Diablescas esperanzas: de nuevo caí en sus
falsos emisarios y en sus dulces embelesos. De nuevo caí de mi ensueño. Pero
sigo el camino que mi inteligencia me dicta. Me sabré levantar de este suelo
sombrío. No hay nada. No hay nada… No hay para el café, ya no digamos para una
habitación propia. Tengo el consuelo de decir, de decir algo que se oye como un
tintineo de dinero… El dinero que a ojos vistas hace olvidar todos los pesares.
Por ratos, como ha de ser. Mis ojos se ponen rasantes de lágrimas. Afuera está
el sol radiante, cae sobre las hojas de los árboles y las llena de esa luz
diamantina, de entrada al paraíso. Después que se enjuten mis lágrimas, esa luz
alegrará mi espíritu aturdido. La pluma negra que cayó en mis manos no pudo
cambiar su destino de malos augurios. El colibrí que cantó por el lado de mi
corazón no fue más que un canto solidario para el hermano que está en un
callejón sin salida. Sin embargo, mis fuerzas y las visitas de las musas, que
llegan como esa luz apacible de las nueve de la mañana, me dan consuelo en la
construcción de un universo, alegre y temeroso; palpitante y desgarrado;
jubiloso y moribundo, que pide salir. ¡Dios cuide mis horas de buen lector!
octubre 26, 2022
Diablescas esperanzas
abril 20, 2021
La Virgen María en advocación de Modesta Ayala
Un hombre pobre vaga errante lejos de su patria. Su vestimenta y su calzado no mienten de tiempos de penuria. Es un paria. Es un desterrado hijo de Eva. Entonces a su miseria y sed aparece en el camino un ojo de agua, una mujer, una fuente que le volverá la fe y la esperanza.
Este
es el argumento de la canción “Modesta Ayala”, cuyo personaje femenino, una
aparición que solo la fe y el amor pueden comprender, le dice al pasajero que
anda “errante y como misionero” en las calles de la ciudad de Iguala en un día
de 1903 ó 1904, que se dirija a Tetecala, su tierra. Ahí, le promete, ella verá
por él.
En
efecto, el hombre se dirige en su búsqueda. Y en aquel pueblo, por gracia de
Modesta Ayala, la vida le cambia: encuentra trabajo y un lugar donde
establecerse.
Poco
después este hombre movido por la gratitud bien podía decir: “Aquel día mi vida
cambió gracias a la Virgen María en advocación de Modesta Ayala.” No es
blasfemia. El desenlace de la canción me dará razón.
La
vida, guiada por la fortuna y atravesada por la circunstancia está llena de
actos inexplicables, de experiencias místicas. Los testimonios de los milagros
de la Virgen María en todas sus advocaciones son un ejemplo. A todos nos llega
la historia de aquella persona que estando en algún peligro, en algún paraje
umbroso del alma o en la adversidad aplastante de la enfermedad, una mujer
aparece casualmente y con su sola presencia o con sus palabras da el norte, el
remedio para que la vida fluya.
No
es de extrañar que en los pueblos donde hay un santuario de alguna Virgen
lleguen personas en busca de una mujer que les ayudó a salir de algún peligroso
atolladero. No llevan dirección porque la mujer, desinteresada, no quiso darla.
Y ante la insistencia nada más soltó el nombre de su pueblo y algunas señas de
su casa. Pero aquellas personas no paran en su búsqueda. Le deben la curación
de su cuerpo. Recorren el pueblo y los alrededores y no dan con ella. Parece
imposible encontrar a alguien con esas referencias vagas. Pero las personas
insisten que, en mirándola, la reconocerán de inmediato. Entonces, ya cansados
o por casualidad, entran en la iglesia del lugar, y las referencias vagas de
pronto se vuelven evidencias: Las paredes
de mi casa están cubiertas de platos. Frente
a mi casa está la única palma real que hay en el pueblo. Y ya en el altar,
extasiados, caen de hinojos y reconocen a la enfermera, a la auxiliadora, que en
cuyas manos y palabras hallaron curación.
