junio 24, 2018

El encanto del día de San Juan




Hay una vieja leyenda que se cuenta en las faldas del cerro Chuperio. La cuentan los campesinos cada día de San Juan, ya en la tardecita, cuando regresan de sembrar maíz en sus bajiales. Por el camino han visto cómo se remueven las nubes, cómo se cargan para dejarse caer en grandes aguaceros. Ven cómo el ambiente se llena de ese viento suave que los campesinos saludan como buena señal. “Este año será bueno”. “Todos los días de San Juan llueve, así se acostumbra por acá”. "No hay como este día para sembrar". La mortificante calor, las congojas quedaron muy lejos. Los breñales secos, la resolana del mediodía, la resequedad de las grandes calores, quedaron muy atrás, para otras temporadas de secas. Ahora los montes y los cerros recobran el haz de la esperanza. Los días y el trabajo son más llevaderos. Para donde se voltee todo es vergel criollo y primitivo. Y los campesinos cuentan la misma historia cada año. Sus palabras llenan los ámbitos. Y se ven muy bonitas enmarcadas por aquella vegetación. Van oyéndose por el camino, hasta llegar al cerro. Suben y bajan... Hay un instante precioso de encanto por el lado sureste del Chuperio, mero en la Cruz. Ahí aparece un arco esplendoroso. Y quien lo ve, entra. Ahí te encuentras una feria. Hay músicas, hay el bullicio de los comerciantes, se juegan barajas y se canta la lotería. Quien ha entrado dice que lo que sobresale son los chiquigüites copeteados de pan de baqueta. Un aroma delicioso, que pareciera fatídico, hace acercarte a estos chiquigüites y tienes que comprar una pieza, dos piezas, ¡afortunados los que compran tres o más piezas! Mujeres que apenas mascullan los precios del pan atienden con la fulguración de los sueños que anuncian la felicidad. Y sales de la feria. Te quedas admirado de tantas cosas que viste. ¡Qué extraño ‒dices‒, nunca había escuchado de esta feria! Son las novedades ‒sigues diciendo‒ que nunca dejan de llegar a este pueblo. Entonces llegas a tu casa. Y encuentras una velación de cabo de año. Se hace el tumulto. Y tus familiares no lo pueden creer. Piensan que tu aparición es cosa de hechicería, cosa del demonio. Se acercan, te palpan, te abrazan, no dejan de llorar de alegría. Los concurrentes van sacando sus conclusiones. Aquella velación va tomando rumbo de fiesta de canelas con alcohol. Entonces te explican que desde hacía un año no sabían de ti. Te dieron por muerto y por eso era la velación. Para pedir por tu eterno descanso. Tú les platicas que nada de eso es cierto. Juras que te metiste a la feria, la nueva feria que llegó al pueblo. Pero apenas un ratito. No te dio tiempo ni de tomarte un refresco. Todo es confusión. El tiempo se trastocó. Te juran que la noche de hace un año te fueron a buscar y que no vieron ni supieron de ninguna feria. Entonces les dices que traes una prueba. Compraste cinco piezas de pan de baqueta. Pan bueno y grande. Y agarras el morral y sacas un pan. ¿Qué te pasa? ¿Por qué ese rostro resplandeciente? Tus panes son oro puro y precioso. Eras una persona pobre y desde ahí serás un Don Dinero. La fiesta sigue. Se surten las canelas cargadas. Todos festejan tu regreso al mundo de los vivos. Tú festejas el oro que en el origen de la riqueza te estaba destinado. Esto platicaban, no hace mucho, algunos campesinos de aquellos rumbos. Esto tendrá unos veinticinco años. Desde ese tiempo nunca he ido por aquellos lares. Pero estoy seguro que ahorita, hoy 24 de junio, día de San Juan, un campesino recordará esta vieja leyenda. 


abril 03, 2018

Amiga mía, ven, amiga mía




Amiga mía, ven, amiga mía,
que yo soy aquel amante extraviado
que tu pie breve, impaciente esperaba
sin avistar ¡oh! que tienes la magia
de las que al final derrotan al tiempo.
Tus labios rojos de frugal espera,
tus labios pálidos de la amarga hora
ven llegar al caballero moreno;
tus ojos, dueños del agua castalia,
venme llegar de aquel país lejano
que ni despierta ni en sueños pensaste.
País del ensueño de tu corazón.
Amiga mía, ven, amiga mía,
maravilloso sueño de esmeralda,
recuerdo de días llenos de infancia,
olvido, alivio del remordimiento…
El armazón marchito de tus lentes,
tu cuerpo bello, levemente arqueado,
tu piel suave, inquieta que sabe esperar,
oyen decirte un "te quiero" y tú lanzas
una sonrisa luciente, fúlgida.
Tu sonrisa que tiene algo de triste,
lugar que escogiste para esperarme:
tu sonrisa sincera de soledad.





