta de curiosidad por el saber y que jala hacia el vacío.
Para coronar una supuesta “semana cultural” se hace desfilar a todos los grupos de la preparatoria por las calles de la ciudad con disfraces y representaciones chuscas. Si los profesores parten del sentido antropológico de la cultura, que sostiene que esta lo es todo, caen en la vaguedad. Si parten del significado humanístico, que dice que la cultura son las bellas artes, los profesores andan en el limbo.
Desfilaron ¿23? ¿25? grupos con la gastada idea de motivarles la imaginación y la creatividad y porque ya es una tradición de dicha institución. La creatividad languidece en el desparpajo y los berridos que los jóvenes van dando por las calles. Solo basta saber el nombre de los grupos ganadores: “Las galletas comelonas”, “Minios” y “La iguana loca”. Otros títulos: “Seximbol y sus nacas”, “El desver”, “Los picapiedras”, “Espantapájaros”, “Gato ensombrerado”. La estridencia del desfile deja la idea, por lo menos en este evento, del poco compromiso espiritual y cívico de los maestros, que con su inercia empujan a los muchachos a echar mano de la frivolidad para pasar como bufones ante la gente curiosa que se amontona en las calles. Lejos quedó la mística de los profesores que quisieron elevar al populacho, y no bajarse a su nivel envilecido por la injusticia social.
La creatividad se pierde en la fragua de un desfile sin sentido. Y las tradiciones suelen ser buenas pero también decadentes. “El desfile chusco”, con todo y los profesores que se empeñan en mostrar “la imaginación de los alumnos”, y el dispendio de los contingentes, es una práctica decadente.
No dudo que los primeros años haya sido un golpe saludable de creatividad y una apoteosis de la libertad juvenil para protestar en contra de formas sociales que los ataviaban y tal vez contra prejuicios rancios. Quiero imaginar que el desfile en su primer año fue idea de los mismos estudiantes que jubilosos salieron a las calles de modo sorpresivo y espontáneo, o tal vez de un profesor audaz e inquieto que no se conforma con el adormecimiento en un sillón mullido de académico. Pero aquello poco tendría que ver con la imposición que los profesores y directores imponen verticalmente actualmente. Lo original ahora sería que un grupo de alumnos rompa con un desfile oneroso y sinsentido, o también, que un profesor audaz lo haga, con el riesgo de que se le excluya y sea malmirado.
        ¿Llegará un director que festeje la fundación de la preparatoria con una semana cultural que canalice el ímpetu juvenil en actividades propias del saber de inspiración clásica? Es difícil. Dice Gabriel Zaid que algo tienen las burocracias que desanima la creatividad. El desfile tiene su color, se luce por las calles, se ganan notas en los diarios locales, hay más chance para las poses de las fotografías. La semana cultural tiene su acto de inauguración y clausura, visitas de rectores y presidentes municipales, mesas de honor para hacerse escuchar, hay más chance para las poses de las fotografías.
Lo que queda del desfile es acaso el gasto que hacen los padres de familia en los disfraces de sus hijos. Gasto que se suma a la recreación-construcción física de chozas que se acostumbraban antes de la llegada de la modernidad y del progreso: jacales de paja de ajonjolí. Los estudiantes no tienen otra que sobrellevar más o menos el humor y las ideas de los maestros, y los padres de familia tienen que desembolsar... (mil pesos costó levantar cada choza, El Debate, 25-11-14). Cantidad que me parece queda corta, porque además de acarrear los materiales de la choza hubo trajes típicos de manta, se improvisaron fogones, hubo comida y aguas frescas, música de banda… Hacer una lectura sobre los usos y costumbres de nuestra región durante una hora, y después una discusión de media hora, dejaría un buen aprendizaje. Habría que admirar de esas chozas la vida sencilla y sin dispendio. Habrían de pensar los universitarios que se puede aprender, vivir sin carretadas de presupuesto.
Pero esos gastos es poco a comparación de lo que deja de producir la preparatoria durante una semana. Una pérdida que crece exponencialmente nada más al pensar en las instalaciones, el personal, el tiempo que es desaprovechado para revelarles a los alumnos que no hay de otra que leer.
Durante la semana cultural hubo además eventos deportivos, carrera de burros, palo encebado y cuche encebado, y por ahí, para que no sonora a estafa “la semana cultural”, también hubo concurso de música y oratoria.
¿Quién será el director que en vez de un oneroso “desfile chusco” concluya con un concurso de lectura grupal de un libro completo, y que después de una pequeña discusión presentasen el resumen por escrito de dicho libro? Es un evento que no luciría, pero no acarrearía mayor gasto, sería un evento que no aparecería en las páginas de los diarios, pero sería un evento digno de los ideales de la universidad. ̴

