mayo 09, 2015

Libros que hay que leer




En seis entregas a la revista Letras Libres (enero 2014-marzo 2015) Gabriel Zaid ha hecho una cronología de los hitos del progreso de la historia de la humanidad. El progreso (“innovaciones favorables a la vida humana”) ha venido de la mano del hombre.

De esta “Cronología del progreso” me interesaron sobre manera los libros, los textos, los tratados, los pasajes, las ideas y los personajes que hay que leer y estudiar. Un libro, un cuento, un poema, un ensayo pueden cambiar la vida de un ser humano. Desgajo la siguiente lista de libros y textos que fueron un gran acontecimiento y que están a la espera de otros hombres para renovarse y sublevarse. No es una lista definitiva. Es una lista que anima a tomar la ruta de los clásicos.

No hay mucho tiempo para leer. A los quehaceres y obligaciones cotidianas habría que agregar otras distracciones que hasta los lectores más entrenados pueden estancarse: “los demasiados libros” y periódicos disfrazados de buenas intenciones. Ardua tarea es encontrar a alguien que tenga algo qué decir. Estoy en desacuerdo con la relatividad que mi generación se ufana contra la cultura, y que hace decir a muchos: qué chocante son las etiquetas, hay que leer de todo. Proposiciones ligeras que no me producen menos de desconfianza. Soy un lector de pocas horas, y esto lo digo con tristeza, pero trato de leer los textos que se han fraguado en la tradición de los clásicos.

Hay otras cosas con las que los lectores deben lidiar, muy propios de nuestro tiempo: el mar de la internet y las absorbentes redes sociales. El estado feliz del lector es cuando su tiempo transcurre con la tranquilidad de la edad media.

Sin embargo, debo decir que la vida del lector debe ser como la vida del hombre: hay que ser pacientes y humildes para leer los textos que nos encargan y recomiendan nuestros profesores (para quienes van de paso por la escuela o un curso), y para leer a nuestros contemporáneos. No pocas veces nos llevamos gratas sorpresas. 

 

Consejos del rey Shuruppak a su hijo, 2900 años a. de C.

Nei Ching, libro de medicina, 2695 antes de Cristo.

Poema de Gilgamesh, 1300 antes de Cristo.

Rig-veda, colección de himnos, 1300 antes de Cristo.

Upanishad, serie de libros, 1100 antes de Cristo.

La Iliada y La Odisea, Homero, 800 antes de Cristo.

Confucio, (Las Analectas) Criterios de buen gobierno, 500 antes de Cristo.

Tao te ching, Lao Tse, 500 antes de Cristo.

Buda organiza comunidades monásticas 500 antes de Cristo.

Antígona, Sófocles, 441 antes de Cristo.

Lisístrata, Aristófanes, 411 antes de Cristo.

Gran Diacomos, Demócrito, 410 antes de Cristo.

Sócrates (“Crítica de la buena conciencia”, “Prefiero padecer una injusticia que cometerla”), 410 antes de cristo.

Ramayana, Valmiki, 400 antes de Cristo.

Apología de Sócrates y otros diálogos, Platón, 380 antes de Cristo.

Metafísica, Ética y Política, Aristóteles, 335 antes de Cristo.

Panchatranta (compilación de cuentos tradicionales) 300 antes de Cristo.

Arthashastra, tratado de gobierno (autocrítico), Chanaquia, 300 antes de Cristo.

De la naturaleza de las cosas, Lucrecio, 60 antes de Cristo.

De arquitectura, Vitruvio, 25 antes de Cristo.

“Las bienaventurazas”, Jesús, 30.

“El buen Samaritano”, Jesus, 30.

“El padre nuestro”, Jesús, 30.

“Epístolas”, Pablo, 50.

Evangelios de Marcos y de Mateo, 70.

Enciclopedia (temática), Plinio, 77.

Evangelio de Lucas, Hechos de los apóstoles, 85.

Evangelio de Juan, 100.

“Suma del saber astrológico”, Ptolomeo, 130.

“La filosofía griega como Testamento”, Clemente de Alejandría. 180.

Vida de los filósofos más ilustres, Laercio, 250.

Enéadas, Plotino, 270.

Las confesiones y La ciudad de Dios, San Agustín, 415.

Ora et labora, San Benito, 540.

Etimologías (y enciclopedia temática), Isidoro de Sevilla, 627.

El Corán, Mahoma, 632.

Suda, enciclopedia Bizantina. 1000.

Historia de Genji, Murasaki, 1010.

Canon de medicina, Avicena, 1025.

Scivias, Hildegarda de Bingen, 1152.

Joaquín de Fiore profetiza una era de progreso, 1180.

Tratado del amor cortés, Capellanus, 1185.

Francisco de Así predica la hermandad con la naturaleza.1204.

Suma teológica, Santo Tomás de Aquino, 1274.

La divina comedia, Dante, 1304.

De memoria artificiali, Bradwardine, 1336.

Genealogía de los dioses paganos, Boccaccio, 1360.

Elogio de la locura, Erasmo, 1511.

El príncipe, Maquiavelo, 1513.

Utopía, Moro, 1516.

95 tesis, Lutero, 1517.

El cortesano, Castiglione, 1528.

“Teoría heliocéntrica”, Copérnico, 1543.

Vida de los artistas más ilustres, Vasari, 1550.

“Derechos humanos de los indios”, Las Casas, 1552.

Discurso de la servidumbre voluntaria, De la Boétie, 1553.

Vida, Santa Teresa, 1565.

Cuatro libros de arquitectura, Palladio, 1570.

Ensayos, Montaigne, 1580.

Romeo y Julieta, Shakespeare, 1595.

Hamlet, Shakespeare, 1600.

Don Quijote, Cervantes, 1605.

Tesoro de la lengua española, Covarrubias, 1611.

Vocabulario, Accademia della Crusca, 1612.

Soledades, Góngora, 1613.

Fuenteovejuna, Lope de Vega, 1614.

Novum organum, Bacon, 1620.

La verdad sospechosa, Alarcón. 1624.

“Amor constante más allá de la muerte”, Quevedo, 1625.

La vida es sueño, Calderón, 1635.

Discurso del método, Descartes, 1637.

Leviatán, Hobbes, 1651.

Tartufo, Molière, 1664.

Principios matemáticos de la filosofía natural, Newton, 1687.

Ensayo sobre el entendimiento humano, Locke, 1690.

Respuesta a Sor Filotea, Sor Juana, 1691.

Robinson Crusoe, Defoe, 1719.

Viajes de Gulliver, Swift, 1726.

Cyclopaedia, Chambers, 1728.

Ensayo sobre la naturaleza del comercio, Cantillon, 1730.

“Sistema clasificatorio de la naturaleza”, Linneo, 1735.

El espíritu de las leyes, Montesquieu, 1748.

“Discursos sobre el progreso”, Turgot, 1750.

Encyclepédie, Diderot y D’alembert, 1751.

El siglo de Luis XIV, Voltaire, 1751.

Discurso sobre el origen de la desigualdad, Roosseau, 1750.

A dictionary of the English Lenguage, Johnson, 1755.