marzo 29, 2018

De electrónico a libro de papel





No me quedaré a hablar de un solo libro. No abusaré de la autopromoción. Yo daba por cosa del pasado mi libro El muerto que nos llegó de Estados Unidos. Hice lo que tenía que hacer: lo auto publiqué en la Internet, lo difundí apenas a mi alcance. Tuvo sus lectores, pocos, como es de esperarse; pero eso no importa porque el escritor tiene mucho que leer y poco tiempo para escribir lo que tiene que decir. Este libro, electrónico y todo, representa algo especial para mí porque fue mi primera publicación formal. A parte de mis textos que empecé a publicar en mi blog desde enero de 2014. Antes de eso yo era un escritor con cuatro manuscritos a cuestas. Y cualquiera que ha cargado con un manuscrito varios años sabe de la carga, de las vueltas, de la esperanza y la duda , de la inquietud, de ese ir y venir de la vanidad, de ese ¿qué hago con este mamotreto? Dos sucesos coincidieron para que yo eliminará engargolados y archivos de mis cuatro manuscritos que aún recuerdo sus títulos con cierta ternura: Las flores de San Nicolás; El amigo, el diablo; Los herederos y Recuerdos del alma. Los dos sucesos fueron la creciente del río Balsas en 2013 y mi lectura de Dinero para la Cultura de Gabriel Zaid ese mismo año. Los manuscritos se fueron en la serpiente devoradora de la corriente y los textos de Zaid fueron muy inspiradores y motivantes para empezar a publicar mis textos en mi blog.

marzo 06, 2018

Pasante



¿Por qué deja de sonreír?
¿Por qué ha mudado su rostro?
Yo lo tengo por alegre.
Algo ha pasado con usted.
Diga, cuente qué es eso
que atraviesa su corazón.
Mire que apachurrarse así,
así por así. Nada más
de repente, cuente usted…
Ya me está poniendo a pensar.
Díganos si usted ya sabe,
si ya dio con su tristeza,
si ya el tal remordimiento
lo deja hablar, diga, cuente…

No hay tristeza, no la siento.
Tampoco remordimiento.
Hablaré un rato nada más.
Me inspira confianza ¿sabe?
Aunque debo decírselo:
Muchos ya saben mis cosas.
En principio no decía
ninguna palabra. Pico
cerrado, como quien dice.
Mas toda gravedad pasa.
Y nos queda el vacío, sí,
el vacío que es más triste
que toda la tristeza, sí,
que todo el remordimiento…
Confesión de desdichado:
No soy ningún licenciado.
Por eso me ve como me ve:
universitario pobre.
Soy pasante, fui pasante.
Mi título se apolilló,
se rompió en lejanos
sueños suaves, frugales
de una caminata por la
Costera. Sueño de mar.
Sueño de oro. Sueño del
joven de diecisiete años.
Ahora bien, yo no acostumbro
a decirme licenciado.
Pero aquí me hicieron decir.
Preguntan, dígame, señor:
¿Último grado de estudios?
Mentiras no puedo decir.
Licenciatura les dije,
pero de pasante nada.
Por descuido o por lisonja
alguien dijo licenciado.
A ahí me traen, viéndome
de pies a cabeza, como
queriendo adivinar, medir
mi camino de infortunio.
Y usted pide mi cédula.
Y yo callo. Siento llegar
el vértigo del vacío.
Eso siento, por eso callo.
Su cédula es reluciente.
Dice que le comentaron
que con ella ganaría
dinero, mucho dinero…
Ya me imagino a sus padres.
Ellos estarán conformes.

Titúlese, no se pierda.
Es usted desperdiciado.
La soledad lo conforta.
El sueño azul del ensueño
lo mantiene vivo, feliz.
Pero prepárese a morir
lleno, sin mortificación.
Con su cédula consigue
trabajo, también prestigio.
¡Mire sus zapatos rotos!
¡Levántese! No se pierda.
Hágalo por su familia.
Deje de arriesgar su vida.
Lo azul es inalcanzable.
¡A quién no el mordimiento,
la tristeza luego llega!
Pero usted se está perdiendo
por una cosa que es nada.