Nota: Ya en el siglo XIX, Carlyle (1795-1881) escribía: “La verdadera universidad hoy es una colección de libros”. Lo más que puede hacer un maestro universitario por nosotros es lo mismo que un maestro de primaria: enseñarnos a leer (Los héroes, V). Citado por Gabriel Zaid, Futuro de la universidad. Reforma, 28-09-14.



    

¿Qué pasó en Guerrero?

· Guerrero no es México, pero Iguala sí era como todos los municipios del Estado de Guerrero, donde los capos tenían el control de las direcciones de seguridad y aun sacaban tajadas del erario público.

·Los presidentes municipales no es que fuesen aliados o socios de los capos. Estaban sojuzgados bajo la sombra incómoda de los capos. Y si no decían nada era porque en su nula transparencia también ellos podían medrar y aspirar a otros puestos públicos.

· Diez años tuvieron los capos para desaparecer a 43 estudiantes normalistas. Diez años que tuvieron luz verde y el disimulo de coroneles del ejército y altos mandos de la policía federal.


Ciudad Altamirano no es Iguala, pero por la entrega de la seguridad pública a los capos es como si lo hubiera sido. El escenario tenebroso para desaparecer a 43 estudiantes estaba preparado en cualquiera de las ciudades principales del Estado.

En Ciudad Altamirano los capos empezaron a sonar en el 2004. De Huetamo y San Lucas, municipios de Michoacán, llegaban de arribada esbirros que se hacían llamar zetas; y del lado de Coyuca de Catalán, llegaban otros que se identificaban como de la banda de los pelones. La gente empezó a hablar de sus poses temibles, de sus armas; y pronto, de su saña y sus ambiciones desmesuradas.

La ciudad empezó a ser sitio de enfrentamientos. Los crímenes entre las bandas enturbiaron la claridad de aquellos días. Nadie pensó que las escenas de levantones y asesinatos del 2004 apenas eran el preludio de la ambición e irracionalidad de los capos, de la extorsión y el secuestro. Un desbocar de unos hombres en el mal puro: en el vacío y sinsentido. Diez años de estupor, de zozobra, de miedo, y en muchos ciudadanos, de indignación. Diez años que saltó del cuño una moneda que subyuga con un tintineo pavoroso e indignante: que de un lado resalta el perfil corrompido, oneroso del gobernante; y del otro, la sombra ominosa de los capos.

Pero ¿de dónde salieron los capos?, ¿quiénes son?, ¿por qué su ensañamiento?, ¿su desprecio por la vida humana?. Quiero hablar de los años que precedieron la llegada de los capos, de la década de los noventa, tiempo que me tocó vivir mi infancia y adolescencia.

Ciudad Altamirano era una pequeña ciudad, pujante en lo comercial, con ciudadanos orgullosos del progreso que había alcanzado en los últimos 30 años. Treinta años no son nada pero en ese tiempo quedaba poco del antiguo y rústico Pungarabato. En esas tres décadas se construyeron los edificios que albergarían las escuelas, las burocracias, los hospitales públicos y privados, y comercios a grande escala. Ciudad Altamirano se convirtió en el emporio de Tierra Caliente. Había un festín de burócratas favorecidos, profesionistas, médicos, comerciantes que en pocos años se podían levantar alcázares.

Sin embargo, por el otro lado, por más que el sector progresista brillaba por su lujo, era notable el socavón de la pobreza y desigualdad.

