abril 15, 2016

Noche de embriaguez


Después del sueño pesado que me aplastó
(nada más así es comprensible que los rugidos de la tormenta
y su fuerza de destrucción
y el llanto ahogado de tristeza de mis vecinos
no pudieran removerme mientras dormía),
salí y vi las casas destruidas:
los tejados arrancados y pedazos de muros caídos.
En medio de aquella tristeza y desolación
vi a un vecino, entre los escombros de su casa,
en otro tiempo vieja pero maciza,
empezar los trabajos de reconstrucción.
Así son mis vecinos: buenos para sobreponerse a la desgracia.
Todo aquello hacía reprocharme:
“¿Cómo no pudiste sentir la tormenta?”.
Maldije la noche de mi embriaguez.
Volví a mi casa a buscar una explicación.
Ahí, en contraste, nada había pasado.
Todo estaba en orden y en calma.
Ni siquiera se oía el pulso de mi mujer
y ni la armonía de las risas de los niños.
Salí sin darle demasiada importancia,
como siempre que salía a la calle.
Iba dispuesto a ayudar…
pero ver a mis vecinos, con sus familias,
en torno a sus casas derruidas,
me hicieron chocar de golpe con la mía,
que la tormenta no tocó pero que estaba en abandono.
Entonces apareció una pregunta inquietante:
“¿Y mi mujer, y mis hijos?”.
Mis vecinos han de perdonarme que no les ayude.
Pero voy calle arriba, de prisa, en busca de mi familia. ~

marzo 04, 2016

Timoteo


Yo le pegaba a Timoteo. Le llegaba por la espalda y le daba unas guantadas con mi puño izquierdo apretado de odio. Timoteo se quedaba sofocado, con la mirada nublada. Timoteo no se llamaba así; así le decíamos porque vivía con su tío Timoteo El Profesor. Este era un hombre de sesenta y tantos años, cazcorvo, afectado por la gota y por la estigma de ser un mantenido de su mujer. Siempre cargaba sus zapatos bien boleados (por eso le decían El Profesor, y por usar sus camisas de manga larga fajadas). Al caminar lo hacía con molestias porque además los zapatos le apretaban, le mortificaban unos juanetes que le avivaban el dolor de vez en cuando. El viejo sobrellevaba la vida con coraje. Se mantenía con su mujer con lo que ella ganaba de vender aguas frescas en la plaza del zócalo. Con ellos llegó a vivir el Timoteo del que les empecé a hablar. Llegó de los rumbos de Teloloapán a cursar el sexto grado de primaria. Yo era jefe de grupo. Y mi profesora me encargaba que a la hora de la formación para entrar en el salón todos estuviéramos formados, sin salirnos de la fila. Timoteo me caía mal, y le perdí el miedo. Como era juguetón, siempre andaba saliéndose de la fila. Entonces yo le llegaba por la espalda y le daba sus buenas guantadas y él nomás se retorcía, mirándome con sus ojos que buscaban aire puro para respirar.
Ahora los papeles cambiaron, ahora es Timoteo el que me da de guantadas. Yo no me muevo; sobrellevo la furia de venganza de Timoteo. Él me agarra de frente y ¡pum! ¡pum! Siento como si las guantadas fueran dadas por su tío Timoteo, como para desquitarse de todo: de la murmuración de que es un güevón y mantenido de su mujer, por el odio de estar cazcorvo y tener la gota, por los juanetes hinchados y punzantes que esconde adentro de sus zapatos apretados y pobres… por el odio que la vida le produce.
A mí también me duelen las guantadas. Pasa la sofocación, mi mirada se limpia, alcanzo aire; pero luego aparecen los dos Timoteos: uno, para cabrárselas; el otro, porque no tiene con quien desquitar su odio. ~

enero 29, 2016

Soledad


El hombre alargaba su cara.
Era ancha su cara pero él la alargaba,
y con la punta de su lengua estiraba su cachete.
Era su gesto (primigenio) sincero de tristeza.
Tan alegre que era antes.
Y ahora había caído en el desánimo y el resentimiento.
Ya no le daba júbilo ver el grito rubio de la aurora
y ninguna puesta de sol lo despabilaba.
La vida lo había llevado a la soledad.
Y no es que él se regodeara de estar solo o se resignara.
Él quería salir, brincar de aquel como pozo que lo empantanaba.
Pero todo era en vano.
Por más que alzara los ojos al cielo, por más fuerzas…
la soledad, arcilla donde el triste se entierra,
se ablandaba al primer impulso por saltar y el hombre se hundía…
se hundía en la soledad. ~

enero 08, 2016

Vidita literaria y una reseña



Hace poco menos de un año estuve trabajando para editar una revista mensual que abordara la literatura, la política, la crítica y la cultura. Se quedó en proyecto por, entre otros motivos, la soledad literaria. Una de sus secciones, yo pensaba, sería la reseña de los libros de autores de nuestra región. Cuando alguien se pone a hacer recuentos da que en Tierra Caliente se publican cada año gran cantidad de libros. Sin embargo, no hay reseñas para dichos libros. Si un libro anima la conversación; una reseña, que nace del interés y del gusto para invitar y compartir la lectura, ya sea favorable o crítica, en el fondo cumple la función para que el libro no caiga en el vacío o en la indiferencia. El libro es una gran cosa en cuanto objeto ideal para culminar, volver y elevar la conversación.

