Para Luis Enrique Echenique
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Andrés Jaimes Sánchez y Gregorio Martínez Moctezuma durante la presentación del libro. |
¿Qué
papel juega el Arte en nuestras sociedades? ¿Qué alcance tiene una pintura, una
pieza musical, un soneto, una obra de teatro, por mencionar algunos de sus
productos? ¿Qué influencia tienen en la vida cotidiana de las personas? ¿Cómo
le sienta al Arte sentarse al lado de la ciencia y la tecnología? El Arte,
señoras y señores, enmudece y palidece. ¿Qué podría hacer al lado de la
medicina, que actualmente, gracias a su incesante progreso, ha incrementado
considerablemente la cantidad de años que puede vivir una persona? Mientras que
en otros tiempos, llegar a los sesenta años, ya se consideraba llegar a la
vejez plena, ahora, cuando una persona llega a esa edad, bien se puede decir
que llega un poco más allá de la media vida. Un octogenario, un nonagenario,
bien pueden decir: “Primero el Altísimo y luego mi médico.” Y la medicina está
ahí: fuerte, merecedora de todos los elogios; salvando vidas, puntual en las
reconvenciones a los que no llevamos una vida saludable.
¿Qué
decir de los avances científicos que nos han prodigado unas urbes donde la vida
es de lo más llevadera? Donde el confort está al alcance de los listos y
abusados. Donde la felicidad se consigue con dispositivos que sólo los que
somos duros de entendederas no podemos llegar a ellos. Gracias a la ciencia,
reitero, tenemos calles pavimentadas, red de drenaje, agua potable entubada y
decenas de servicios que sin ellos sería prácticamente imposible nuestra vida diaria. El progreso nos llegó
a Tierra Caliente por lo menos desde hace setenta años. De que no lo
aprovechemos, de que no lo explotemos, es única y exclusivamente por los que
somos despistados y de los que tenemos alma fatalista.
¿Y
qué decir de ese pilón que nos han dado nuestras ciudades desarrollas? Las
nuevas tecnologías de comunicación, esas que nomás parpadeamos y ya estamos
desfasados, y, por lo tanto, con las ganas de tener el último modelo de
celular, dispuestos a imbuirnos en las pantallas por horas y no perdernos de
nada. Gracias a los celulares se acabaron las distancias y podemos estar comunicados,
por llamada y video-llamadas, con los seres queridos que están en los últimos
vuelos de nuestro corazón.
Ante
este escenario el Arte se sienta circunspecto y, como ya les dije, empalidece…
¿Qué
haces, escultor, con tus sueños de mármol? Deja tu afán de “dar a la masa la
línea y la hermosura plástica.” ¿Qué haces, músico, queriendo convertir el
ruido en armonía? ¿Qué haces, poeta, martillándote, esperando la inspiración
que te dicte el verso de oro y miel? ¿Qué haces, pintor, quebrando tus pinceles
si sabes que tu cuadro no será admitido en los salones de exposición?
¿Qué
es lo que están haciendo, señores y señoras artistas, a lado de finos y agudos
médicos, de banqueros, de audaces comerciantes, de gente avispada para los
buenos negocios, de gente ducha en las nuevas tecnologías?
Pura
fantasía… Pura imaginación la de ustedes.
¡Albricias!
¡Albricias! Hemos llegado al punto donde nuestros pulmones toman aire y nuestro
pecho se levanta ufano. Porque el Arte, con su letra inicial en mayúscula, es
la puerta para soñar un mundo mejor, una mejor vida. Es el umbral para dialogar
con nuestra realidad con imaginación y con inteligencia. Parafraseando al
filósofo alemán Theodor Adorno: “El Arte no vale nada pero por eso es
importante.” Una melodía, un texto literario, una pintura han salvado el alma
de seres humanos a lo largo de la historia. Los ha salvado del aburrimiento, de
la rutina, de la desidia. Porque el Arte nos despierta, nos asombra y nos hace
rebelarnos.