En los noventa empezaron a morir los campesinos de la última generación que tuvieron un auténtico amor a la tierra, un arraigo por la vida del campo. Campesinos que guardaban formas de producción y de convivencia arcaicas. Mostraban respeto a la tradición y a los mayores, compartían sus experiencias y vivían plenamente en el pueblo. No fue una generación de campesinos de convivencia idílica. Siempre hubo muertes por venganza, por honor. Muchos de ellos platicaban por experiencia de sus mayores el paso por estas tierras del grito funesto de “¿quién vive?” que causó discordias y muertes entre hermanos y compadres. ¡Qué generación, qué sociedad vive sin sobresaltos, sin tragedia! Luego no dejaron de contar la violencia regional que les tocó saber durante el transcurso de sus vidas, los últimos tres cuartos del siglo pasado: pleitos por las tierras, reyertas inspiradas por el exceso del alcohol, desgracias familiares. Fue la última generación de campesinos que utilizaron formas de trabajo rudimentarias, muchos se resistieron a utilizar pesticidas y abonos químicos para producir la tierra. Con sus antiguos modos de producción, no comprendían muy bien la complejidad de la sociedad moderna con su aplastante progreso.

Ahora recuerdo su visión de las cosas, todo venía degenerando. Hombres que creían que el pasado fue mejor, intuían que tiempos malos sobrevendrían. Tal vez su pesimismo era por su condición propia: el abandono del campo era notorio. Sus hijos no compartieron la mística por la vida y el trabajo del campo. Estos fueron absorbidos por las muchas ocupaciones de las ciudades, y una gran mayoría, terminó en los Estados Unidos. Tal vez por eso su pesimismo y sus malos augurios. Sin embargo, los campesinos de esta generación que llegaron a saber de la violencia de los capos, no dejaron menos de desconcertarse. Hombres de a pie no dejaban de ver con desconcierto que unos hombres bajaran de una imponente camioneta, armados para matar y levantar. Se quedaron perplejos como cualquiera que diez años después se ponga a indagar la fuente primigenia de la irracionalidad de los capos.

De niño yo llegué a escuchar que la cocaína proveniente de Colombia no toda iría a parar a los Estados Unidos, sino tendría que buscar mercado en nuestro propio país. No tardó mucho. En los noventa los consumidores de cocaína eran tan notorios como los narcotraficantes que transportaban marihuana y goma de amapola a la frontera y al país vecino. Estos últimos cuando volvían triunfantes de sus viajes se confundían entre las personas de los grupos progresistas. El éxito y el dinero son falsos valores que a menudo ofuscan la vista de muchos, y adormecen la conciencia social. El lujo y el dispendio que ostentaban los narcotraficantes inspiraban el espejismo de grandeza que hizo pensar a muchos, que años después habrían de morir enrolados en las bandas, que la riqueza, aunque fuese pasajera, bien se podía conseguir en un viaje de droga a la frontera, en un golpe de suerte. Espejismo de muchos que abrevaba en las circunstancias de pocos: residencias modernas, carros y camionetas flamantes, afamadas fincas, ricos ranchos.

Esos narcotraficantes que empezaron a aparecer con sus coletazos de audacia en los 80 y ya para los noventa tenían sus historias y hazañas esplendorosas, en los primeros años del 2000 los que no mutaron en capos, fueron asesinados. Su dinero y su suerte se esfumaron con la llegada de las bandas. Los que sobrevivieron, unos aún con riqueza, cayeron en traiciones, destierros, secuestros y muertes troces.

Los capos se cebaron en la sangre. No diré de malos porque repetir que a los que matan y secuestran son malosos o sospechosos es como ir justificando cualquier atentado contra vida humana.

¿Dónde abreva el rencor vivo, la maldad pura de los capos? ¿Dónde está el surtidor de irracionalidad, vacío y sinsentido? Bien podemos decir como Rubén Darío: en el hombre hay mala levadura.