diciembre 28, 2015

Acabemos con el Chuperio de una vez por todas


Chuperio 2015



Las construcciones en las faldas del cerro Chuperio no son novedad. Han incrementado con el crecimiento de la población durante los últimos cuarenta y cinco años. Algo ha defendido al cerro: su constitución arcillosa; de lo contrario ya fuera una mancha urbana. Sin embargo los afanes y la ambición por sacarle un tajo de dinero no cesan. Más allá de que es un símbolo para ciudad Altamirano, cosa que no debe dejarse de mencionar (los pobladores aborígenes ahí tenían sus asentamientos), constituye un monumento natural que debe preservarse hoy más que nunca que los trastornos en la naturaleza son notorios y tal vez ya irreversibles causados en el último siglo de progreso acelerado. Pero resulta que el cerro tiene dueños (¿a quién pertenecería antes del reparto ejidal?: tal vez a algún hacendado que lo usurpó a la propiedad comunal), y tratándose de cosa donde se le puede sacar dinero, es asunto delicadísimo entre hombres.

diciembre 21, 2015

El corazón


El corazón se desmorona poco a poco desde hace tiempo. Un latigazo, y el corazón se agrieta y sus labios destilan una savia de tristeza. Luego viene la quietud. Su latido lo hace dueño del tiempo. Su tranquilidad y la ausencia del dolor hacen pensar en lo eterno. El corazón con sus grietas cuyos bordes ya están resecos recibe otro latigazo. Entonces los bordes se desmoronan en filamentos de una lluvia triste. Y así hasta que el sueño de la eternidad se desvanece y en el recoveco sombrío, último latido, el tiempo se separa de él. ~

noviembre 13, 2015

Dos anécdotas de desprecio a la lectura y una lamentación



Hace algún tiempo, en la avenida principal de mi ciudad, mientras caminaba o esperaba a alguien, me interceptaron tres jóvenes: el mayor de ellos no pasaba los 23, y el menor era un muchachillo de 13; bien vestiditos, con portafolios cada uno, y uno de ellos bien entrenado para hablar de sus cosas. Eran Testigos de Jehová. Yo, que en otras ocasiones les recibo sus revistas y folletos, y aunque leyendo de soslayo, me doy cuenta de sus afanes contradictorios, sus trampas verbales, sus enmarañadas buenas intenciones, en esa ocasión no dejé ni siquiera que el mediano de los muchachos me abordara con sus preguntas recurrentes del cataclismo final. “A unas cuadras de aquí –les dije, ya algo iracundo- está la biblioteca municipal. ¡Vayan a leer ahí la Biblia, pero también a los Clásicos; vayan a liberarse y a conocerse a ustedes mismo! (que es el punto de libertad más estimado a donde puede llevar la literatura, esto no se los dije)”. El mayor de ellos, tranquilo, hábil, queriendo dominar la situación con una sonrisa de oreja a oreja (quien sabe si fingida, pero sí algo burlona), me dijo: “Lo hacemos, caballero; dígame ¿de qué tema quiere que hablemos?” El diablo también nos hace hablar educadamente y con buenas intenciones. Si el diablo está en contra de algo después de Dios es contra el arte.

agosto 28, 2015

Pobreza


¡Cómo me gustaría ver en esta noche triste
la llamarada al pie del chirimo!
(el chirimo está al costado del patio:
esta noche no veo su tronco y ni oigo su follaje),
que varios de mis antepasados vieron.
¡Oh hombres rústicos! ¡Oh noches inocentes!
Yo esperaría la soledad del mediodía
y desenterraría aquel tesoro.

¡Cómo me gustaría que durmiendo en el campo,
cuidando mi huerta de los bandidos,
recordar de repente y ver a mi costado una familiar!
(saben ustedes: una serpiente del tamaño del brazo, cansada de soledad,
que para quien la recoge con su camisa y la lleva a su casa,
caga monedas de oro).
Yo la alimentaría de mi mano y de mi plato.

¡Cómo me gustaría que esta noche fuera de luna clara
para ver si veo una gallina con pollitos de oro!
(como algunos hombres de mi pueblo que el día de San Juan
se han metido en el arco esplendoroso de una feria encantada
y, trastocado el tiempo, han salido relucientes de oro).
Yo agarraría la gallina y los pollitos, sin dejar regado ninguno.

Pero nada pasará.
Nada veré, nada encontraré.
Nada más pasa, muda y ciega, esta noche pobre. ~

agosto 19, 2015

Última morada


Me levanté con la fuerza de mi último aliento.
Me sentí libre, pero con los pasos contados.
Caminé a fuerza de alma sin hacer caso de mi cuerpo enfermo y corrompido.
Mi casa estaba a unas cuadras.
Caminé a buen paso, a paso terrenal.
Luego comenzó la confusión.
Por poco y me chocan,
tropecé con algunas personas,
y mis pasos se volvieron pesados.
Comenzó a correr un viento contra mí.
Pero el aliento no me abandonó.
Avancé con pasos en falso y zancadas desesperadas.
Vislumbré mi casa.
El viento se volvió más violento
y no pude más: me dejé llevar.
No me derrumbó, me alzó por los aires,
y me empujó hacia mi raya pintada.
Vi la calle y las casas de mi barrio como estaban cuando nací:
más tristes y pobres de como estaban en mis primeros recuerdos.
Afuera de mi casa vi a un hombre y a una mujer jóvenes, con el torso desnudo.
El hombre se esfumó, la mujer permaneció.
De espaldas amamantaba a un niño recién.
Era mi madre.
Y aquel viento me arrojó a mi primera y última morada. ~

¿Qué será de mí?


Los días presienten un temblor de tierra.
Los huesos se comprimen.
Los sueños son de despojos y derrumbes.
El cuerpo se agrieta, se quebranta…
¿Qué será de mí?
El tiempo no pára su máquina.
¡Ay de mí! La vida sigue.
Sigue la zozobra: mis huesos sienten miedo.
El miedo es blanco.
El miedo es de color de los huesos a punto de estrellarse.
¡Ay de mí! La máquina del tiempo no pára.
¿Qué será de mí? ~