Encyclopaedia Britannica, Macfarquhar y Bell, 1768.

La riqueza de las naciones, Smith, 1776.

Crítica de la razón pura, Kant, 1781.

Tratado elemental de química, Lavoisier, 1789.

¿Qué es el tercer Estado?, Sieyès, 1789.

Vida de Johnson, Boswell, 1791.

Ensayo sobre el principio de población, Malthus, 1792.

Derechos de la mujer, Wollstonecraft, 1792.

Justicia política, Godwin, 1793.

La paz perpetua, Kant, 1795.

Disquisiciones aritméticas, Gauss, 1801.

Sobre la libertad humana, Schelling, 1809.

Orgullo y prejuicio, Austen, 1813.

“Sociedad civil”, Hegel, 1820.

Reflexiones sobre la potencia motriz del fuego, Carnot, 1824.

La libertad guiando al pueblo, Delacroix, 1830.

Fausto, Goethe, 1832.

“El mutualismo y el cooperativismo”, Proudhon, 1840.

“Los crímenes de la calle Morgue”, Poe, 1841.

Self-Reliance, Emerson, 1841.

“Conjunto de novelas como una sola”, Balzac, 1842.

Lo uno o lo otro, Kierkegaard, 1843.

Cuento de navidad, Dickens, 1843.

La emancipación de la mujer, Flora Tristán, 1845.

“La desobediencia cívica”, Thoreau, 1846.

Manifiesto comunista, Marx y Engels, 1848.

Parerga y paralipómena, Schopenhauer, 1851.

Moby Dick, Melville, 1851.

Walden, Thoreau, 1854.

Hojas de hierba, Witman, 1855.

Madame Bovary, Flaubert, 1856.

Flores del mal, Baudelaire, 1857.

La leyenda de los siglos, Hugo, 1859.

“Crítica a la mortalidad hospitalaria”, Nightingale, 1860.

De la tierra a la luna, Verne, 1865.

Crimen y castigo, Dostoievski, 1866.

Memorias, Herzen, 1867.

Guerra y paz, Tolstói, 1869.

Iluminaciones, Rimbaud, 1874.

“How to make our ideas claer”, Pierce, 1878.

Casa de muñecas, Ibsen, 1879.

“Bola de sebo”, Maupassant, 1880.

Memorias póstumas de Blas Cubas, Machado de Assis, 1881.

“El poder corrompe”, Acton, 1887.

Genealogía de la moral, Nietzsche, 1887.

Poesías, Mallarmé, 1887.

La conquista del pan, Kropotkin, 1892.

“La dama del perrito”, Chéjov, 1899.

La interpretación de los sueños, Freud, 1900.

El corazón de las tinieblas, Conrad, 1902.

El sabueso de los Baskerville, Doyle, 1902.

Shop Management, Taylor, 1903.

El jardín de los cerezos, Chéjov, 1904.

El hombre y la tierra, Reclus, 1905.

“La luz es un chorro ondulatorio de partículas”, Einstein, 1905.

Libro del té, Okakura, 1906.

El hombre que fue jueves, Chesterton, 1908.

De lo espiritual en el arte, Kandinsky, 1910.

Cinco grandes odas, Claudel, 1911.

Pigmalión, Shaw, 1912.

Alcoholes, Apollinaire, 1913.

Por el camino de Swann, Proust, 1913.

“Teoría general de la relatividad”, Einstein, 1915.

El resentimiento en la moral, Scheler, 1915.

Curso de lingüística general, Saussure, 1916.

Greguerías, Gómez de la Serna, 1917.

El cementerio marino, Valéry, 1920.

Seis personajes en busca de autor, Pirandello, 1921.

Tierra baldía, Eliot, 1922.

Ulises, Joyce, 1922.

La montaña mágica, Mann, 1924.

“Manifiesto del surrealismo”, Breton, 1924.

Anábasis, Saint-John Perse, 1924.

Mi vida en el arte, Stanislavski, 1924.

El Proceso, Kafka, 1925.

El gran Gatsby, Fitzgerald, 1925.

Diario, Renard, 1925.

“Teoría del big bang cosmológico”, Lemaître, 1927.

“Principio de incertidumbre”, Heisenberg, 1927.

Ser y tiempo, Heidegger, 1927.

Ensayos sobre budismo Zen, Suzuki, 1927.

Dos ensayos sobre psicología analítica, Jung, 1928.

Romancero gitano, Lorca, 1928.

Oxford English Dictionary, 1928.

“La teoría de los juegos”, Von Neumann, 1928.

La rebelión de las masas, Ortega y Gasset, 1929.

El ruido y la furia, Faulkner, 1929.

Abc of reading, Pound, 1934.

“La lógica del descubrimiento científico”, Popper, 1934.

Teoría del lenguaje, Bühler, 1934.

Elogio de la ociosidad, Russel, 1935.

Humanismo integral, Maritain, 1935.

La crisis de las ciencias europeas, Husserl, 1936.

Teoría general del empleo, el interés y el dinero, Keynes, 1936.

Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, Carnegie, 1936.

La Enciclopedia italiana, Treccani, 1936.

Principios de fonología, Trubetskói, 1936.

Los poemas de Ajmatova circulan en samizdat, 1939.

El maestro y Margarita, Bulgákov, 1940.

La experiencia literaria, Alfonso Reyes, 1942.

El Principito, Saint-Exúpery, 1943.

Historias e invenciones de Felix Muriel, Dieste, 1943.

Ficciones, Borges, 1944.

¿Qué es la vida?,  Schödinger, 1944.

Camino de servidumbre, Hayek, 1944.

Rebelión en la granja, Orwell, 1945.

La gravedad y la gracia, Weil, 1947.

Bajo el volcán, Lowry, 1947.

La cantante calva, Ionesco, 1948.

El segundo sexo, Beauvoir, 1949.

“Inteligencia artificial”, Turing, 1950.

I, Robot, Asimov, 1950.

El hombre rebelde, Camus, 1951.

El misterio del ser, Marcel, 1951.

Diario de un cura rural, Bresson, 1951.

Los orígenes del totalitarismo, Arendt, 1951.

Esperando a Godot, Beckett, 1952.

The power of positive thinking, Peale, 1952.

Life is worth livind, Sheen, 1952.

Confabulario, Arreola, 1952.

Investigaciones filosóficas, Wittgenstein, 1953.

El hombre que plantaba árboles, Giono, 1953.

Fahrenheit 451, Bradbury, 1953.

Cuentos de Tokio, Ozu, 1953.

The practice of management, Drucker, 1954.

Collected poems, Stevens, 1954.

Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, Corominas, 1954.

El hombre y lo divino, Zambrano, 1955.

Pedro Páramo, Rulfo, 1955.

El opio de los intelectuales, Aron, 1955.

La élite del poder, Mills, 1956.

El arte de amar, Fromm, 1956.

Lenguaje, pensamiento y realidad, Whorf, 1956.

The breakdown of nations, Kohr, 1957.

Estructuras sintácticas, Chomsky, 1957.

The new science of management decision, Simon, 1957.

“Dos conceptos de libertad”, Berlin, 1958.