El liberalismo, la democracia liberal, el libertarismo llevado a la satisfacción de los deseos individuales más ínfimos, se suspenden ante esta vorágine de pasiones ciegas y pareciera que se esfuman en los aires del desánimo. Los capos, con sus impulsos macabros; los gobernantes, preocupados por la ganancia inmediata son a la hora de estamparse en la moneda avasallante hijos legítimos del individualismo galopante y desbocado que nuestra sociedad actual parece ponderar. Un individualismo que cuando mucho da por pensar nada más en el núcleo primigenio: el cónyuge y los hijos. Cierra las puertas porque las demás cosas suceden en la calle, al vecino. Los lazos comunitarios se rompieron en una sociedad que fragua bajo su mojigatería el egoísmo más recalcitrante: pensar en el yo, que es lo más importante y los demás que se las arreglen como puedan. Aún podemos ver esos lazos entrañables en pequeñas poblaciones que comparten actividades o en grupos que tienen intereses virtuosos afines, grupos que son nada en las grandes ciudades, donde el individualismo hace caminar con el rostro patibulario.

Aunque los capos salieron de las hendiduras de un submundo tan misterioso como irracional, y los gobernantes de escenarios distintos: de buenas familias, con estudios universitarios, del fogueo con políticos duchos en la verbosidad y demagogia comparten el fuego del individualismo mal entendido que implacable, devorador consume el propio seno de donde ha surgido.

Es bueno ser optimista y actuar en ello para no caer en un optimismo ramplón. Hay que esperar el progreso, más bien dicho hay que aprovechar las oportunidades para concretarlo. Como la lamentable desaparición de los 43 que ha indignado a amplios sectores de la sociedad.

Aunque pareciera que el gobierno se resiste a implantar el Estado de Derecho, aunque haya un amplio sector de la sociedad, que montado en el individualismo desbocado, se dirija a la nada; una moneda corrompida y brutal no puede predisponer ni comprar a todos. Los hombres que encarnan la justicia, por muy mala levadura que haya en su simiente, no nada más se encuentran en las páginas de la historia. Ni en cielos inalcanzables. A menudo nos los encontramos en la vida cotidiana y nos sorprenden. De ahí que no todo sea nubarrones, por más que cubran el cielo una década. De esos hombres nacerá el Estado de Derecho que tanto urge a los mexicanos. ̴


@Noeisraelb

noviembre 02, 2014

Rogaciano Dávalos



A Charácuaro yo vengo
a contarles un corrido;
no en balde los entretengo,
a un señor va dirigido:
don Rogaciano es su nombre
y Dávalos su apellido.

El nació en cuna muy pobre,
huérfano de niño quedó;
de arriba Dios la vida obre,
aunque puro y tiesas comió.
“Quiero que un día me sobre”,
dijo, y del pueblo se marchó.

Llegaba el mediodía
y no tenía qué comer.
Era cuando se decía:
“que se acabe el mundo en pan,
para siquiera ese día,
morir lleno morir en paz”.

En México algún trabajo,
en el Norte de bracero,
sin olvidar el atajo
porque volvía certero.
Su mujer, también sus hijos
lo esperaban con esmero.

Un día tal vez cansado
no volvió al extranjero;
se puso a criar su ganado
y a cultivar su potrero.
Y sus hijos, por su lado,
hallaron propio sendero.

Vive tranquilo el ranchero.
Cuando visita Huetamo,
luce su fino sombrero;
aunque una vaca parida,
según costó, yo refiero
que fue buen regalo en vida.

Gusta tomar pero poco
con sus amigos tranquilo.
No tiene miedo tampoco,
la vida pende de un hilo.
Habladores valen poco,
es una verdad de a kilo.

No habla ni se la aperfuma,
de estos versos gusta aprender:
“¡El cuervo con tanta pluma!,
y no se pudo mantener;
el escribano con una
sí mantuvo novia y mujer.

Deporte de mucha gente
fue la pelota tarasca
en toda Tierra Caliente;
en patios de charamasca
fue tirador muy potente
difícil que otro nazca.