Es tarde para mí, joven.
Antes el remordimiento
enterrábame su estaca
porque en mí, como marea,
iba y venía mi sueño
áureo, terrestre, feliz.
Depósito de esperanzas
había dentro de mí,
seco ahora, ya olvidado.
No más el puro vacío
se remueve, me consume.
Y cuando oye de títulos
estrújame las vísceras.
He podido replegarlo
con trabajos de ocasión,
con pérdidas y congojas
que empujan a uno a la vida
a sufrir junto al hombre.
He conjurado el vacío
con algunos cuantos libros.
Una hora leo, y ya después
observo, platico, escucho
al hombre, inmenso misterio.
Una tarde, niño, sentí
miedo, perseguidor  miedo
porque supe del desastre:
año cruel que despide
la edad de oro y da comienzo
la temible edad de hierro.
Unos libros, mi ventana
con vista al azul del cielo
han detenido mi miedo,
han refutado al vacío.
Sin embargo, soy infeliz.
Sin título ni prestigio
paso desapercibido.
La desdicha y la amargura
antes me daban guantadas
y mi rostro lo sufría.
Pero ahora se desvanecen
cuando se llegan a mi cuerpo
sin violencia ni alteración.
Piérdense en la misma cosa:
la primigenia fuente gris.



febrero 19, 2018

Cuando derroté a la Muerte en duelo tan desigual


A Yadira, con amor en este su día.


De mí se puede decir
que tuve un duelo con la muerte
y que la derroté.
Yo estaba muy sentado, muy confiado
cuando llegó a mí.
Descarnada, ávida, con su paso atroz.
No le gané por fuerza ni por ingenio.
Fue algo… una palabra… un algo que se me escapa.
Nueve mil pesos me costó.
Y aunque salvé la vida y todo,
arrancarme tal suma me puso amarillo.
Era una mujer alta, de facciones comunes,
con un vestido color verde pálido.
La acompañaba una muchachita,
de rostro mudo y gesto misterioso,
a quien reprendía por no soltar un celular.
La muerte no da tiempo de nada.
De ninguna palabra, de ningún suspiro.
Yo presentí la mala hora
Pero ¿qué podía hacer?
Era un hervor de sangre.
Mi sangre se alebrestó,
sumisa ante la fatalidad.
Era un mediodía de principios de febrero.
Las cabañuelas se habían atrasado
y el cielo estaba emborregado.
El cielo, como los perros,
saben de las desgracias humanas.
Yo nada más pensé en los nueve mil pesos.
Caminé unas cuadras a una casa de empeño.
La muerte se quedó esperándome.
Después me habrían de decir unos comerciantes
que ella estaba muy parada, muy inmóvil,
pero que ellos se pusieron muy impacientes,
inquietos, como si trajeran el cuerpo lleno de ahuates.
Uno de esos comerciantes,
que sabe que tengo mujer e hijos,
me dijo: “Ya no vuelva a ver a esa mujer,
lo llevará a la ruina”.
Yo creo que me dijo esto
cuando vio que le daba el dinero.
“Rectifíquese”, le alcancé a decir.
Mi sangre era un potro indomable.
Entonces la muerte me vio con lástima,
y regañando a la muchachita del celular,
más que regañándola, diciéndole palabras,
que tenían un eco de estrago y soledad;
se puso a contar el dinero.
No tenía necesidad, pero lo hizo.
Yo he visto los dedos de las cajeras.
Esbeltos y aperfumados.
Vanidosos e indiferentes
Precisos e implacables
¡Benditas casas de empeño!
No quiero recordar qué empeñé,
que aún me voy a poner más amarillo…
Y la Muerte contó el dinero.
Con sus dedos escrutadores.
Con sus uñas descarnadas.
Eran billetes sucios y pringosos.
Y, sin embargo, tronaban,
al pasarlos por sus yemas,
tronaban como los estertores
de los hombres que mueren.
Vi sus dedos largos y ágiles,
ágiles como cuando la ruina y la enfermedad
entran por las hendiduras, que quién sabe,
los hados o la suerte maniobran.
Quise preguntarle que si llegaría a los ochenta,
pero la Muerte se fue, como diciéndome:
“Ya me la pagarás completa”.
La Muerte se fue,
y por delante se llevó a la muchachita.
Esa tarde, ya en mi casa,
cuando hacía conjuros para espantar
a la ruina y lo amarillo de mi cuerpo,
supe que velaban a una adolescente.
Doce años tenía y murió,
atropellada por un carro,
mientras, distraída, miraba su celular.