“Lingüística y poética”, Jacobson, 1960.

Primavera silenciosa, Carson, 1962.

El pensamiento salvaje, Lévi-Strauss, 1962.

Conjeturas y refutaciones, Popper, 1963.

Sobre la esencia, Zubiri, 1963.

“I have a dream”, Martin Luther King, 1963.

Blanco, Paz, 1966.

Problemas de lingüística general, Benveniste, 1966.

El lenguaje y la vida humana, Swadesh, 1966.

Cien años de soledad, García Márquez, 1967.

2001: Una odisea del espacio, Kubrick y Clarke, 1968.

The systems approach, Churchman, 1968.

Diccionario etimológico de la lengua griega, Chantraine, 1968.

Último round, Cortázar, 1969.

Actos de habla, Searle, 1968.

La disparition (novela sin e), Perec, 1969.

La sociedad desescolarizada, Illich, 1970.

Los trajes nuevos del presidente Mao, Leys, 1971.

Archipiélago Gulag, Solzhenitsyn, 1973.

Small is beautiful, Schumacher, 1973.

La sociedad contra el Estado, Clastres, 1974.

Civilización material, economía y capitalismo, Braudel, 1979.

El nombre de la rosa, Eco, 1980.

Pobreza y hambrunas, Sen, 1981.

La guerra del fin del mundo, Vargas Llosa, 1981.

Palomar, Calvino, 1983.

El cuidado de sí, Foucault, 1983.

Breve historia del tiempo, Hawking, 1988.

The society of mind, Minsky, 1988.

Sources of the self: the making of modern identity, Taylor, 1989.

Sí mismo como otro, Ricoeur, 1990.

La montaña del alma, Gao Xingjian, 1990.

El canon occidental, Bloom, 1994.

Harry Potter, Rowling, 1997.

Fides et ratio, Juan Pablo II, 1998.

 

Hasta aquí la lista de libros que hay que leer. Sin querer nos hemos metido un poco a la gruta bibliotecaria de Gabriel Zaid (Monterrey, 1934), donde, se dice, vive con su mujer, tres gatos y diez mil libros. No puedo resistir la tentación de agregarle dos libros a esta lista:

 

Las mil y una noches, Anónimo, IX.

Azul, Rubén Darío, 1888.

 

¿Qué libro, qué poemas de Zaid irían en esta cronología? Cada quien haga sus proposiciones. Enrique Krauze dice que su poesía es “luminosa”. Para mí tengo que, "Instituciones de la cultura libre", Zaid, 2013, fue un gran acontecimiento que definió mi vida.

 

Ilustración: Felipe Tapia.

 

mayo 08, 2015

Deuda con el campo


Salvador Alvear Herrera, 2014. 165 pp


Quien nació en un lugar con personajes pintorescos, con una fuerte tradición oral, un lugar apartado de las grandes ciudades donde se escuchan palabras que en ningún otro lado se oyen; más aún quien creció en un entorno de mucha actividad como son los trabajos de la ganadería y la agricultura, y, además, trae en la sangre la predisposición de relatar esas historias, tarde o temprano aflorará el narrador del tiempo que le tocó descubrir en la infancia.