Hace un año la creciente
que toda su casa inundó.
Su hijo estuvo al pendiente
y a sus padres nada faltó.
Hoy Rogaciano presente,
platica lo que sucedió:

“Septiembre del año trece,
el río todo se llevó.
Este río crece y crece,
hasta que las casas cubrió.
Por poco desaparece
este pedacito de Dios”.

Vuela paloma del prado,
vuela vuela por el llano;
si ves un perro a su lado,
se trata de Rogaciano,
es que lleva su ganado,
es un ranchero calentano. ̴


octubre 26 2014

octubre 31, 2014

Retrato del Diablo




A Miguel Mani, que ya es maestro.

El Diablo al mostrarnos el camino del mal nos indica cuál es el camino del bien de que nos hemos separado.
Manuel Payno. El fistol del Diablo, v, iv.

Aunque puede presentarse como una mujer que con la boca borneada entrega a un hombre una olla de monedas de oro o como un niño que en nítido sueño susurra qué camino tomar (como profundo conocedor de las pasiones humanas se las juega audazmente con sus artimañas para que el hombre encuentre a su paso intrigas, sinsabores y desgracias), su apariencia más recurrente es la del hombre de media vida, de cuarenta y pico años.

En los magníficos salones viste elegante pero con sobriedad; entre el populacho, siempre se le encuentra de aspecto distinguido.

Su rostro afable, luego agudo; su mirada perspicaz, luego siniestra; su sonrisa ladina, luego maliciosa; su tez pálida, luego encendida al tramar asechanzas; su compostura fuerte, sus brazos nervudos y vellosos; hacen pasar inadvertido el destino legendario de sus pies. Viéndole su calzado que termina casi en punta da la impresión que está a punto de hundirse en un remolineo de tornillo al abismo último de la tierra.

No pasa de la sonrisa maliciosa. La carcajada acentúa mal en un caído. Es uno de los infundios que le han hecho. No hay en él regodeo por la desgracia. Después de tender la trampa con sus hilos acechantes, acaso al principio de la caída, desaparece al instante. De por sí caído, no puede regodearse en el lodo del abismo del cual quisiera desprenderse.

Una arma del diablo es la noche y más precisamente el sueño de los mortales. La primera arma es su libertad para andar por la tierra y merodear a los hombres. La noche le recuerda el abismo de donde viene. De ahí que la media noche esté teñida de historias de la malahora. Aunque una vecina mía me contó de niño que el diablo se le apareció en un mediodía pobre, y que se ofrecía, sin compromiso, a ayudarle para que le diera de comer a sus cinco hijas hambrientas. La mujer rechazó el ofrecimiento, y el diablo, que por ese tiempo montaba a caballo, desapareció dejando una nube de polvo.

Durante el sueño los hombres se encuentran inermes. Ahí se encuentra el reposo y la inspiración. Pero ahí suele llegar el diablo a sus cabeceras y como un excelente malabarista de los sentimientos humanos, como un rifero que se sienta a la mesa para leer el futuro, hace mil sugestiones: son las pesadillas y los sueños siniestros. La serpiente que perdió a Eva antes fue víctima porque el demonio se le introdujo en forma de negro vapor mientras dormitaba (Milton. El Paraíso perdido, ix).

Viajante todos los siglos no debe sorprender que decida pasar largas temporadas en un solo lugar. Ya establecido entre los hombres, toma café hirviente, fuma porque el humo le va bien a su personalidad sombría. No desprecia los licores y cerveza de nuestros tiempos, pero son suyas las cavas originarias del vino puro y espumoso: chorro de sangre de toro prieto que calma la sed y atempera los humores. Es un excelente conversador que destantea con sus planteamientos falaces, escandaliza con personajes egoístas e irracionales, y, finalmente, sus historias descarnadas marchitan la flor, ahuyentan despavorido al colibrí y atribulan al espíritu más templado.

Orgulloso de que sabe muchos secretos del mundo, no lee, y cuando lo hace, es de modo conciso, como quien busca un dato, como quien busca el cabo suelto en un manual de técnica.