diciembre 28, 2017

La mala suerte me persigue


La mala suerte me persigue. Son tres años de mala suerte y no más me la paso pensando que sean siete… Doy con un amigo que es mi amigo pero al último resulta ser un águila: hace mi deuda más triste y recalcitrante; triste para mí, recalcitrante para mi mujer. Es lo que más siento… mi mujer. Si la vieran: su carita triste y resignada, como diciendo: “¡Qué marido chambón me tocó!”. A veces me ha tocado escucharla decir: “El pobre no sabe ni manejar un carro”. Mi mala suerte me llega por ahi, por ahí y por aquí… No hallo qué hacer ¿huir? ¿Tronar? O como los hermanitos suicidas ¿reventarse? Con el atardecer mis ojos se tiñen chispeantes de tristeza. Me refleja la triste llamarada de los sueños rotos del día. He fabricado muchos gestos para resignarme a mi mala suerte pero ahorita no los recuerdo. Observo el ocaso y mi cara se va borrando en el desaliento de la nochecita. A estas horas yo de niño me alquilaba a barrer la calle. Pero ahora ni eso. Algo pasó por aquí, sí, señor, un correcaminos que torció mi destino. Unos amigos me invitan una caguama. Yo despabilo mi cara y a las primeras me niego a tomar. Mi mujer no le gusta que tome. A veces sí, hasta ella misma me surte de cervezas. Pero hoy que todo me salió mal, estoy seguro, se disgustará de verme borracho. Comienzo a sentir los remordimientos. Son alfilerazos que sacan de un tirón de la carne maciza de mis músculos. Yo me sentía incólume, pero ahora comienzo a sentir aquello de la maldición de las generaciones. Y que gente sin deberla ni temerla estemos condenados antes del nacimiento. Mis amigos me mandan otra caguama, y de paso me mandan decir que sonría, que me ponga alegre y dicharachero. Pero no puedo, me voy hundiendo en la tristeza azul de la nochecita.


noviembre 10, 2017

Explotación


Por hoy no quisiera que la poesía piense la vida,
que no haga temblar la carne,
que no reacomode al espíritu.
Hoy quisiera que la luz fuerte de la poesía hable sobre la vida de nuestros pueblos:
Que diga, por ejemplo:
“La gente de nuestros pueblos está cada día más pobre…”.
Las tropelías de Antonio López de Santa Anna, según leen los estudiantes de secundaria en los libros oficiales, los impuestos que impuso, son cosa de risa…
Leemos que Santa Anna son los cabecillas que extorsionan y distorsionan el trabajo y el flujo del dinero.
La explotación es palabra en desuso.
La explotación es palabra para la historiografía.
La explotación es cosa de los capos, es cosa de todos los años. Corre creciente todos los días.
Como en sus orígenes siniestros resurge descarnada y descabellada.
Los veneros virginales donde el dinero, producto del trabajo, rebulle, han sido violados y envenenados. No hay honor y ni respeto por la ley.
Y los pobres son los más amolados…
No es cuento, es ley económica:
al rico le quitan;
el pobre se queda sin nada.
¡Gobernadores! ¡Influyentes funcionarios!
¿No saben nada de los pueblos que gobiernan?
¿No saben cómo la explotación sublunar, la atroz recaudación va minando la paz de las familias?
¿No ven las caras más pobres de la gente en las calles y en las plazas de los mercados?
¿No saben cuánto han subido los alimentos? ¿No saben el peso que subió el agua?
El proceso natural de la economía es retorcido y vuelto a retorcer.
¡Poetas! Empiecen a escribir la historia.
¡Poetas! Escriban los nombres pusilánimes del cinismo y del disimulo.
¡Gobernadores! ¡Peces gordos que protegen a los capos!...
Está bien, señores, ustedes pueden decir:
“El engranaje de la política es tan grande y el aliento del hombre tan poco…”.
Ustedes pueden decir:
“No nos metamos en problemas”.
“No vayamos contra la corriente”.
“Encerrémonos en nuestros alcázares”.
“Desplacémonos con nuestro dinero”.
Ustedes pueden decir:
“El dinero es bonito”.
Como lo pueden decir los comandantes de la policía federal y coroneles de batallones.
Los maletines pronto estarán repletos de dinero. Pronto llegarán a sus manos.
El rumor del río de los productores y comerciantes dice:
“No hay ventas. Esto ya no sirve. Están acabando con la sociedad…”.
Es un rumor sordo que corre todo el año y golpetea en el cobro de piso.
El lema del libre comercio del neoliberalismo está muerto.
Los gobiernos ufanos del neoliberalismo deben morir.
¿Cuánta sangre se necesitará para cambiar las cosas?
¡Mucha! Menos que la que ha corrido…
¿Cuántas vidas se necesitarán para cambiar las cosas?
¡Muchas! Menos que las ánimas de los desaparecidos.