abril 30, 2015

Camilo ya no fuma


A un hombre de vicios todos los días se le presentan mil modos para recaer. Pareciera que la voluntad se ha retirado del hombre vicioso. Nada más falta el salto de una idea, un impulso incontrolable para que el vicio se enseñoree. Y cuando hay conciencia del mal, cuando el exceso lleva al filo del precipicio, no faltan las circunstancias y las motivaciones exteriores para recaer. Como si fuésemos las piezas de otros seres que juegan con nuestras pasiones y debilidades, como si el diablo verdaderamente metiera sus cerdas en nuestras copas de vino. Por hablar de un vicio, el alcohol: ¿cuántas veces un parroquiano se promete antes de entrar en la taberna tomarse dos o tres copas y al último sale bien borracho? ¿Cuántas veces se promete tomar poco y termina por beber hasta descubrir que más allá de la euforia no hay nada más que el vacío y el sinsentido?
En los otros días entré en una taberna para tomarme dos litros de cerveza, “¡dos litros nada más!”, me dije ya temiendo que la voluntad me abandonara o que el diablo llegase a mover algunas piezas para disponer todo aquello para una borrachera. Y así me pintó desde el principio. Yo, que soy amigo de tabernas pero poco conocido en ellas, me senté a la barra al lado de un viejo conocido. Él bebía sus copitas de whisky, y yo pedí mi primera cerveza. Hasta aquí no hay nada de particular, platicando los dos, cada quien con su bebida. Sin embargo, el diablo ya había tramado una treta. “¿Sabes quién está por llegar ahorita?”, me preguntó el Topo, que así le dicen a mi conocido. Hundí mi buche, alcé los hombros y le dije que no sabía. “¡Camilo Peñaloza!”, y echó una sonrisa ladina, inspirada por el diablo. Camilo es un amigo mío, es un señor que me dobla la edad. Llevo ocho años de conocerlo, y la conversación, el primer entretenimiento inventado por el hombre que lo enaltece, nos ha acercado a los linderos de la buena amistad. Tomador, charlista de empuje, fumador impenitente, siempre que nos reunimos, por la mucha cerveza y vino que se bebe mientras platicamos, no salgo bien librado. Por eso empecé a platicarles de las muchas trampas que se tienden a los hombres bien intencionados. Cuando el Topo me dijo que Camilo estaba por llegar sentí un natural temor que aquello terminase en francachela. “Ahorita viene, voy por él”, dijo el Topo y salió. Mientras tanto yo me pedí la segunda caguama. Un parroquiano, viendo el lugar que había dejado el Topo, fue a sentarse ahí. Ya estaba algo tomado. Me observó un momento y me dijo: “¿Sabe usted por qué me cambié de lugar? ‒solo se contestó‒, porque aquel señor que está a mi lado le apesta el hocico. Ya me tiene atarantado con su aliento de mortandad”. Le hice un gesto de comprensión. Luego añadió: “…y eso que es contador, no debe ser así, es un profesionista”. Y luego, ya con confianza, me preguntó: “Y usted ¿qué es… licenciado, arquitecto…?” Vaya pregunta difícil de contestar. Hace unos meses trabajé en un despacho contable y cada vez que me preguntaban a qué me dedicaba contestaba bien fácil: “Soy auxiliar contable”. Pero ahora qué podría decir sin dejar de ruborizarme. Pero aquel borracho vio mi turbación y de inmediato se volvió a contestar: “No se preocupe, usted es amigo, es un buen amigo”.
Llegó Camilo. Pasaban ya las siete de la tarde. El Topo recuperó su lugar, y el borrachín que había estado platicando conmigo, volvió al lado del contador de mal aliento. Camilo Peñaloza pudo haber inventado las tabernas pero no las frecuenta tanto. Más bien es tomador en donde hay motivo para iniciar una charla, en el lugar donde encuentra camaradería y cuando hay algo que contar. Su conversación suele tener dos vertientes: la primera, como un cronista oral que da cuenta de las familias criollas de la ciudad, de sucesos, de personajes pintorescos, y algo propio de su generación, la transición de pueblo a ciudad del viejo Pungarabato; y la segunda, sobre sus aficiones y trabajos: futbolero (fue portero del Juventus en la liga regional, y siempre un acalorado chivista), cinéfilo, herrero, farmacéutico, comerciante y, desde hace diez años, gerente de casas de empeño. Su voz es torrencial, estentórea; su plática es clara, contundente, hilarante, a veces con picardía, siempre mordaz. Su plática es de quien tiene buena memoria para aprisionar a las palabras.
Las fuentes de su personalidad están en su padre Prisciliano la Pichanga y en los personajes pintorescos que conoció de niño. Desde muy chico acompañaba a su padre a vender legumbres a las plazas de Coyuca y Tlapehuala. Tal vez de ahí su gusto por la plática viva, la frase chocarrera, pero también los dichos y la sentencia que se escuchan en las plazas populares. Su padre fue un hombre que la tristeza nunca flanqueó. Dicharachero, bebedor, en su casa siempre hubo qué comer, en las primeras décadas de la segunda centuria del siglo xx, años que la miseria y el hambre eran muy notorios por estas tierras. A su hijo Camilo le regalaría de niño, fue por cuestiones de trabajo, un viaje a la ciudad de México, cuando un viaje a la capital era un gran acontecimiento. Luego se retiró de comerciante e invirtió en fierro y echó andar una herrería. Y, como personaje de Las mil y una noches, donde la fortuna cae a los más despreocupados, el fierro subió de precio, y la Pichanga se vio pujante en su negocio.
Su otra fuente, el principal de los personajes pintorescos que conoció fue Ñel Pérez, panadero del pueblo. Cuando lo conoció ya estaba viejo y era tembloroso, vestía manta siempre impecable y con su paliacate amarrado al cuello. Era colorado y de ojos de color. Recuerda que aparecía en las calles con un canasto sobre la cabeza vendiendo pan que él mismo hacía. Era llevado con la gente y se tomaba muy en serio la llevada. Iba por el camino muy abusado por si alguien le decía algo. De pasada, de varias cuadras de distancia, alguien le gritaba: “Ñel, fresco!”. Se paraba, dejaba de despachar si era el caso y contestaba también con voz en cuello: “Hijo de tu puta madre, ve y dile a tu madre que se bañe porque horita voy a ir a cogerla”. Así era por todo el camino, despachaba más mentadas de madre que pan. Él lo admiraba, ahora recuerda, casi era su ídolo.
Tales son las fuentes de la personalidad de Camilo. El altamiranense que voz en cuello soltaba las palabras más impúdicas y disolutas, el llevado, su fuerte no era el albur, era el grito pelado: “¡Hijo de tu puta madre!” “¡Mierda!” “¡Hijo del cocho!” “¡Hijo de la verga!”.
Las nuevas generaciones que desconocen la intención a veces no ofensiva de estas frases, dichas como al aire, como para sí mismo, se avienen mal con ellas y Camilo a menudo se ve envuelto por sus palabras en pequeños desastres y rencillas cotidianas.
Antes de volver al Camilo que está sentado a la barra de la taberna conviene saber que de niño escuchó las prédicas del evangelio, y de joven se hizo allegado de curas, sin embargo en sus años de madurez ha derivado en un agnosticismo entendido en su concepción popular, ni cree y ni descree. También conviene saber que a pesar que de niño escuchaba por la noche historias de espantos y apariciones no cree en fantasmas, ni en el diablo, pero escucha estas historias cuando se ofrece, regaña a quienes las cuentan por creerlas, y por último, él las relata con tanta intensidad como si fuesen de primera mano.
Aquella tarde Camilo había pedido más cervezas. ¡Pobre de mí!. El diablo, gran conocedor de los hombres, y por poco padre de ellos, ya debía haber movido algunas piezas para mi caída. Debo decir que no siempre son caídas, muchas veces he salido triunfante. Ya en el inicio del fragor, Camilo nos lanza una pregunta: “¡Cochos! ¿no han notado nada raro en mí?” El Topo y yo nos fijamos en él. Vestía pantalón de mezclilla y playera de cuello. El borracho que me había hecho plática, y que estaba al pendiente de lo que hablábamos se acercó y, pícaro, le dijo a Camilo: “¿Qué pasó, Camilo? Nosotros te teníamos como muy hombre”. Se rio, dio un giro riéndose, nosotros apenas le respondimos con una sonrisa, y luego se apartó. Camilo siguió sobre su asunto. El Topo por fin le dijo: “Un poco más delgado”, porque Camilo siempre está en lucha con los kilos de más. Ha bajado hasta 30 kilos pero los ha recuperado. Sube de peso, pero luego baja, se mantiene a la raya. “¡Ya no fumo, hijos de la verga!”. Varias veces ha tratado de dejar de fumar pero vuelve a recaer. Sin embargo, esta vez ya no recaerá. Sin caer en el prurito por la idea de una vejez sin sufrimiento, cosa muy común en las personas de nuestras sociedades modernas, que se cuidan en extremo para llegar más allá del dolor y de la muerte, Camilo ha llegado a una verdad: tiene que dejar el placer del sabor del tabaco para, en cambio, seguir disfrutando de los placeres de reposo: la serenidad y el bienestar físico.
Un suceso le ayudó a asirse en esta resolución, y tal suceso fue el germen de este texto. Después que nos dijo que ya no fumaba, me dijo: “Compa, te quería ver para contarte algo que quiero que escribas”. Es la segunda persona que me cuenta algo para que lo escriba. El primero fue Polilo Santamaría, muerto recientemente, que me contó una historia que tal vez nunca escribiré. Yo escribo por intuiciones que me llegan. A veces las ignoro, trato de esquivarlas, pero luego reaparecen, palpitantes para que las escriba. Escribo a sabiendas que no me leería ni mi abuelita, y no porque no supiera leer, sino porque no tendría tiempo para tales cosas. Al escuchar a Camilo de que quería contarme algo para que lo escribiera no dejó menos de asombrarme.
Y aquí va su historia, breve pero que lo ha tocado en el alma.
Muy de mañana o por la tardecita, para el caso da lo mismo; aunque la mañana es hermana de la alegría y la esperanza, y la tarde es austera y triste porque nos recuerda el fin de las cosas. Pero ahora que recuerdo debió haber sido por la tarde, y si no fue por lo menos diré que es la hora ideal de la muerte. Camilo subía las gradas que comienzan en el declive del cerro San Juan. Un hombre, un tanto mayor que él, se le acercó y le posó la palma de su mano en uno de sus hombros:
‒¿Quién se murió ahí? ‒le preguntó aquel hombre señalándole una casucha de las que abundan por esos rumbos.
‒¡Hijo ‘e puta! No lo sé. Yo vengo nada más a caminar ‒le contestó.
‒Pues ahí hay un muerto ‒le dijo aquel hombre como si le fuera en ello algo importante.
Camilo siguió su paso no sin algún desasosiego. Entretuvo sus pensamientos en los alrededores. El aire que corría recordaba los calores duros de esos días, el periodo más crítico de las secas. Vio aquella panorámica con casas y casuchas hechas con retazos de tristeza. Camilo se había encontrado a un par de adolescentes. El hombre que le dio la información no le despegaba la vista. Camilo interceptó a los jóvenes y les preguntó:
‒¿Hay muerto en esa casa?
‒Sí, señor.
‒¿Quién se murió?
‒Nuestra mamá, señor.
‒¿Quién era la madre de ustedes?
‒La taquera que vendía tacos en la avenida.
‒¿Qué le pasó?
‒Un paro cardiaco.
Ya pegados a los sesenta años cualquiera tiene sus muertos, (él ya enterró a sus padres y a dos de sus hermanas), Camilo no es de miedo, descree de cualquier aparición o voces del más allá, Camilo de pronto es impasible, pero en ese rato Camilo se sintió profundamente conmovido: “Me sentí como un animal”. Es la bruma que nos envuelve cuando nos topamos contra lo que no se puede.
Camilo dejará el placer del tabaco para sustituirlo por el placer de la tranquilidad de su casa, por el placer de su mujer y sus hijos. Y la conversación será su mejor paliativo: “Lo siento por mis amigos Edgardo y Noé que siempre que nos reuníamos a tomar luego me pedían cigarros”, Pero estoy seguro que cuando nos reunamos, como buen diablo, nos dirá: “Pero fumen, fumen, porque estos asuntos merecen meditarse y discutirse entre el humo del tabaco”.
Aquella tarde yo había bebido un poco más de dos litros de cerveza, “Camilo, no puedo seguir tomando, me voy”, “Adelante, compa ‒me contestó‒, luego nos vemos”. Esa tarde salí avante de las tretas del diablo. Agarré camino a mi casa para escribir este texto. ~