No lee literatura culta y ve con desprecio al amor. Mentiras y desvaríos diría de lo uno y de lo otro. Para él mientras menos se hable de estos temas es mejor. El poco interés por el arte y el descalabro cotidiano del amor, lo hacen fuerte, se siente amo de los hombres. Pero he aquí su punto débil. Quien explora en la poesía (por mencionar una veta del arte) sin otro propósito que encontrar los veneros de las pasiones humanas terminará por saber y comprender al ser humano. El Diablo, que siente que este conocimiento nada más a él le pertenece, se pone celoso y no le hace mucha gracia. Un filósofo de nuestro tiempo ha dicho que Luzbel es el santo patrono de los artistas. No es que sea un protector, sino que el hombre es libre, como el ángel caído, y el hombre en su corta existencia puede aventurarse a la no fácil empresa de comprender un poco el indescifrable corazón humano, y a partir de ahí compartir esa experiencia íntima por medio del arte.

En cuanto al amor, es el sentimiento sublime por excelencia, el tiempo y el espacio donde el hombre rompe las cadenas que lo atan, vuela los candados de las puertas que lo encierran y sale a reconocerse libre. Hay en el hombre que concreta el amor algo celestial y ahí el Diablo no puede estar, no tiene nada qué hacer. Aprovechará la mengua para volver y renovarse en sus fuerzas.

Hay tiempos en que el Diablo aparece radiante repartiendo su oro como si se tratara de granos de maíz, granos de ilusorio brillo y valor; sin embargo, los hombres, jubilosos, como primer día de feria, discretos pero ávidos extienden la palma de su mano para recibir su parte. El diablo reparte su oro cuando el gobernante esquilma a su pueblo, cuando un líder religioso se extravía de su discurso teológico por la riqueza y su dominio, cuando la guerra brota, cuando el hombre desvela su inteligencia para destruirse a sí mismo y a la naturaleza, cuando el hombre deja de seguir su estrella y se anquilosa, cuando prende el celo y la desconfianza, cuando se enciende la ira y la venganza, cuando arde la saña y los excesos de la carne, cuando humea la ingratitud y el orgullo.

Hábil bailarín, consumado músico: sobre todo de música tocada en violín y piano. Toca las notas más dulces, las más melancólicas y las más terribles. Quien ha tratado de tocar como él se ha fatigado en balde. Para el registro de las notas escritas en la pauta, los dedos se acalambran, la vista se cansa y la memoria se retarda. Ufano diría que quien quiera tocar aun alguna de sus cancioncillas, así el ejecutante más diestro, tendría que practicar de cuatro a cinco años. Como bailarín, cuando estuvo de visita en Tierra Caliente varias mujeres de la vida alegre, que quedaron muy contentas por las monedas que les dejó, quedaron con el cuerpo ahuatado y la picazón les tardó semanas.

No está tan ocupado como puede suponerse, porque en realidad no necesita de mucho para que los hombres se desenvuelvan bajo su dominio. No puede variar el curso de la vida. No sabe el destino de los hombres pero la carga de tantas generaciones lo hace un fatídico especulador de almas que pareciera que difícilmente escaparán de sus garras.

Para ocupar su tiempo libre se dedica al comercio. Los productos y los lugares son tan diversos como el mundo. Hace 168 años llegaba a Orleáns en un buque para recoger un cargamento de algodón que le daría una ganancia de 80 mil pesos. Hace 94 años fletaba un hatajo de mulas en la costa de Guerrero para transportar cargas de café a la Ciudad de México. Tal vez en este recorrido pasó por Tierra Caliente y aquí se quedó un buen rato con nosotros entretenido por el material humano (acababa de pasar el grito siniestro de guerra “¿Quién vive?”, pero todavía los hombres se mataban por honor y pleitos rancios, por lo demás gente rústica pero hospitalaria), pero también se quedó por los sones y gustos tocados en violín, uno de sus instrumentos favoritos.

Al diablo le gusta aparentar ser amigo de los hombres, y aun, que le digan con toda franqueza “amigo”, no tanto porque se envanezca de que se le busque para tratos y favores, sino, como criatura del mismo numen que hizo al hombre, guarda una íntima esperanza de salvarse junto con este. ̴


Octubre 31 2014