Es
el caso del libro por el cual hoy nos hemos reunido: Andrés Jaimes Sánchez: Los murmullos, la luz y sus reflejos,
compilado por Gregorio Martínez Moctezuma. Pocos son los títulos afortunados de
los libros y este lo es porque todas las pinturas que vienen en él son un suave
murmullo, suave y conmovedor murmullo de las noches en el río Balsas, de las
luminosas mañanas del campo calentano, del paisaje nostálgico y sempiterno del
Tlapehuala profundo, el murmullo de la belleza de la mujer, el suave murmullo ―vuelvo
a repetir— de su rebozo y su vestido. Y siguiendo con el título: el alma de
Andrés, que para fortuna de los que amamos Tierra Caliente, vivió sus primeros
años aquí, quedó impregnada del iris, de los matices de la luz que vemos en el
cielo de nuestra tierra. Es de admirarse cómo esa luz y sus reflejos están en
la vegetación de su obra, en las tonalidades de la tierra (tierra y madre han
influido profundamente su obra como músico, como compositor y, sobre todo, como
pintor). Este libro es un sondeo del corazón tanto de Jaimes Sánchez como de la
tierra que lo vio nacer y del vuelo halagüeño de las garzas que despegan a su
libre albedrío.
Pasar
cada página del libro es pasar por una galería cuyo recorrido dura cincuenta
años, como los encantos de nuestra región, de esos que se cuentan que uno se
mete a una como feria, y ve mujeres bellas, irradiantes de sensualidad, mujeres
gitanas que leen la mano, mujeres que pierden a los hombres tan solo con
escucharles la voz, puestos de sombreros y rebozos, puestos de pan de baqueta
contenidos en grandes chiquihuites, hombres de a caballo cuya mirada dan
entender que están a punto de empezar un viaje por desfiladeros insospechados,
chaneques travesurientos que han robado a unos músicos la tamborita y la
flauta, el caimán que se desliza por las aguas impetuosas del Balsas y en cuyos
lomos lleva la ilusión de la civilización. Y tantos prodigios más como los que
verán los que recorran esta galería, rectifico, no de cincuenta, sino de cien
años. Porque Andrés es un artista que nos sobrevivirá. Y estoy seguro que su
obra perdurará en el alma del pueblo calentano.
Y
después de salir de ese encanto nos queda una imagen que nos vuelve al hombre,
a la mujer, a la tierra. Después de tantas imágenes llenas de fe y esperanza,
no hay que perder de vista que todo el trabajo de Andrés le apuesta a hacer la
vida de sus amigos más llevadera, con vivos reflejos de amistad y felicidad;
nos queda la imagen que viene al final del libro: Doña Conchita, mi madre: entrañable, seria y conmovedora pintura.
Sentada en un montículo de piedra al pie de un árbol, al pie de la cabecera de
los surcos, en su tiempo de secas, y el paisaje, el pastizal color ocre. Esa
pintura es una imagen fiel de la tristeza de la mujer que espera con amor unos
mejores tiempos para sus hijos. Imagen avasalladora de la vejez taciturna.
Este
libro nació de la maravillosa conversación con el Arte, su autor, Martínez Moctezuma, que es un poeta, sonetista de altos vuelos, y que siempre
anda en los caminos de La Huasteca y del son calentano, al oír los murmullos,
al ver el iris, al ver la armonía, la musicalidad de las pinturas, no tuvo de
otra que sucumbir a la tentación de hacer este libro y, además, agasajar al
curioso que llega al final de la galería con dos discos: uno donde don Andrés,
con su voz de trovador ribereño del Balsas, interpreta sus propias canciones; y
otro, donde interpreta sonetos y canciones de autores de nuestra región.
En
cualquier patria chica tendrían a don Andrés Jaimes Sánchez como uno de sus
artistas consumados como lo tenemos aquí en Tierra Caliente.
Texto leído durante la presentación
del libro: Andrés Jaimes Sánchez. Los murmullos,
la luz y sus reflejos. Agua Escondida Ediciones, 2019., en Ciudad Altamirano el 22 de febrero de 2020.