Nota: “No es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir con placer”. Epicuro “Panegirista de los ‘placeres en reposo’ (la serenidad y el bienestar físico), advirtió que sin ellos nadie puede disfrutar tampoco de los placeres en activo, es decir las arrebatadas alegrías del cuerpo y el alma”. Citado por Enrique Serna. “Placeres en reposo”. Letras Libres. Marzo 2015.

@Noeisraelb
  

abril 09, 2015

Desaparecido


Miguel Ángel Leonides Jaimes, un profesor de Ajuchitlán, desapareció camino a Chilpancingo.  Seis meses después, cuando ya sus restos descansaban en una fosa común, sus familiares dieron con él después de días duros de cargar con un familiar desaparecido.



El primer secuestro lo sufrió en carretera a la altura de la población Villa Nicolás. Iba en su primer carro que tuvo y que compró en cuarenta y cinco mil pesos. Lo llevaron a un camino de canal de riego, lo ataron de pies y manos, pero para su suerte los hombres que lo agarraron se descuidaron y ‒dice su padre‒: “Diosito lo ayudó para desamarrarse y huir”. La segunda vez que lo secuestraron fue en la carretera a Tlalchapa. Regresaba a ciudad Altamirano en un carro Jetta después de un mitin político. En esa ocasión también lo ataron de pies y manos, lo vejaron y lo golpearon. Los hombres que lo “levantaron” desaparecieron con el automóvil. Miguel Ángel Leonides Jaimes sobrevivió y después localizó su carro pero ya nada más el puro cascarón. Desanimado y turbado profundamente volvió a su casa a Ajuchitlán y dijo que no se volvería a comprar otro carro. Su padre dio gracias a Dios que sobrevivió a tal suceso. Miguel Ángel era profesor de escuela telesecundaria. Impartió clases en distintas poblaciones de Tierra Caliente. Había estudiado la licenciatura en Derecho en Chilpancingo en la Universidad Autónoma de Guerrero UAGro, donde terminó en el 2006. Estuvo un tiempo en esa ciudad trabajando en alguna dependencia gubernamental. Pero alguien le ofreció una plaza para profesor de telesecundaria y aceptó. Regresaría a su tierra natal: Ajuchtlán del Progreso.

      En el 2009 Miguel Ángel estaba nuevamente en la región de Tierra Caliente. En su pueblo se le reconsideró como el Profe. Era un hombre activo y ávido por salir adelante. En realidad estuvo más de diez años fuera de su pueblo porque en el 98 se había ido a ciudad Altamirano a estudiar la preparatoria No. 8 incorporada a la UAGro. De madre cocinera, que atendía un puesto de comida; de padre campesino y artesano de velas de cera que casi ya no se fabrican, Miguel Ángel presentó sus credenciales: no era alumno de excelentes calificaciones, pero sí un alumno que mantenía sus créditos pese a trabajar por las tardes y noches. No fue un alumno de dieces pero sí un alumno analítico y crítico que bien podía prender una discusión teórica con algún profesor corroído por la costumbre y la repetición. Miguel Ángel fue del número de los hombres que progresaron desde abajo, de la nada. Cuando apenas cursaba el primer año de la prepa, sus padres en viaje a Coronilla, una población de la sierra, que iban al santuario de la virgen que se encuentra en ese lugar, sufrieron un accidente y su madre falleció. Sin embargo, él terminó la prepa, se fue a Chilpancingo, se recibió de licenciado, se compró sus carritos, construyó y amplio modestamente la casa de su padre. Ahora dice este señor, don Zacarías Leonides: “La casa de mi hijo”. Casa de concreto de dos cuartos y un amplio corredor, una parte con losa y la otra con techo de láminas de zinc. Con sus treinta años, Miguel Ángel estaba saboreando la vida de un sueldo seguro, toda la vida estaba por delante.

      Seis meses antes de su tercer secuestro había hecho un viaje a California para ver a sus hermanos y familiares que habían emigrado de mojados. Las fotos que se sacó allá demuestran la alegría de la vida y del encuentro, el júbilo por andar en caminos y ciudades distintas. Un viaje que pareciera que le hubiera dicho: “Disfruta porque en seis meses las cosas se van a poner mal”.

       En junio de 2013 era profesor en el pueblo de San Miguelito perteneciente a San Miguel Totolapan. Tenía que hacer un viaje a Chilpancingo por trámites de la escuela. Como no tenía carro, esos viajes los solía hacer transbordando taxis y en transporte público. Salió el 21 de junio. Avisó a unas hermanas que vivían en Chilpancingo que se dirigía para allá. Pero no llegó y no volvió a llamar. Supieron de él porque les marcaron y una voz les dijo que tenían secuestrado a Miguel Ángel, que “esta vez no se nos escapa”, y les pidieron cien mil pesos como rescate para liberarlo. Zacarías Leonides, padre de Miguel Ángel, recibió la noticia. Cuenta que se pusieron a pedir cooperación en el pueblo, a pedir prestado y como quiera pudieron juntar la cantidad. Aunque les parecía poco dinero porque sabían de otros secuestros donde pedían cientos y hasta millones, se pusieron a esperar la llamada que les diera la instrucción de a dónde tenían que dejar el rescate.
Altar de Miguel Ángel Leonides Jaimes

Zacarías Leonides es un hombre que está en la vejez, es difícil calcularle la edad por su piel cobriza y porque nunca se despoja de su sombrero. Es bajo y redondo. Su sombrero de astilla y su camisa guayabera manga larga le dan la estampa del calentano criollo. Su tono de piel trigueño es cobrizo recalcitrante, típico de la gente que vive bajo los soles inclementes de esta tierra. Sus ojos son grandes y tristes cuando habla de su hijo Miguel Ángel, pero su compostura es maciza: para desplazarse en el pueblo lo hace en una bicicleta. Con un tono de voz parejo, con pocos ademanes y cuarteada su memoria platica que ni sus hijas que estaban en Chilpancingo y que nadie más recibió la llamada para reclamar el rescate. Fueron días duros por cargar con un desaparecido. El señor no entiende por qué su hijo fue a terminar así: “Él era un muchacho bueno”, “un profesor activo”, “muchos lo recuerdan y hasta lloran”. Será para siempre un misterio el lugar donde lo secuestraron por tercera vez, quiénes y por qué lo mataron. No presentaba golpes ni heridas. Todo parece indicar que lo asfixiaron.