octubre 22, 2017

Por estos días quisiera ser malo


Por estos días quisiera ser malo; no de los malos, no de la maña, no malandrín, no malandro, no de la compañía, no de la gente, no de los armados, pero sí con armas: simple y sencillamente malo. No nos hagamos ilusiones. Ya no hay guerra contra el narco. Ya todos somos amigos de los malos. Todos les tememos, todos nos debemos a ellos. Ellos son los ganadores. Ellos nos sometieron. Ellos son los vencedores que sin embargo no podrán escribir la historia. Los peces gordos del gobierno se regodean, ellos querrán escribir la historia… Aprovecharon que éramos medrosos, que los intereses de la sociedad estaban fragmentados, que el neoliberalismo nos hizo egoístas recalcitrantes. Hubo palabra nueva en nuestras relaciones comerciales… ominosa palabra: “Les comprarán a nuestros encargados”. Nos imponen, nos exprimen… Ellos quieren el dinero, son buenos para eso de las ganancias. Y la libertad (“¿cuál?, ¿cuál?”, dijera el canto del gallo). La libertad no dice que es una libertad acorralada. El dinero se concentra en pocas manos. Hoy como nunca se puede decir que los ricos están contados. Y estos aplastan a los demás. Los pobres se envilecen… Ricos y pobres son buenas gentes, por ejemplo, nunca se levantarían contra la clase gobernante a pesar que esta es una minoría. Nuestra juventud rezumante ha sido envenenada por la frivolidad del statu quo, ha sido encandilada por el oropel del “género alterado” de los jefes de la mafia. Mientras tanto… El PRI prepara su fraude, su triunfo del 2018. Binomio impecable: sinceridad de los dinosaurios del PRI‒ambición de los capos. Hoy quisiera ser malo… revivir la plaza pública enardecida… revivir el juicio sumario… Y que amanezca un cielo púrpura y tranquilo. Y bajo los árboles fuertes y serenos de la plaza se mezan colgados los cuerpos de uno que otro gobernador, del presidente más rapaz de los últimos años y del cacique priista de mi pueblo que manda desde hace veinte años, muertos de la noche a la mañana… como, otrora, ricos de la noche a la mañana…


septiembre 16, 2017

Oración de la mala suerte


Quiso mi mala suerte estar podrido en deudas.
Quiso mi mala suerte la enfermedad de mi abuela.
Quiso mi mala suerte traer los puños de mi camisa sucios, el cuello de la misma roto y mis zapatos llenos de agujeros.
Quiso mi mala suerte un perpetuo, doloroso resignarse.
Quiso mi mala suerte la inercia de mi caída imparable.
Quiso mi mala suerte un viso de sabiduría y siete años de desventura.
Quiso mi mala suerte que mi suerte fuese un mal golpe.
Quiso mi mala suerte no dar una en mis asuntos.
Quiso mi mala suerte… mi trabajo no luce… mi dinero no rinde…
Quiso mi mala suerte no tener ensalmo ni limpia, Simón, mi curandero y rifero, hace dos años que murió.


agosto 19, 2017

Porfirio

“…le dieron tres puñaladas
de la espalda al corazón
como su madre le dijo
cuídate de una traición…”.
Corrido de Lucio de Vázquez

Su santoral trajo “Remedios” pero le pusieron Porfirio, muy probablemente por su tío abuelo Porfirio Alonso, andariego y mercante de puercos. Fue el quinto de una familia de once hijos. Una familia de campesinos pobres; pero que contaba con el trabajo incesante de la abuela paterna: Victoria Alonso, que vendía camotes horneados y otros productos en la plaza del mercado. Cuando esta murió, Porfirio tenía cinco años. La casa de sus padres quedaría en el letargo de una larga y lenta pobreza.