Un
día al escuchar la canción “Modesta Ayala”, interpretada por los Hermanos
Záizar, sospeché que tal personaje, “Esa joven tan linda y hermosa”, no era más
que la Virgen que se apareció para socorrer al hombre menesteroso. Amorosa y caritativa,
mujer cuya sola presencia da alegría a la vista, es fuente de vida y esperanza para el solitario desfallecido. “Modesta
Ayala” es un canto popular que durante más de un siglo, el mexicano, en su
ánimo de desterrado y en su pobre y triste condición humana le hace incesante
coro.
De
vuelta a la historia de la canción, Modesta Ayala, cumplida su misión, y antes
de que suban los humos mundanos del hombre, pura y casta, se esfuma. Antes que
el pasajero que socorrió le declare sus amores, ella, noble y religiosamente,
desaparece:
“Con
tres días que estuve en su casa
esa
joven perdió su existencia.
Para
que hubiera sido mi esposa
Dios
inmenso no dio su licencia.”
Vicenta
Afuera debe estar el aire fresco que en lo alto mueve las ramas de la cahuinga del camino y las hojas de los cueramos del patio. Y más arriba las nubes cargadas de los aguaceros que hacen falta por caer. Y más arriba el cielo gris, el cielo marchito…
Aquí estoy dentro de esta
caja de muerto. Es una tarde tierna de septiembre, si es que el tiempo no ha
desbarajustado mi memoria. Pero del día que me sacaron de mi casa a curar no
deben haber transcurridos tantos… Y fue un día de septiembre. Afuera debe estar
el aire fresco que en lo alto mueve las ramas de la cahuinga del camino y las
hojas de los cueramos del patio. Y más arriba las nubes cargadas de los
aguaceros que hacen falta por caer. Y más arriba el cielo gris, el cielo
marchito… Acá abajo también debe haber corazones tristes. Escucho los primeros
rezos para prender el luto… Yo estoy tranquila, acabo de salir como de un sopor
de sueño interrumpido. Y desde ahí se me ha aguzado el sentido. Nada más no
puedo mover mi cuerpo. Por un rato sentí que estaba encerrada en mi cuarto. Con
llave y con tranca. Al cuidado de que no se acercara Margarito, mi pobre ruco
que debe estar triste. Debe estar acarreando las maderas para hacer mi
sepulcro. Debe estar tomando mezcal. Parece que lo estoy viendo… Me arrejunté
con él cuando yo tenía los 15. Nunca he hablado como ahora, impulsada por la
franqueza. Yo siempre oprimí mis palabras. Él venía no sé de cuantos vicios y
de cuantas mujeres. Ya era grande el señor, y yo una muchacha que se quedaba
pensativa y que nadie podía sacar del ensimismamiento. Nada más mi hijo Jorge,
porque ya tenía yo un hijo. Yo decía entre mí que adónde iría a dar con mi hijo
de brazos. Y en mi casa, mi madre y mis hermanos mirándome con coraje y
diciéndome no sé cuántas maldiciones que tenía que cumplir. Yo tuve una cara
larga, la boca chueca y un párpado caído. Y muchos decían que tenía chueco el
entendimiento. Pero esto es mentira, si bien Dios no me dio la inteligencia de
otros, para mis cosas nunca me faltó el buen sentido. Luego muchas personas
dijeron que cómo no debía estar yo loca si me había huido con ese Margarito que
tenía fama de que también no estaba en sus cabales. Yo tuve mis razones para
dejarme engatusar de ese hombrecito. Le di dos hijas. Y cuando me llegó la
menopausia le cerré mi cuarto con el candado y con la tranca. Entonces él echaba
sus rondines todas las noches para sorprenderme en la hora en que salía a tomar
agua o a hacer de los orines. Pero yo me las ingeniaba para que esto no
ocurriera… Ya para el amanecer pegaba mi oreja en la puerta para saber cuándo
se retiraba y entonces yo me preparaba para salir. Eso quise hacer hace rato.
Pensé que estaba encerrada en mi cuarto. Temerosa de la salacidad del hombre.
Escuché pasos que iban y venían, trozos de pláticas aprisionados por el aire
lívido del corredor. Traté de levantar mi cuerpo pero no pude. Entonces volteé
a los lados y todo era oscuridad. No pude ver ni la palma de mi mano y entonces
supe que estoy muerta en esta caja de muerto.
junio 04, 2020
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