      Su padre esperaba que su hijo regresara como las otras veces lo hizo. Pero pasaron los meses y nada se supo de Miguel Ángel. Don Zacarías platica tranquilo, alza su mano para apenas remover su sombrero sin quitárselo a pesar que llevamos buen rato sentados bajo la sombra, en el interior de su zaguán donde cuelga las velas de cera que fabrica y que están envueltas en papel de estraza listas para la venta. No se acuerda de muchas cosas y maltrata a su memoria. No se acuerda si fue en febrero o marzo del 2014 cuando el licenciado que andaba investigando el paradero de Miguel Ángel les dijo que en el Servicio Médico Forence (SEMEFO) de Chilpancingo había un expediente de un muerto que había sido encontrado en un paraje de la carretera a Tlapa “¿el 22?” “¿o el 23 de junio?” (otra vez don Zacarías se impacienta que su memoria se quiebre). La información de ese muerto coincidía en mucho con la de su hijo. Entonces fue a Chilpancingo, aquel cuerpo ya lo habían echado a la fosa común junto con otros 13 muertos. Lo desenterraron. Hicieron una prueba de ADN y el resultado coincidió en un 90%. Era su hijo. De los catorce que habían echado a la fosa común Miguel Ángel había ocupado el escalafón último, así es que tuvieron que sacar todas las cajas para sacar la suya. Los que les entregaron los restos les recomendaron no abrir la caja. Lo trajeron a Ajuchitlán, y don Zacarías, señalando el patio, dice que ahí fue tendido y velado según la costumbre. Pero se arrepiente de no haber abierto la caja: “¿Qué me podía pasar?, era mi hijo, así lo hubiera reconocido bien”. Pero no abrió la caja, en el trajín del velorio no le dio por pensar eso. Sigue contando: “Una comadre de mi hijo me dijo, ‘usted no abrió la caja, hay una posibilidad que ese muerto no sea mi compadre’. Por eso no pierdo las esperanzas que mi hijo vuelva un día”.
Don Zacarías Leonides

El altar de la casa, que está en el corredor, tiene en el centro un cuadro con la fotografía de Miguel Ángel, juvenil y risueño, y a lado derecho un cuadro con el retrato de su madre muerta hacía 15 años. Los dos cuadros adornados con collares de flores de cempasúchil. Don Zacarías sale del corredor con toda la carga de sus recuerdos que torturan su memoria fracturada. Dice que tiene que salir a una reunión para recibir su apoyo de “65 y más”. Traspasa el zaguán y monta en su bicicleta y se pierde en una calle sin pavimento, entre casas de hombres que llevan la vida entre mil fuerzas y ocupaciones. Rumbos a donde Miguel Ángel Leonides Jaimes ya no volvió con vida. □

febrero 27, 2015

Nostalgia y amor por Cutzamala: Crónicas de Tierra Caliente de Alfredo Mundo Fernández


Quien se ha preguntado sobre los orígenes de los pueblos de Tierra Caliente y sobre sus antiguos habitantes, quien ha ideado escribir una novela de estos pueblos desde que fray Juan Bautista Moya cruzó el río balsas encima del lomo de un caimán hasta nuestros días, el libro Crónicas de Tierra Caliente de Alfredo Mundo Fernández (Cutzamala, 1953) es una fuente imprescindible para buscar pistas y fuentes antes insospechadas. Este libro es un intento ingente por agrupar todo lo que se ha dicho sobre Tierra Caliente, y no nada más hasta la llegada de los primeros franciscanos y después los agustinos que llegaron a fundar y agrupar a los pueblos ya antiquísimos, sino desde los primeros habitantes que según las investigaciones del autor datan desde del v de nuestra era.


El doctor Hans Roskamp, profesor e investigador en el centro de estudios de las tradiciones de El Colegio de Michoacán, quien publicó Los códices de Cutzio y Huetamo: encomienda y tributo de la Tierra Caliente de Michoacán, siglo xvi; en 2003 y que por este trabajo recibió el premio “Francisco Javier Clavijero” por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dijo: “En la Tierra Caliente materialmente desaparecieron los grupos indígenas y por tanto sus lenguas. No se tiene mayor conocimiento de cómo vivieron, quienes fueron sus pobladores y por qué no perduraron en el tiempo. Por estas razones, esta área es de las menos estudiadas en todo el Estado de Michoacán”. Esto escuchado o leído por Alfredo Mundo Fernández no debió de causar menos de desconcierto porque él ya llevaba décadas estudiando las fuentes posibles donde se hacía mención a su tierra Cutzamala y a todo Tierra Caliente, no nada más la parte geográfica de Guerrero sino los municipios de Michoacán y del Estado de México. Ya había publicado en 2001 Historia de Tierra Caliente, pero estas palabras del doctor Roskamp lo hicieron seguir buscando en todas las fuentes posibles: archivos, bibliotecas, libros viejos y casi ya desconocidos, manuscritos y códices. La inquietud que debió haber sentido al saber aquellas palabras del investigador del Colegio de Michoacán derivaron en años de estudio y recopilación que se cristalizaron en este su tercer libro publicado. El mismo Mundo Fernández disiente con el autor sosteniendo que leyendo la Relación de Cuseo (Cutzio) se puede saber “cómo vivieron los pobladores de esas tierras”. Y tiene razón el estudioso cutzamalteco, leyendo entre líneas esa relación y otras fuentes que da en los dos primeros capítulos de su libro puede surgir una historiografía que nos acerque a entender la vida de los pobladores precortesianos de estas tierras.

Crónicas de Tierra Caliente comienza con los primeros asentamientos de los Mezcala y otras tribus que dejaron huella de sus estancias y termina hasta la inundación de muchos pueblos de la región a consecuencia de la creciente del río Balsas en septiembre de 2013. El libro, como su título lo indica, es un conjunto de crónicas que a menudo lindan con la historiografía dividido en seis capítulos. No predomina la voz historiográfica que apuesta a la recreación de los personajes en su tiempo sino la narración del cronista que informa de pueblos, hombres, sucesos, biografías, guerras, revoluciones y todo aquello que ha quedado registrado y que el autor pacientemente ha sabido indagar y buscar. Fue una labor sincera y titánica, y esto está por encima de cualquier cosa que este libro adolezca.

El primer capítulo “Tierra Caliente en los siglos v al xv” tan revelador como monumental repite varios pasajes, a veces el autor lo hace intencionalmente, cosa que no me deja de extrañar pero que a final de cuentas termina siendo pedagógico porque hace que leamos un pasaje dos veces y hasta tres. En el segundo capítulo la voz del cronista da paso a las relaciones que escribieron los religiosos que llegaron a catequizar. Son páginas bellas escritas en el español antiguo. Páginas que fueron escritas desde el asombro y la admiración de los hombres que por primera vez veían un mundo distinto. Y es que el asombro es una marea que si se conduce a alguna de las artes y sobre todo a la escritura da excelentes resultados. Bernal Días del Castillo era un ingenio lego pero por su buena memoria y su capacidad de asombro nos dejó el libro Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, padre de nuestra literatura. Pero abandonar al lector en citas y que el narrador nada más sea una guía de fuentes puede tener sus riesgos para aquellos que son primerizos en la lectura. Esto se da en los capítulos tercero, cuarto y sobre todo en el quinto donde el cronista informa de sucesos y personajes y luego cita los textos de sus fuentes íntegros. El narrador debe masticar sus fuentes como bolo pastoso para que con el fuego de su digestión salga su voz pura y clara. Por más que ahora los universitarios se ufanen que cada día hay menos analfabetas, el grupo que lee libros es reducido. Y muchos al sentirse abandonados en una suerte de citas completas que repiten lo que el autor ya dijo, pueden abandonar la lectura del libro. Más aquellos incautos que piensan que la cultura es una música en vivo y un colorido bailable. Por fortuna el cronista recobra su voz en el capítulo quinto a partir de la guerra de Reforma y el capítulo sexto donde sus crónicas siguen siendo tan puntuales. Ahí refuta conceptos como el significado de Cutzamala que un autor una vez escribió y que dice que significaba “Ceibas amarillas” (págs. 425-427). En estos tiempos en que abunda información dudosa es bueno que alguien con rigor despeje dudas. El autor demuestra que Cutzamala significa “lugar del Apatzi”, ídolo hecho a la imagen de la onza que los españoles llamaron comadreja. Cuenta que alguien le dijo que se confrontase públicamente para discutir el significado de Cutzamala, pero él dijo que no es hombre que guste de discusiones y polémicas. Más que esto su artículo que escribe y firma es suficiente y qué bueno que el autor no se prestó al morbo y al espectáculo del vulgo.

No hay que dejar de encomiar que en la vorágine de tanta indecencia y frivolidad de los presidentes municipales, Isidro Duarte Cabrera, presidente con licencia de Cutzamala, haya apoyado la publicación de este libro. Mejor libro hubiera sido en cuanto a objeto manual si hubiera caído en manos de un editor. El manuscrito pasó de las manos del autor a un impresor que sacó el trabajo como pudo. Un editor hubiera cuidado detalles que no están por demás, como un índice numerado; el editor está para contener los impulsos y a veces caprichos del autor, hay que hacerle ver que sobra el título de ingeniero en el nombre del autor, que en la contraportada es mejor que vaya una reseña sobre el contenido del libro y no un plano, que sí es valioso, pero que ya va a parecer en las páginas del primer capítulo. Hay quien dice que el diseño editorial influye para que un libro sea leído, yo creo que quien lo va a leer lo va a hacer ante cualquier circunstancia, pero no menosprecio la labor de un editor comprometido.

Alfredo Mundo Fernández, que es ingeniero en Comunicaciones y Electrónica, es diletante de la historia de su pueblo con un criollismo acendrado. Atento a las conversaciones de sus mayores, alumno de otro aficionado a la historia de su pueblo, el profesor J.Guadalupe Luviano del Moral, un día de 1970 (cuando el autor merodeaba los 17 años) vio pasar por el zócalo de Cutzamala a un campesino que arriaba su burro donde llevaba un ídolo viejo que iba a vender a alguien. El campesino lo llevaba cubierto de ropa vieja, medía más o menos 80 centímetros. Cuando supo que su pueblo había sido el único pueblo donde se adoraba el Apatzi, Dios de la muerte según la mitología tarasca, le asaltó la duda: ¿No sería aquel bulto que llevaba el campesino el Apatzi? Fue quizás ese asalto de duda que lo ha hecho investigar y recoger todo dato referente a su pueblo y de Tierra Caliente. En su sueño lo turba la algarada de diez mil guerreros tarascos provenientes de diferentes partes del imperio que defendían la guarnición en Apatzingani, en su sueño relucen la grandeza de los reyes Tzitzipandacuare y Zuangua, en su sueño palpita el paso de Morelos por la iglesia de Cutzamala, su sueño se vuelve pavoroso por el sitio de 1860 donde los liberales triunfaron e incendian el pueblo. El criollismo de Mundo Fernández corre seguido el riesgo de exaltar a los héroes nacionales en demasía sin tratar de comprenderlos como hombres que también tuvieron errores. Un ejemplo es cuando Morelos pasa por el pueblo de Atenango del Río, diezmado y perseguido, los ribereños no lo ayudan, al contrario le esconden las balsas y esto hace que varios insurgentes pierdan la vida al cruzar el río. Morelos al retirarse del pueblo ordena, desesperado y colérico, incendiar todas las casas. En vez de profundizar un poco, de humanizar al prócer, el autor afirma: “Todo por el despotismo de los indios de Atenango”, y luego “dicen los historiadores con justicia” (pág. 199). Y así con varios próceres y personajes que pasan por estas páginas y que el maniqueísmo oficial ha dividido entre buenos y malos.

Es un diletante de la historia y esto le da una gran ventaja moral porque su trabajo no depende de un sueldo ni de ninguna canonjía sino del amor por su pueblo y su curiosidad. Siendo un profesor universitario es partícipe de la cultura libre en cuanto a sus trabajos de investigación y sus libros publicados e inéditos. Es indudable que de modo independiente ha hecho aportaciones importantes. Los círculos universitarios a menudo no ven con buenos ojos a estos estudiosos, al contrario, muchas veces los tratan de minimizar y ningunear. La doctora Claudia Espejel Carvajal, apoyada por El Colegio de Michoacán, y la Dirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicas del INAH, publicó Etnohistoria y Arqueología Tarasca en 2007. Ahí se aboca a los 312 topónimos que aparecen en la Relación de Michoacán. Curiosamente Espejel Carvajal llega a las mismas conclusiones que Alfredo Mundo Fernández en su libro Historia de Tierra Caliente que publicó en 2001. Si Espejel Carvajal no conoció la obra de Mundo Fernández mal para su trabajo porque el historiador diletante supo descifrar topónimos que ella dejó inconclusos (pág. 26).

Estas crónicas de Tierra Caliente nos dan conocimiento de pasajes históricos y sociales, y de personajes que gustarán mucho en saber, y para quien los sabe, en saborear. La fortaleza de Apatzingani y la guerra entre Tarascos y Aztecas atrincherados en Oztuma (pueblo que desapareció); la llegada de fray Juan Bautista Moya, que un año después de pasar el río parado en el lomo de un caimán, los indios lo llevaron cargando en litera para que muriese en Valladolid; las guerras de montaña, guerra de guerrillas que mantuvieron vivo el ideal de independencia; el sitio que los liberales de la Reforma impusieron a los conservadores en el pueblo de Cutzamala. Interesantes y bellas páginas que el autor da a conocer de José Guadalupe Romero, canónigo doctoral de la Santa Iglesia Catedral de Michoacán que publicó en 1862, La historia y la estadística del obispado de Michoacán y que para ello visitó la región de 1859 a 1860. Notable la parte donde el autor habla de la música de Tierra Caliente, música que nació de la inspiración, sensibilidad e imaginación de Juan Bartolo Tavira, y que 150 años después sigue siendo la música que le da identidad a la región calentana. Interesantes y reveladores personajes como Victoriano Agüeros de Tlalchapa, periodista, escritor y editor, opositor al porfiriato; como Eusebio S. Almonte, poeta, precursor y mártir de la revolución, que nació en Cutzamala en 1869 y fue fusilado en 1901.

¿Quién podrá reunir un día la obra de estos personajes? Hay buenas noticias. Alfredo Mundo Fernández tiene listo para la imprenta: Vida y obra del Dr. Eusebio S. Almonte; Vida y obra del profesor Celedonio Serrano Martínez; y, Vida y obra del profesor Victoriano Agüeros. Además la Monografía de Cutzamala y Leyendas y sucesos de Cutzamala.

Hay en este libro, ya lo dije, amor y pasión. Y esto Alfredo Mundo Fernández no lo quiso dejar como un hilo invisible que sostiene y sujeta todas sus crónicas, sino lo quiso dejar ver en “El final”. Apenas tres páginas donde, a parte de demostrar que es un narrador consumado, habla de la nostalgia muy presente en sus escritos. Es más la nostalgia es otra fuerza que lo ha inspirado a meterse en las bibliotecas para nunca más salir, navegar en las aguas dudosas de la internet y leer y escribir sobre su pueblo. No es una nostalgia vana como pudiera parecer diciendo que todas las generaciones echan de menos sus años juveniles. El Cutzamala que vieron sus antepasados, ese pueblo rural y tranquilo, con sus secas y sus aguas, con sus casonas espaciosas, su iglesia histórica, ese Cutzamala vio él, con sus campesinos, sus árboles, sus charamascas (o chamarascas), pero ese Cutzamala se fue y las nuevas generaciones jamás lo verán. Por eso en alguna parte de su libro Mundo Fernández dice que le interesa que los jóvenes sepan cómo fue Cutzamala. El mundo, las ciudades, los pueblos fueron más o menos los mismos hasta, digamos, 1850; ya después llegó el progreso y empezó a arrasar con las formas antiguas de la vida social. Obviamente este progreso no llegó igual para todos lados, en nuestra región, por ejemplo, empezó a aparecer hasta un siglo después. El niño Alfredo creció en un pueblo donde el engañoso progreso no había llegado, el progreso estaba en ciernes en un pueblo donde había conversadores de tiempo completo, laboriosos artesanos, incansables productores, maestros con mística de elevar a los alumnos a las humanidades, con un río de aguas cristalinas, bosques inexpugnables, noches sin luz eléctrica, pero en los sesenta empieza a asentarse el progreso y en un abrir y cerrar de ojos el antiguo Cutzamala se fue, difícil que vuelva un día. De esos años nos ha querido platicar Alfredo Mundo Fernández. No me queda más que repetir su dicho: que los siglos sean el libro, porque el libro es la historia y que la gente lea este libro. □

febrero 21, 2015

Estampa de Ñel Pérez

De niño conoció a Daniel Pérez. Ya estaba viejo y era tembloroso, vestía manta siempre impecable y con su paliacate amarrado al cuello. Era colorado y de ojos de color. Recuerda que aparecía en las calles con un canasto sobre la cabeza vendiendo pan que él mismo hacía. Era llevado con la gente y se tomaba muy en serio la llevada. Iba por el camino muy abusado por si alguien le decía algo. De pasada, de varias cuadras de distancia, alguien le gritaba: “Ñel, fresco!”. Se paraba, dejaba de despachar si era el caso y contestaba también a voz en cuello: “Hijo de tu puta madre, ve y dile a tu madre que se bañe porque horita voy a ir a cogerla”. Así era por todo el camino, despachaba más mentadas de madre que pan. Él lo admiraba, ahora recuerda, casi era su ídolo. ̴

enero 31, 2015

Dormido

Tirado en su cama, marchito el porvenir,
despierto y a veces con leve ronquido;
el hombre no hacía otra cosa que pedir:
que la muerte lo sorprendiera dormido.

Silencio de pesar su mujer oía,
y amorosamente servía su plato,
porque tal encierro no le parecía:
“Salte, Alvaro, deja de pensar un rato”.

Hubo tiempo en que él sembraba su campo
y ella cada año festejaba su santo.
La noche no llegaba de golpe, tampo-
co el sol teñía color de desencanto.

“Sal, Alvaro, ya se acerca tu cumpleaños
y, camino a la plaza, me han detenido
y me han dicho que vendrán como otros años.
¡Haré mole! quien venga sea bienvenido".

El sol irrigó el oro de su fiesta,
levantó la neblina de tanto pesar,
alzó al hombre de su tortuosa siesta,
que temprano su patio se puso a regar.


Llegaron los invitados:

Sus amigos entrañables:
Victorino, de dar ralo,
era de los infaltables;
como siempre, sin regalo.

Álvaro no se fijaba.
“Dobletea plato”, para sí
decía: “gorrón de por sí”,
su mujer las mascullaba.

Simón que siempre decía
que por Dios ya no bebía,
esa fecha de borracho
quedaba en su silla gacho.

Cuando el fulgor del convite
caía, ya al anochecer,
ya Simón estaba al quite
para platicar y beber.

Álvaro que nunca bebió,
no se mostraba distante.
Hubo días que convidó
una pata de elefante.

Llegó Elvira, su prima,
con aire de humilde rima,
siempre con sus convidadas,
placeras, pero aliñadas.

Hicieron música tales,
con elogios de mercado,
al mole con sus tamales
y de aquel patio regado.


La mujer estuvo contenta ese día
porque Álvaro por fin salió de su cuarto,
de su silencio de lodo de lagarto,
ese silencio que también a ella hundía.

El último invitado fue despedido.
Se marcharon sin dejar rastros de arrebol.
El hombre se encerró en su cielo sin sol.
Sueño caviloso. A esperar dormido.

Dormido sintió la hondura de la noche.
Sueño y tristeza cerraron como broche.
Recordó que quería mucho a su mujer
y en su último relente la pudo ver.

La muerte no tardaría mucho en llegar.
Entró por el resquicio de su ronquido.
Ya después su mujer, siempre que hubo lugar,
contó: “murió contento, murió dormido”.  ̴